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Portada de la novela El Amor Prohibido Nos Duele

El Amor Prohibido Nos Duele

Elena soportó cinco años de matrimonio con Mateo, soñando con escapar junto a su hermanastro Javier. Sin embargo, su ilusión se quiebra al descubrir la violencia de Javier, quien la agrede ante un posible embarazo. Aunque Mateo interviene, termina traicionándola al proteger al agresor durante un secuestro. Tras lograr el divorcio, Elena es raptada de nuevo, pero Liliana, el vivo retrato de la difunta Sofía, surge para salvarla entre oscuros secretos.
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Capítulo 2

La gran mansión siempre estaba silenciosa, un silencio pesado que se adhería a los muebles caros y a las paredes altas. Elena y Mateo cenaban como de costumbre, sentados en extremos opuestos de una larga mesa de caoba. El único sonido era el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana fina.

"¿Cómo te fue en el trabajo?", preguntó Mateo, su voz era siempre formal, como si estuviera en una reunión de negocios y no en su propia casa.

"Bien", respondió Elena, sin levantar la vista de su plato. "Aprobaron el diseño preliminar del nuevo centro de arte".

"Felicidades", dijo él, y un silencio aún más profundo cayó sobre ellos. Esta era su vida desde hacía cinco años, una rutina de respeto mutuo y distancia cortés. Un matrimonio por conveniencia familiar, un contrato para unir dos familias influyentes. Él era un abogado exitoso, ella una arquitecta talentosa. En el papel, eran la pareja perfecta, en la realidad, eran dos extraños compartiendo un techo.

Esa noche, cuando Elena se preparaba para dormir en su habitación, Mateo entró. Era una rutina que se había establecido al principio de su matrimonio, una obligación contractual que cumplían una vez al mes. Pero Elena ya no podía soportarlo.

"Mateo, detente", dijo ella, su voz apenas un susurro. Se apartó de su toque, su cuerpo se tensó.

Mateo se detuvo al instante. No hubo preguntas, no hubo insistencia. Simplemente la miró con sus ojos oscuros y pragmáticos, asintió levemente y se dio la vuelta. "Buenas noches, Elena".

"Buenas noches", respondió ella al vacío de la puerta que se cerraba.

Se dejó caer en la cama, sintiendo una mezcla de alivio y un cansancio profundo. Cada interacción con él la agotaba, no por malicia, sino por la total ausencia de emoción. Era un recordatorio constante de que su matrimonio era una farsa, una actuación para sus familias. Su corazón le pertenecía a otro, a su hermano adoptivo, Javier. Un músico de espíritu libre, tan diferente del honorable y controlado Mateo.

Al día siguiente, mientras buscaba un libro en el estudio de Mateo, un sobre llamó su atención sobre el escritorio. Llevaba el logo de la firma de abogados de Mateo. La curiosidad la venció y lo abrió. Dentro, encontró un borrador de un acuerdo de divorcio. Las firmas aún no estaban, pero los términos eran claros y generosos. El contrato matrimonial de cinco años estaba a punto de expirar, y Mateo ya había preparado el final.

Una extraña sensación de finalidad la invadió. No era tristeza, sino una confirmación. Esto era lo que ambos querían. El final de la farsa.

El teléfono de la casa sonó, interrumpiendo sus pensamientos. Era para ella.

"Elena, soy yo", la voz de Javier sonaba agitada al otro lado de la línea. "Tuve un problema en el bar, unos tipos... necesito que vengas. Trae dinero".

"¿Estás bien? ¿Dónde estás?", el pánico se apoderó de su voz.

Justo en ese momento, Mateo entró en el estudio. Vio la expresión de Elena y el teléfono en su mano.

"¿Pasa algo?", preguntó él, su tono tranquilo como siempre.

Elena estaba a punto de explicarle, de pedirle ayuda, pero el teléfono de Mateo también sonó. Él miró la pantalla y su expresión cambió por completo. Una sombra de dolor profundo, una que Elena había visto muchas veces, cruzó su rostro.

"Sofía", murmuró él, más para sí mismo que para ella. Sofía. Su prometida fallecida. El fantasma que siempre había estado entre ellos.

Mateo contestó la llamada y se alejó, su voz se volvió baja y urgente. Elena lo observó irse, dándose cuenta de que ambos vivían atrapados en el pasado, amando a personas que no podían tener. Él, a un recuerdo; ella, a un sueño imposible.

Sin pensarlo dos veces, agarró el acuerdo de divorcio y un bolígrafo. Mientras escuchaba a Javier suplicar por ayuda al otro lado de la línea, firmó el papel sin leer los detalles. Su mente estaba en otro lugar, con el hombre que realmente amaba.

Dejó los papeles firmados sobre el escritorio, tomó su bolso y salió corriendo de la casa.

Cuando Mateo terminó su llamada, una llamada de la madre de Sofía que se sentía sola en el aniversario de la muerte de su hija, regresó al estudio. Vio los papeles de divorcio firmados sobre su escritorio. Una punzada de algo que no supo identificar lo recorrió, pero la reprimió rápidamente. Era lo correcto. Era el final del contrato.

Miró por la ventana y vio el coche de Elena alejarse a toda prisa. Supuso que iba a resolver el problema de Javier, como siempre.

Tomó su propio teléfono y marcó un número.

"Liliana", dijo cuando contestaron. "Soy Mateo. El apartamento en la Ciudad de las Artes está listo. Me mudo la próxima semana". Hizo una pausa. "Sí, quiero empezar de nuevo. Contigo".

Colgó y miró una foto que tenía en su cartera. No era de Liliana, la joven estudiante de arte que había conocido hacía unos meses. Era de Sofía. Liliana se le parecía tanto, tenía la misma sonrisa, el mismo brillo en los ojos. Era un consuelo, una forma de mantener vivo el pasado mientras intentaba construir un futuro.

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