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Portada de la novela El albañil de mi madre

El albañil de mi madre

Después de diez años fuera, ella vuelve a la casa de su madre para toparse con una situación imprevista. Miguel, un albañil reservado y de modales rudos, vive ahora en el cuarto de su progenitora. Pese a que la razón le dicta alejarse, la fuerza de su mirada y la rudeza de sus manos provocan una atracción arriesgada. Es una historia de deseo clandestino donde la química entre ambos pondrá en jaque cualquier norma o frontera establecida.
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Capítulo 3

El almuerzo transcurrió como una coreografía silenciosa en la que todo parecía ensayado, menos yo, o tal vez era la única que notaba que ya nada era como antes. Miguel cortaba su carne sin hablar, mi madre llenaba el aire con comentarios triviales que nadie realmente escuchaba, y yo apenas reaccionaba, respondiendo con gestos breves y palabras sueltas, atrapada en la sensación de que algo se había roto.

-¿Dormiste bien, Constanza? -preguntó mi madre, mientras servía más jugo en su vaso.

-Sí -respondí, sin mirarla.

-Te escuché levantarte temprano... ¿Saliste a caminar?

-Algo así.

Miguel no levantó la vista de su plato. Pero lo noté. En su mandíbula apretada. En el modo exacto en que cortó ese trozo de carne.

Yo fngía estar allí pero estaba en otra parte. Estaba en la cocina de esa mañana. De rodillas. Con la boca llena de él. Y aún lo sentía ahí, latiendo en la garganta como si no se hubiera ido nunca.

Y entonces ocurrió.

En un momento mi madre se llevó la servilleta a la frente y suspiró. Dijo que iba a echarse un rato, que el calor la tenía mareada. Se levantó, dejó su plato en la cocina y se dirigió al pasillo sin esperar ayuda. Cerró la puerta de su habitación y unos segundos después se oyó el zumbido del aire acondicionado.

Miguel terminó su vaso de agua. Lo dejó con cuidado sobre el mantel. Me miró. Fue la primera vez desde que nos sentamos que lo hizo. Me sostuvo la mirada, sin prisa, sin emoción. Luego habló, con una voz tan firme y seca que me atravesó como un cuchillo:

-Primero voy a ir a follarme a tu madre -dijo, sin rodeos-. Después te quiero a vos. En tu cuarto. Con la puerta entreabierta.

No esperó respuesta. Se levantó, caminó con pasos pesados hacia la escalera y desapareció de mi vista.

Me quedé paralizada.

Por un momento no pude procesar lo que acababa de escuchar. O quizás sí lo entendí, pero me costaba aceptar que lo había dicho así. Sin pudor. Sin seducción. Sin cuidado. Como quien da una orden. Como quien no teme que lo rechacen porque sabe que ya ganó.

Y tenía razón.

Terminé de comer en silencio aunque no recuerdo haber sentido hambre. Llevé los platos al lavaplatos, los enjuagué con movimientos mecánicos, y me sequé las manos en la toalla colgada junto al horno.

El calor seguía pegándose a mi piel pero ya no era solo externo. Era un fuego interno, húmedo, entre las piernas, en el pecho, en la lengua. Caminé hacia mi habitación sin mirar atrás.

Entré. Me detuve frente a la puerta. Dudé un segundo y la dejé entreabierta.

No sabía cuánto tardaría.

Me senté al borde de la cama. El ventilador giraba con desgano, empujando el aire caliente en círculos inútiles. Me quité la camiseta, quedando solo con el short fino que usaba de pijama. No tenía sostén. Mis pezones estaban tensos, sensibles, como si tuvieran memoria propia. Solté el cabello, dejándolo caer por sobre los hombros. Intenté respirar hondo. No funcionó.

Entonces comenzaron los sonidos.

Al principio eran tenues. Crujidos. Un golpeteo leve del colchón contra la pared. Luego llegaron los gemidos. Los de ella, ahogados, como si intentara no hacer ruido. Pero él no se contenía. Sus gruñidos eran reconocibles. Como los de esa noche. Como los de esa mañana. Animales. Dominantes. Sonaban como si él estuviera reclamando un territorio. Como si cada embestida fuera una manera de recordarme que antes de tocarme se aseguraba de vaciarse dentro de ella.

Me acosté. Cerré los ojos. Apreté los muslos. Me toqué. Primero con timidez. Luego con desesperación.

Me imaginaba su cuerpo encima del mío, sus manos rudas en mi cintura, su boca en mi cuello. Me imaginaba los sonidos que ella estaba haciendo pero en mi garganta. Imaginaba su fuerza... su olor, su sudor cayendo sobre mi espalda.

Me corrí rápido, tapándome la boca con la almohada mientras me arqueaba y las piernas me temblaban. Pero no paré. Él seguía, incesante, como si no tuviera fondo, y yo volví a tocarme una segunda vez y una tercera hasta que finalmente todo quedó en silencio.

Escuché el golpeteo de los pasos en la escalera. Sabía que venía. No hacía falta mirar el reloj. No hacía falta preguntarme si de verdad lo haría. Él era así: cuando decía que iba a hacer algo, lo hacía. Sin rodeos. Sin permiso.

La puerta se abrió.

Él estaba ahí. Desnudo. Apenas con una toalla sobre el hombro, como si la hubiera olvidado colgando de su cuerpo.

-¿Quieres que me detenga? -murmuró, sin moverse.

-No.

-¿Entonces qué estás esperando? -susurró, acercándose más.

-Que me lo hagas.

Cerró la puerta con el pie.

-Entonces prepárate, porque no va a parecer nuestra primera vez.

Yo no dije nada. Ni me cubrí. Ni me giré. Solo me quedé quieta, abierta, expectante.

Subió a la cama. Se puso detrás de mí. Me giró con una mano y me puso de rodillas.

Me penetró desde atrás, sin hablar, sin besar, sin acariciar. Lo hizo con esa misma brutalidad silenciosa de siempre, como si yo no fuera alguien a quien conquistar, sino un lugar al que volver. Me sostuvo de las caderas, me empujó, me llenó, me partió en dos. Y yo no gemía: lloraba. No por dolor, sino porque algo dentro de mí se rompía y al mismo tiempo, por primera vez, comenzaba a armarse.

Cada embestida era una respuesta a todas mis preguntas. Cada jadeo suyo me hacía sentir más viva, más suya, más real.

Logré venirme. Me vine con rabia. Me vine como si mi cuerpo estuviera huyendo de mí misma.

Y cuando creí que todo había terminado él seguía igual de duro. Igual de firme.

Me giró. Me empujó con la palma de la mano hacia abajo. Mi rostro quedó contra las sábanas. Me arrodillé.

No hizo falta que hablara.

Lo tomé con la boca. Con la devoción de una discípula. Lo lamí con hambre. Lo adoré con ternura. Lo sostuve con la lengua como si fuera un pacto.

Y cuando llegó el final, no me aparté. Lo recibí entero, lo tragué sin vacilar. Entonces sí: él se levantó, se vistió sin mirarme y salió de la habitación con la misma calma con la que había entrado. Sin una palabra. Sin una caricia. Me quedé sola, sentada en el borde de la cama, las piernas abiertas, la boca seca, el cuerpo húmedo.

Y entonces me golpeó la verdad como un latigazo: él era el hombre de mi madre. El mismo que dormía en su cama. El que le cocinaba, el que la hacía reír. El que ella amaba. Quise vomitar. Quise borrar cada segundo. Pero ya era tarde. Lo había probado. Lo había deseado. Y lo peor de todo es que quería volver a hacerlo.

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