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Portada de la novela El Amor Ciego de Una Ciega

El Amor Ciego de Una Ciega

Quedé ciega tras rescatar a Mateo de un accidente, confiando en su promesa de lealtad eterna. No obstante, al recuperar la visión ocultamente, presencié su deslealtad: estaba con su asistente, Camila, quien se mofaba de mi estado y afirmaba esperar un hijo suyo. Descubriendo que yo también estoy embarazada, el engaño se vuelve insoportable. Con la verdad ante mis ojos, inicio un frío plan de justicia contra quienes pisotearon mi sacrificio y mi hogar.
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Capítulo 3

Salí del apartamento como un autómata, mis piernas moviéndose por pura inercia. No sabía a dónde ir, qué hacer. La ciudad, que antes me parecía un lugar de oportunidades, ahora se sentía como una jaula hostil. Vagué sin rumbo durante horas, hasta que el frío de la noche me obligó a tomar una decisión. No tenía a dónde ir. Mi familia estaba en mi pueblo natal, en la sierra, un lugar del que había huido buscando una vida diferente. Ahora, ese lugar aislado parecía el único refugio posible.

Pero no podía irme así. Había asuntos que resolver. Con el corazón pesado y una frialdad que no sabía que poseía, volví al edificio. No por él, sino por mis cosas, por mi dignidad.

Cuando entré, la escena había cambiado, pero la esencia de la traición seguía flotando en el aire. Camila estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas, revisando su teléfono como si fuera la dueña del lugar. Mateo estaba de pie junto a la ventana, pasándose las manos por el pelo, claramente nervioso.

Al oír la puerta, ambos se giraron. La mirada de Mateo era una súplica desesperada. La de Camila, pura provocación.

"Vaya, mírala," dijo Camila, su voz goteando sarcasmo. "La santa mártir regresa. ¿Te perdiste, cieguita? ¿O necesitas que Mateo te guíe al baño?"

Apreté los puños, mis uñas clavándose en las palmas de mis manos. Cada fibra de mi ser quería gritar, golpearla, pero una parte de mí, la ingeniera lógica y racional, tomó el control. El escándalo no me serviría de nada. Necesitaba ser inteligente.

Fingí la confusión y el dolor de una persona ciega que no entiende lo que pasa.

"Mateo, ¿quién está aquí? ¿Qué está pasando?", pregunté, mi voz temblorosa, dirigida a la nada, como si no pudiera ubicarlos.

Mateo se apresuró a mi lado, tomándome del brazo con una urgencia falsa.

"Nadie, mi amor. Es solo... Camila, de la oficina. Vino a dejar unos papeles. Ya se iba."

"¿Unos papeles a estas horas?", continué, manteniendo la farsa. "Hueles a su perfume. Están muy cerca."

Camila soltó una carcajada. "Ay, qué buen olfato tienes. Deberías trabajar con perros policía."

Mateo la fulminó con la mirada. "Camila, por favor." Luego se volvió hacia mí, su voz un susurro empalagoso. "Sofía, mi vida, debes estar agotada. Tienes dolor de cabeza, ¿verdad? El viaje, la tensión... ¿Por qué no me traes mis pastillas para el dolor de cabeza? Están en el cajón de mi mesita de noche. Las necesito."

La petición era tan absurda, tan descaradamente cruel, que por un momento me quedé sin aliento. Camila, detrás de él, sonreía con suficiencia. Entendí el juego. Era una prueba, una humillación. Querían ver si la "cieguita" obedecía, si era tan tonta como para servirles en su propio nido de amor.

"Claro, Mateo," respondí, mi voz apenas un hilo.

Me di la vuelta y caminé lentamente hacia nuestra habitación. Cada paso era una tortura. Sentía sus miradas clavadas en mi espalda. La humillación era un sabor amargo en mi boca. Entré en la penumbra del cuarto, el lugar que había sido nuestro santuario, ahora profanado.

Abrí el cajón de su mesita de noche. No había pastillas. Solo una caja rectangular, azul y plateada. La tomé en mis manos. Sabía perfectamente lo que era. Condones. Los mismos que probablemente habían estado usando minutos antes en mi sofá.

Mis manos temblaban de rabia y de asco. Sostuve la caja, sintiendo su peso insignificante, pero que para mí representaba el peso de toda su traición. Me quedé allí de pie, en la oscuridad, escuchando sus risas ahogadas desde el salón.

Con la caja en la mano, volví al salón. La imagen que vi me revolvió el estómago. Camila se había sentado en el regazo de Mateo y le estaba susurrando algo al oído. Él no la apartaba.

Extendí la mano, ofreciéndole la caja. "Aquí tienes," dije, mi voz plana, sin emoción.

Mateo la tomó, evitando mi mirada. Hubo un silencio incómodo.

"Gracias, mi amor," dijo finalmente. "Ahora... ¿por qué no te vas a la cama a descansar? Ha sido un día muy largo para ti."

"Sí, Sofía," intervino Camila, levantándose del regazo de Mateo. "Vete a dormir. Nosotros tenemos que 'trabajar' hasta tarde."

Su insinuación era tan obvia que dolía.

"Mateo," dijo ella, con un tono autoritario. "Acompáñame a la puerta. Y tráeme un vaso de agua, tengo sed."

Él, como un perro faldero, se levantó para obedecer. Me dejó allí de pie, sola en medio del salón, mientras acompañaba a su amante a la puerta, cumpliendo sus caprichos. Escuché el murmullo de sus voces, un beso rápido y el sonido de la puerta cerrándose.

Cuando Mateo volvió, tenía una expresión de falsa culpabilidad en el rostro.

"Lo siento, Sofía. El trabajo es muy estresante últimamente. Camila puede ser... intensa."

No respondí. Me di la vuelta y me dirigí a la habitación de invitados. No podía dormir en nuestra cama. No esa noche. No nunca más.

"¿Sofía? ¿No vienes a la cama?", preguntó, su voz teñida de una falsa preocupación que me provocaba náuseas.

"Estoy cansada," mentí. "Quiero dormir sola."

Cerré la puerta de la habitación de invitados y me apoyé en ella, finalmente dejando que las lágrimas corrieran por mi rostro. En la oscuridad, saqué mi teléfono. Marqué el número de mi abuelo, el anciano sabio de mi pueblo, el curandero que me había enseñado todo sobre las plantas y las estrellas antes de que yo eligiera la tecnología.

Contestó al segundo tono, su voz era grave y tranquila.

"Sofía, hija. ¿Qué pasa?"

"Abuelo," sollocé, incapaz de contener más el dolor. "Quiero volver a casa."

Hubo un silencio en la línea, un silencio comprensivo que valía más que mil palabras.

"Te estamos esperando," dijo finalmente. "Siempre."

Esa noche, mientras Mateo dormía plácidamente en la habitación de al lado, yo planeé mi huida. No solo de él, sino de la vida que había construido, una vida basada en una mentira. Mi regreso a la sierra no sería una derrota, sería mi salvación.

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