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Portada de la novela El Amor Ciego de Una Ciega

El Amor Ciego de Una Ciega

Quedé ciega tras rescatar a Mateo de un accidente, confiando en su promesa de lealtad eterna. No obstante, al recuperar la visión ocultamente, presencié su deslealtad: estaba con su asistente, Camila, quien se mofaba de mi estado y afirmaba esperar un hijo suyo. Descubriendo que yo también estoy embarazada, el engaño se vuelve insoportable. Con la verdad ante mis ojos, inicio un frío plan de justicia contra quienes pisotearon mi sacrificio y mi hogar.
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Capítulo 2

El chirrido de los neumáticos fue el último sonido claro que escuché, un grito metálico que se clavó en mi cerebro justo antes de que el mundo se convirtiera en un caos de vidrio roto y metal retorcido. Mi primer instinto fue empujar a Mateo, alejarlo del impacto inminente. Lo sentí caer a un lado, y luego, solo hubo oscuridad y un dolor agudo en mi cabeza.

Cuando desperté, el olor a desinfectante llenaba mis fosas nasales, y la voz de Mateo, quebrada por el llanto, era una letanía constante a mi lado.

"Sofía, mi amor, perdóname. Todo es mi culpa."

Intenté abrir los ojos, pero no pude. Una venda gruesa cubría la mitad de mi cara, y un pánico helado comenzó a subir por mi garganta.

"No puedo ver," susurré, la voz rasposa. "Mateo, no veo nada."

Sentí sus manos, cálidas y temblorosas, tomar las mías.

"No te preocupes, mi amor. Estoy aquí. Los médicos dicen que es temporal, que fue por el golpe. Te vas a recuperar."

Su voz sonaba desesperada, tratando de convencerse a sí mismo tanto como a mí.

"Te juro, Sofía," dijo, su voz bajando a un murmullo intenso, cargado de emoción. "Te juro que seré tus ojos. Nunca te dejaré. Estaré a tu lado para siempre, cuidándote cada segundo. Me salvaste la vida, y yo te dedicaré la mía."

Creí en cada una de sus palabras. Creí en su amor, en su devoción. Durante los meses siguientes, Mateo cumplió su promesa. Me leía mis correos del trabajo, me describía los colores de la ropa que elegía para mí, me guiaba por la casa con una paciencia infinita. Se convirtió en mi mundo, mi única conexión con la realidad visual. Yo, una ingeniera de software que vivía de la lógica y las líneas de código, ahora dependía completamente de él.

Y entonces, llegó el día de la cirugía. Una operación de alto riesgo, pero la única esperanza de recuperar la vista. Mateo me besó en la frente antes de que me llevaran al quirófano.

"Todo saldrá bien," me aseguró. "Y si no, no importa. Te amo igual. Siempre te amaré."

La cirugía fue un éxito. El director del hospital, un hombre de voz amable, fue el primero en darme la noticia. "La recuperación será gradual, pero volverás a ver, Sofía. Tienes unos ojos fuertes."

Lloré de alivio. La primera persona a la que quería ver era a Mateo. Quería que su rostro fuera la primera imagen que mis ojos recién sanados capturaran. Decidí darle una sorpresa. Le pedí al hospital que no le dijeran nada. Quería llegar a casa, quitarme las vendas yo misma y ver su reacción.

El viaje en taxi a casa fue una tortura de anticipación. Mi corazón latía con una fuerza desbocada, una mezcla de nervios y una felicidad que apenas podía contener. Imaginaba su sonrisa, sus ojos llenándose de lágrimas de alegría. Imaginaba nuestro abrazo, el inicio de nuestra nueva vida.

Pagué al taxista y subí las escaleras del edificio con cuidado, todavía con las vendas puestas para mantener la sorpresa hasta el final. Abrí la puerta de nuestro apartamento con mi llave, en silencio. La casa estaba extrañamente quieta.

"¿Mateo?", llamé suavemente, sonriendo. "Estoy en casa."

No hubo respuesta.

Avancé a tientas por el pasillo, guiándome por la memoria. La luz del sol que se filtraba por las ventanas del salón creaba un resplandor cálido a través de mis vendas. Y entonces, escuché un sonido. Un susurro, seguido de una risita ahogada.

Provenía del salón.

Mi sonrisa vaciló. Me detuve, aguzando el oído. Eran dos voces. Una era la de Mateo. La otra, femenina, melosa, era la de Camila, su asistente.

Con el corazón encogido, me quité lentamente las vendas. La luz me hirió los ojos por un instante, y parpadeé varias veces, acostumbrándome a la claridad. Mi visión era un poco borrosa, pero se enfocaba rápidamente.

Y entonces los vi.

En nuestro sofá, el mismo sofá donde Mateo me había jurado amor eterno, estaba él. Sin camisa. Y sobre él, a horcajadas, estaba Camila, vestida solo con una de las camisas de Mateo. Sus manos estaban enredadas en su cabello, y sus bocas se movían en un beso profundo y lascivo.

El mundo se detuvo. El aire abandonó mis pulmones. El sonido se desvaneció, reemplazado por un zumbido agudo en mis oídos. Era una imagen tan brutalmente clara, tan inequívocamente íntima, que sentí como si me hubieran golpeado en el estómago.

Mi mano, temblorosa, chocó contra un jarrón en la mesita del pasillo. El ruido, aunque leve, fue suficiente.

Camila levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los míos. No había sorpresa en su mirada, ni pánico. Solo una sonrisa lenta y burlona que se extendió por su rostro. Me miró directamente a los ojos vendados que ella creía que aún no veían.

"Mateo, cariño," dijo en voz alta, sin apartar la vista de mí. "Creo que tu cieguita ha vuelto a casa."

El golpe de sus palabras fue casi tan doloroso como la imagen misma.

Mateo se apartó de ella bruscamente, el pánico ahora sí apoderándose de su rostro. Se puso de pie, tratando torpemente de abrocharse la camisa.

"Sofía, mi amor, no es lo que parece. Yo... nosotros..."

Pero yo ya no escuchaba. Solo podía ver. Veía la traición en su forma más cruda. Veía la mentira en cada rincón de la habitación.

Fue en ese momento, con el corazón hecho pedazos y la visión recién recuperada inundada por la peor de las realidades, cuando escuché su conversación, una que no estaba destinada a mis oídos.

Camila se levantó, sin ninguna prisa, y se acercó a Mateo, susurrándole al oído, pero lo suficientemente alto para que yo lo oyera.

"¿Y ahora qué? ¿Vas a seguir jugando al enfermero con ella? Ya me tienes a mí. Además, ¿qué vas a hacer cuando se entere de que estoy embarazada?"

Embarazada.

La palabra resonó en el silencio, un eco mortal que lo destruyó todo.

Mi mundo, que acababa de recuperar sus colores, se volvió a sumir en la más profunda de las oscuridades. Me di la vuelta, en silencio, y salí del apartamento, cerrando la puerta detrás de mí. No era solo mi vista lo que había recuperado ese día, sino también la dolorosa y absoluta claridad de la verdad. Mi vida con Mateo era una farsa, y yo tenía que escapar.

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