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Portada de la novela El amor al azar

El amor al azar

Sofía huye de la traición de quienes la desprotegieron, intentando borrar sus recuerdos con Rafael. En una playa aislada, su camino se cruza con el de Vicente, un hombre marcado por el rechazo de su alma gemela que busca alejarse del conflicto entre licántropos y vampiros. Lo que inició como una huida individual del sufrimiento se convierte en un vínculo inesperado que desafía sus cicatrices y transforma por completo el destino de ambos.
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Capítulo 2

Sophia estaba cansada del dolor, de la desesperación, de la soledad que parecía no tener fin. Desde que había sido abandonada por su novio Rafael, de una forma humillante, sin siquiera tener la oportunidad de asimilar del todo aquellas palabras, que la dejaron sintiéndose como una mierda, como nada, Sophia ya no podía ser ella misma, aunque sabía que las cosas tenían que cambiar, cuanto antes, antes de que se volviera loca para siempre.

No era más que una joven humana en un mundo de locos lleno de criaturas peligrosas capaces de destruirla, no sólo con los dientes como acabó descubriendo, pero era hora de seguir adelante.

Sophia acababa de graduarse en el instituto, tenía dieciocho años y había salido con un vampiro durante dos largos años. O mejor dicho, había sido un juguete durante dos largos años, que sólo terminaron porque se había cansado de él. Era hora de buscar otras diversiones, le había dicho al despedirse, dejándole un mordisco de despedida. Sophia casi deseaba no haber ido a visitarlo como él le había pedido -cosa que nunca hacía-, pero fuera ese día o no, en algún momento llegaría esa despedida.

A veces se preguntaba por qué tenían que revelarse al mundo justo cuando a ella le tocaba ser adulta, pero no encontraba una respuesta y quizá ni siquiera había una real. El caso es que había sido tan ingenua como para caer en las garras de uno de ellos.

Por suerte para ella, o no, decidió ir al pueblo cercano, el único lugar donde no había nada que le recordara a aquellos que le habían hecho daño y le permitía pasar momentos tranquilos con el mar frente a ella.

Caminó un rato por la playa antes de sentarse en la arena y quedarse allí, respirando y sintiéndose más tranquila a cada segundo, acompañada únicamente por el sonido del mar.

- Oye, no deberías estar aquí. - dijo una voz masculina, sacándola de sus pensamientos.

Sophia se giró sorprendida, viendo a uno de los nativos. Parecía enorme incluso desde la distancia, con unos músculos preciosos y la piel bronceada.

- ¿Y eso por qué? - preguntó, poniéndose de pie mientras él se acercaba a ella, pareciendo aún más grande al lado de sus 1,59 metros.

- Porque la gente como tú no es bienvenida aquí.

- ¿Porque soy del pueblo de al lado?

se rió, desenfrenado-.

- Porque te juntas con las criaturas nocturnas. Tus seguidores no son bienvenidos en nuestras tierras.

- ¡Ah!

Sophia lo miró estupefacta, recordando su conversación con su viejo amigo Lucas de meses atrás.

- Y tú sabes perfectamente de quién estoy hablando. - continuó, sin borrar la sonrisa libertina de su rostro, ni siquiera con el breve instante en que dejó traslucir su tristeza.

Sophia sacudió la cabeza, apartando malos pensamientos que sólo servirían para hundirla de nuevo. Era hora de cambiar y empezaría por el chico guapo que tenía delante.

- Soy Sophia Flores. - dijo, tendiendo la mano y sonriendo ante la sorpresa de los ojos grises del enorme hombre lobo que tenía delante. No sabía que era capaz de sorprender a cualquiera de ellos, aunque no fueran vampiros. Todos los seres sobrenaturales que había conocido le habían dado la impresión de duros, indestructibles, incluidas las hipnotizantes hadas.

- Um... Vicente Ramos. - dijo, pareciendo repentinamente desconfiado, pero aceptando su mano.

Sophia sintió el consuelo de apretar la cálida mano de Vicente, pero después de todo lo que había pasado lo mejor era ignorar cualquier reacción de su cuerpo cuando se encontraba con un hombre guapo, alto y sexy sin hacer ningún esfuerzo, como el que tenía delante en ese preciso momento.

