Portada de la novela El albañil de mi madre

El albañil de mi madre

8.2 / 10.0
Tras diez años, ella regresa y halla a Miguel, un rudo obrero instalado en su hogar. En esta historia de romance, el deseo por este hombre tosco desafía sus límites. Lee El albañil de mi madre, una de las mejores romance stories y fiction books en esta plataforma de web novel.
Resumen de El albañil de mi madre
Después de diez años fuera, ella vuelve a la casa de su madre para toparse con una situación imprevista. Miguel, un albañil reservado y de modales rudos, vive ahora en el cuarto de su progenitora. Pese a que la razón le dicta alejarse, la fuerza de su mirada y la rudeza de sus manos provocan una atracción arriesgada. Es una historia de deseo clandestino donde la química entre ambos pondrá en jaque cualquier norma o frontera establecida.
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El albañil de mi madre Capítulo 1

Nunca pensé que mi madre volvería a emparejarse después de tantos años sola. Mucho menos que lo haría con el fontanero. Literal: el tipo que fue a arreglarle una llave terminó metiéndose en su cama. Y, un tiempo después, en nuestra casa.

Al principio me pareció un cliché barato, algo sacado de una telenovela de las tres de la tarde. Me reí. Hasta se lo dije. Ella también se rió, pero había algo distinto en su mirada. No era sarcasmo. Había un brillo en sus ojos que nunca le había visto, como si algo dormido se hubiese despertado.

-No te burles -me dijo una vez, por teléfono-. Miguel es un buen hombre. Me hace sentir viva.

No respondí. Pero esa frase se me quedó clavada. Me dolió, y no entendí por qué. Tal vez fue su tono. Tan real. Tan firme. Como si, de pronto, ya no fuera solo mi madre, sino una mujer completa, encendida, con una vida donde yo no cabía.

Volver después de diez años fue como entrar en un país ajeno que hablaba mi idioma. Todo era familiar, pero nada encajaba.

Mi madre lloró apenas me vio. Me abrazó como si intentara recuperar todos los abrazos perdidos. Yo también la abracé. No sentí rabia. Solo un cansancio raro, como si acabara de terminar una carrera que nunca quise correr.

Y entonces apareció él.

Miguel.

No sabía qué esperar del hombre que estaba con mi madre pero no era eso. No era tan alto, ni tan joven, ni tan guapo. Pero tenía algo. Algo seco. Cortante. Una presencia que llenaba el espacio. Me observaba como si yo fuera un dilema.

Fue como un choque silencioso. Nada físico, pero algo se movió por dentro. Algo que no debería estar ahí.

-¿Tú eres Miguel? -pregunté.

Asintió. Me ofreció la mano. Yo, sin pensar, lo besé en la mejilla. Un gesto simple. Automático. Pero cuando lo hice, algo cambió en él. No fue visible. No se movió. Pero lo sentí.

El cuerpo lo traicionó por dentro.

Olía a algo masculino, denso. A tabaco, a esfuerzo. A cuerpo que no se esconde.

-Qué gusto conocerte -dijo.

Su voz era ronca. Casi rota. Me recorrió como un escalofrío tibio.

-No puedo creer que vayamos a pasar Año Nuevo juntas después de tanto tiempo -dijo mi madre, con los ojos brillosos-. Diez años, mi amor...

-Sí... -susurré-. Diez.

-Esta noche vamos a brindar por eso. Por nosotras. Por lo que vuelve.

Asentí, tragando saliva.

Ella se giró hacia Miguel.

-Miguel va a preparar algo especial. Tiene sus manías, pero cocina rico.

-No tanto -dijo él, apenas.

La voz me rozó. Grave. Seca.

Y no supe por qué, pero sentí que nada de todo esto iba a ser simple.

El resto fue un acto. Mi madre no paraba de hablar, de reír, de comentar cada detalle. Yo respondía, sí. Pero mi atención estaba en otra parte. En él. En sus silencios. En cómo evitaba mirarme o cómo fingía evitarlo.

Miguel. Ese era su nombre.

