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Portada de la novela EL Aborto No Es Accidente

EL Aborto No Es Accidente

Tras el trauma de perder a su primer hijo, la protagonista descubre una conspiración siniestra: su esposo Mateo y el Dr. Ricardo causaron el aborto. Su actual embarazo es solo un plan para entregar el bebé a Elena, la amante de su marido. Convertida en una madre sustituta bajo engaños, ella decide ocultar su dolor y fingir sumisión. En un entorno de lujos y traiciones, usará su astucia para reunir pruebas y ejecutar una venganza implacable contra quienes la traicionaron.
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Capítulo 2

El frío de la habitación del hospital se sentía en los huesos, o tal vez era el vacío que me había dejado el alma. Las enfermeras se movían con una eficiencia silenciosa, cambiando las bolsas de suero y revisando los monitores que pitaban a un ritmo constante, un sonido que se había convertido en la banda sonora de mi desgracia. Hacía solo unas horas, había perdido a mi primer bebé. Un aborto espontáneo, dijo el doctor. El estrés, la causa más probable.

Mi cuerpo dolía, una punzada sorda y persistente en el vientre que era un eco físico de la herida emocional, mucho más profunda y devastadora. Yo, Sofía, una ceramista que encontraba vida en el barro, había sido incapaz de albergarla dentro de mí.

Mateo, mi esposo, estaba sentado a mi lado, sosteniendo mi mano con una fuerza que pretendía ser reconfortante, pero que a mí me resultaba casi opresiva. Sus ojos, normalmente llenos de una ambición calculadora, ahora estaban nublados por una tristeza perfectamente actuada.

"Mi amor, lo siento tanto," susurró, su voz una caricia ensayada. "Saldremos de esto juntos. Eres fuerte, mi vida. Lo superaremos."

Besó mis nudillos y me miró con una devoción que, en ese momento de niebla y dolor, casi me creí. El mundo exterior lo veía como el esposo perfecto, el empresario exitoso que adoraba a su esposa artista. En las reuniones sociales, su mano nunca dejaba mi cintura, sus elogios hacia mi trabajo eran constantes y públicos. Construyó a nuestro alrededor una burbuja de aparente perfección, y yo había vivido felizmente en ella.

"El Dr. Ricardo dijo que fue mala suerte," continuó Mateo, mencionando a su mejor amigo, el médico que me había atendido. "Estas cosas pasan. Lo importante es que tú estás bien."

Pero yo no estaba bien. Un pedazo de mí se había ido para siempre. Los días que siguieron fueron un borrón de condolencias vacías y gestos de compasión que no llegaban a tocarme. Mateo se encargó de todo, manejando las llamadas, las visitas de familiares, protegiéndome del mundo con una eficiencia que me pareció amorosa. Él era mi roca, mi refugio. O eso creía yo.

La casa, antes un santuario de creatividad y amor, se sentía enorme y silenciosa. La pequeña habitación que habíamos empezado a decorar con motivos de nubes y estrellas permanecía con la puerta cerrada, un monumento a un futuro que ya no existiría. Mateo la vació una noche, mientras yo dormía bajo el efecto de los sedantes que Ricardo le había recetado "para mi bien". Al despertar, todo había desaparecido, como si nuestro bebé nunca hubiera sido siquiera un sueño.

Pasaron los meses. La pena se fue asentando, convirtiéndose en una compañera constante pero silenciosa. Volví a mi taller de cerámica, intentando encontrar consuelo en la arcilla, pero mis manos se sentían torpes, incapaces de crear. Mateo fue paciente. Me traía flores, me llevaba a cenas caras, me compraba vestidos que no tenía ganas de ponerme. Estaba reconstruyendo nuestra vida perfecta, ladrillo por ladrillo.

Y entonces, una noche, me dijo que quería que lo intentáramos de nuevo.

"Sofía, mi amor, sé que es pronto," dijo, arrodillándose frente a mí en el sofá de la sala. "Pero nuestro amor es más grande que cualquier tragedia. Quiero una familia contigo. Quiero verte feliz, con un bebé en tus brazos."

Yo estaba aterrorizada. Mi cuerpo aún recordaba el trauma. Mi corazón aún estaba roto.

"Mateo, no sé si estoy lista. El Dr. Ricardo dijo que mi cuerpo..."

"Hablé con Ricardo," me interrumpió suavemente. "Dijo que físicamente estás recuperada. Que no hay razón para no intentarlo. Él nos ayudará, se asegurará de que todo vaya perfecto esta vez."

Su insistencia era una mezcla de amor y presión. Me convenció con promesas de cuidados extremos, de un embarazo sin estrés, de que él se encargaría de absolutamente todo. Y yo, desesperada por recuperar la ilusión, por llenar el vacío que me consumía, acepté.

Quedé embarazada de nuevo, sorprendentemente rápido. Esta vez, Mateo me trató como si fuera de cristal. Contrató a una enfermera a domicilio, me prohibió trabajar en el taller y llenó la casa de libros sobre maternidad y alimentos orgánicos. Ricardo venía a revisarme casi a diario. Todo parecía estar bajo un control absoluto.

Pero algo se sentía extraño. Una noche, no podía dormir. La inquietud me carcomía por dentro. Bajé a la cocina por un vaso de agua y escuché voces en el estudio de Mateo. Eran él y Ricardo. Me detuve junto a la puerta, que estaba ligeramente entreabierta.

"No puedes seguir arriesgándola así, Mateo," decía Ricardo, su voz tensa, irreconocible. "Su cuerpo no se había recuperado del todo. Este embarazo es de alto riesgo, y lo sabes."

"Tiene que funcionar esta vez, Ricardo. Elena no puede esperar más," respondió Mateo, su tono frío, desprovisto de toda la calidez que usaba conmigo.

Mi respiración se atoró en mi garganta. ¿Elena? ¿Su prima? ¿Qué tenía que ver ella con nuestro bebé?

"¿Y si algo sale mal? ¿Si la pierde a ella o al bebé?", insistió Ricardo.

Hubo una pausa. El silencio se estiró, cargado de una tensión que podía cortar.

"Entonces nos aseguraremos de que el bebé sobreviva," dijo Mateo finalmente, su voz era puro hielo. "Sofía es fuerte, se recuperará. Pero Elena necesita a este hijo para asegurar su posición con Guillermo y su familia. Ya lo perdimos una vez, no volverá a pasar. Tú te encargarás de que, pase lo que pase, el bebé llegue a manos de Elena. Y en cuanto a Sofía... la usaremos para un segundo embarazo de reemplazo si es necesario. Ya encontraremos la manera de convencerla."

El vaso de agua se resbaló de mis dedos y se hizo añicos en el suelo de mármol. El sonido fue ensordecedor en el silencio de la noche. Me tapé la boca con ambas manos, ahogando un grito que me desgarraba desde las entrañas.

No era un aborto espontáneo. No fue mala suerte. Mi primer bebé… ¿qué le había pasado realmente? Y este bebé, el que crecía dentro de mí, no era para nosotros. Era para Elena. Yo no era una esposa, no era una futura madre. Era una vasija. Un vientre de alquiler engañado, un simple reemplazo.

El hombre que dormía a mi lado cada noche, el que me susurraba palabras de amor, el que me había prometido una vida juntos, era un monstruo. Y yo estaba atrapada en su telaraña, llevando en mi vientre el fruto de su traición más cruel. El dolor de mi primera pérdida se transformó en un horror helado. Mi mundo no se había roto, había sido una mentira desde el principio.

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