- Es un placer conocerte, Vicente. ¿Te gustaría enseñarme la casa? Hace tiempo que no vengo por aquí, porque suelo ir a la playa.

- ¡Tienes que estar bromeando!

- Bueno, perdí los pocos amigos que tenía, así que pensé que podría encontrar algunos nuevos. No es algo malo, ¿verdad?

Sophia no lo entendió, pero lo que dijo pareció despertar algo en Vincent, que suspiró, dándose por vencido, y, aprovechando que no le había soltado la mano, para tirar de ella por donde había venido. Podía hacer una excepción, sobre todo con una mujer tan joven y que ya mostraba tanto dolor como él. Humana, recalcó en su mente, tratando de recordar que debía tener cuidado, por el bien de ella y por el suyo propio.

- De acuerdo, pero tenemos que establecer algunas reglas, Flores.

- ¿Como cuáles?

- Como no hablar con nadie que no conozcas por aquí. No todo el mundo es tan increíble como yo.

Sophia se sorprendió a sí misma riendo, mientras Vincent la miraba, sorprendido de encontrarla tan guapa en ese momento. Debería reírse más, no le cabía duda. Era pequeña, a su lado por supuesto, con el pelo largo y liso de color negro y unos ojos verdes que le fascinaron en ese momento. Sintió como si pudiera perderse allí, durante todo el tiempo que Sophia le dejara.

- Si veo a alguno de mis amigos por el camino, hacemos como que no nos conocemos ni nos gustamos. ¿Entendido? - continuó, tratando de ignorar aquellas sensaciones desconocidas que no eran de recibo. Ya le habían hecho bastante daño durante toda una vida, no necesitaba arriesgarlo todo de nuevo, por un humano más.

- Lo entendía y digo lo mismo.

- Creía que no conocías a nadie aquí -afirmó, tratando de parecer desconfiado, aunque le costaba apartar la mirada de su culo perfecto en aquellos vaqueros ajustados, que ella le mostró mientras se daba la vuelta, pareciendo buscar algo, aunque Vincent sospechaba que sólo estaba pensando.

- Sólo algunos amigos de mi padre y los Bissoli.

- Ah, claro. Debería haber sabido que estabas cerca del cachorro.

- ¿Cachorro? Lucas también... -Sophia se detuvo antes de poder decir demasiado. Dudaba que Vincent se mostrara tan amable si le decía que sabía lo que era, por una fuente suficientemente fiable. Después de todo, a diferencia de los vampiros y los hombres lobo, los cambiaformas no solían ir por ahí presumiendo. Lo único que le había faltado era arrastrarla de vuelta a su ciudad cuando la vio en la playa. Sophia se preguntó si incluso ellos, los vampiros y los hombres lobo, eran conscientes de la existencia de aquellos seres, que eran más fuertes de lo que parecían -lo observó una vez más, intentando no llamar la atención, viendo los músculos de cerca, y todo lo que se apretaba en aquellos vaqueros.

No sabía que le gustaban los cuerpos definidos hasta que conoció a Vicente.

Cuando Vicente se detuvo, Sofía le imitó y esperó, paciente, tratando de aparentar calma.

- ¿Qué sabes de esto? - preguntó él, mirando fijamente a Sofía con aquellos ojos grises. Por un segundo ella había pensado que eran azules, pero eran tan claros que en realidad parecían grises.

- Lo suficiente, pero no se lo voy a decir a nadie. No es como si alguien fuera a creerlo de todos modos. La loca de Flores, que después de liarse con un vampiro de verdad, también está viendo más de lo que debería a los cambiaformas. Vosotros sois discretos así que vuestra existencia es prácticamente ignorada y no pienso cambiar eso, no es asunto mío.

Ella entonces sonrió aburrida, mientras que a Vincent no le hizo ninguna gracia.

- Creo que puedo hacer una excepción. - Dijo Vincent, más para sí mismo que para la pequeña mujer que tenía delante.

- ¿De qué estás hablando?

- Vamos Flores, tenemos mucho de que hablar.

Tiró de ella para que caminara a su lado y, para sorpresa de la humana, hablaron.

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