Durante semanas lo llamé el albañil en mi cabeza. Me costaba digerir la idea de que ahora compartiera con nosotras los espacios más íntimos de la casa. Usaba nuestras tazas, dejaba su cepillo de dientes en el baño, tendía su ropa junto a la nuestra. Camisetas manchadas, calzoncillos gruesos, toallas con olor a varón. A calle. A esfuerzo.

Y sin embargo, cada uno de esos defectos lo hacía más interesante. Más real. Más tentador.

Una vez lo vi llegar con la ropa mojada. Había estado trabajando bajo la lluvia. Se quitó la camiseta en la entrada y se secó con la toalla de la cocina. Yo estaba justo ahí.

-¿Te mojaste mucho? -le pregunté, sin mirarlo.

-Lo suficiente -respondió, secándose el cuello-. Pero no me quejo. Hay cosas peores que mojarse.

No supe qué quiso decir. Pero su tono me dejó inquieta.

Fingí estar buscando algo en la alacena. Lo espié de reojo. Su torso estaba cubierto de gotas. Tenía cicatrices pequeñas. Un tatuaje viejo. Y una línea de vello que desaparecía bajo el cinturón. Fue la primera vez que sentí un calor real entre las piernas y me odié por eso, pero también me sentí viva.

Miguel jamás me miró como a una hija. Ni como a una hermana. Me miró como a una mujer. Me observaba sin urgencia, como si tomara nota de cada gesto mío. Como si esperara que yo cometiera el primer error. Pero no era su mirada lo que más me inquietaba. Era mi reacción ante ella. Porque no me molestaba. Al contrario. Me encendía.

Una noche no pude dormir. El calor era insoportable. Abrí la ventana, me acosté en ropa interior y traté de leer. Fracasé. Cerré los ojos. Y entonces los escuché.

Ruidos. Golpes. Murmullos.

Mi madre gemía bajito, como si quisiera contenerse. Pero Miguel no se contenía. Sus gruñidos eran profundos, animales. El colchón golpeaba contra la pared con una fuerza repetitiva. Podía sentir el ritmo en el suelo y yo no me moví.

Me levanté. Caminé descalza hasta la puerta. Me asomé. No vi todo. Solo lo suficiente.

Su espalda. Sus caderas. Su fuerza. La forma en que se movía, sin ternura, con furia, con un deseo crudo. Ella estaba debajo. Apenas visible. Pero él lo ocupaba todo. Era como si el acto no se tratara de amor, ni de placer compartido. Era posesión. Pura posesión.

Mi cuerpo reaccionó al instante. Se me endurecieron los pezones. El calor se volvió humedad. El corazón me latía en el cuello. No podía respirar bien.

Volví a mi cama. Cerré la puerta. Me recosté. Pero no dormí. Me quedé mirando el techo. Tocándome. Recordando. Imaginando.

Al día siguiente, lo vi en la cocina. Estaba solo. Tomando café. Yo también. Pero esta vez no fingí tanto. Lo miré con intención y él también lo notó.

No dijimos nada.

Empecé a dejar pistas. Caminar más lento cuando pasaba junto a él. Usar camisones sin sostén. Fingir que se me caía algo para agacharme. Nada escandaloso. Solo pequeñas provocaciones. Migajas de atención. Y cada vez que lo hacía su silencio se volvía más pesado. Como si su cuerpo hablara por él.

Una tarde, mi madre salió a hacer trámites. Yo estaba en la sala, viendo algo en el celular. Él llegó con la cara sudada, traía una bolsa con herramientas. Se quitó la camiseta en la entrada. Yo fingí no mirar pero lo hice. Cada detalle. Cada gota de sudor. Cada músculo en tensión. Él me lanzó una mirada fugaz. Ni siquiera sonrió. Pero sus ojos eran una promesa.

-¿Tu mamá no te dijo cuánto se iba a demorar? -preguntó, sin moverse.

-No lo sé -respondí, sin pestañear-. ¿Te incomoda estar solo conmigo?

No respondió. Solo siguió mirándome y yo supe que esa era su forma de decir que no.

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Tabla de contenidos de El albañil de mi madre

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