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Portada de la novela EL Aborto No Es Accidente

EL Aborto No Es Accidente

Tras el trauma de perder a su primer hijo, la protagonista descubre una conspiración siniestra: su esposo Mateo y el Dr. Ricardo causaron el aborto. Su actual embarazo es solo un plan para entregar el bebé a Elena, la amante de su marido. Convertida en una madre sustituta bajo engaños, ella decide ocultar su dolor y fingir sumisión. En un entorno de lujos y traiciones, usará su astucia para reunir pruebas y ejecutar una venganza implacable contra quienes la traicionaron.
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Capítulo 3

El eco de la voz de Mateo rebotaba en mi cráneo, cada palabra un fragmento de vidrio afilado. "La usaremos para un segundo embarazo de reemplazo." La frase se repetía una y otra vez, borrando cada recuerdo feliz, cada beso, cada promesa. Me quedé inmóvil en el pasillo, el frío del mármol subiendo por mis pies descalzos, paralizándome. Mi corazón latía con una violencia sorda contra mis costillas, un animal enjaulado que acababa de descubrir la naturaleza de su prisión.

Dentro del estudio, el silencio se rompió por el sonido de pasos apurados. Me obligué a moverme, a retroceder sigilosamente hacia las escaleras, mis movimientos torpes y desesperados. No podían descubrir que los había escuchado. Mi vida, y la de mi bebé, dependían de mi capacidad para seguir fingiendo.

Llegué a la habitación y me metí en la cama, tirando de las sábanas hasta la barbilla, temblando incontrolablemente. Mi cuerpo era un campo de batalla de terror y rabia. Cerré los ojos con fuerza, fingiendo un sueño profundo cuando, minutos después, la puerta se abrió y Mateo entró. Sentí el hundimiento del colchón a mi lado, su peso una presencia profana. Su mano se posó en mi vientre, una caricia que ahora me quemaba la piel.

"Descansa, mi amor," susurró en la oscuridad. "Todo va a estar bien."

La bilis me subió por la garganta. ¿Cómo podía yacer a mi lado, tocarme con tanta familiaridad, después de revelar una traición de tal magnitud?

Al día siguiente, la farsa continuó, pero ahora yo era una espectadora consciente. Durante la visita de Ricardo, observé cada uno de sus gestos, cada palabra.

"Sofía, te ves un poco pálida," dijo Ricardo, mientras me tomaba la presión. Sus ojos evitaron los míos. Pude ver la tensión en su mandíbula, la culpa grabada en las líneas alrededor de su boca. "Es importante que descanses. No queremos ninguna complicación."

"Estoy bien, Ricardo. Solo un poco cansada," respondí, mi voz sorprendentemente estable.

Mateo estaba de pie junto a la ventana, observando la escena. Su postura era la de un esposo preocupado, pero sus ojos estaban fijos en el monitor del ultrasonido, no en mí. Miraba a mi hijo como si fuera un producto, una mercancía cuyo estado debía ser verificado.

"La presión está un poco alta," continuó Ricardo, dirigiéndose a Mateo. "Te lo dije, necesita cero estrés. Su salud es lo primero. Un pico de presión podría ser peligroso para ambos."

"Entonces asegúrate de que baje," replicó Mateo con frialdad, cuando creyó que yo no escuchaba. "Elena está organizando todo para la llegada del bebé. No podemos permitirnos retrasos ni problemas. Haz lo que tengas que hacer, dale los medicamentos que necesite. Solo asegúrate de que el bebé nazca sano y a término."

Ricardo lo miró con una mezcla de incredulidad y desprecio. "Mateo, ella no es una incubadora. Es tu esposa."

"Y por eso la elegí," soltó Mateo, su voz baja y cargada de una arrogancia que me heló la sangre. "Se parece a Elena. La misma complexión, el mismo color de cabello. Cuando Elena presente al bebé como suyo, nadie sospechará. Fue la candidata perfecta."

La candidata perfecta. No la mujer perfecta, no el amor de su vida. La candidata. Una sustituta con las características físicas adecuadas. El insulto fue tan profundo, tan deshumanizante, que por un momento sentí que me iba a desmayar. Me aferré a los brazos del sillón, clavando las uñas en la tapicería para anclarme a la realidad.

Recordé el día que lo conocí, en una galería de arte. Él se había acercado a una de mis piezas, una vasija de cerámica con delicadas grietas rellenas de oro. "Kintsugi," había dicho él, sonriendo. "La belleza de la imperfección y la resiliencia." Me sedujo con su aparente profundidad, con su interés en mi arte y en mi alma. Ahora entendía que solo estaba evaluando el material, la vasija.

Esa noche, mientras Mateo dormía a mi lado, su respiración tranquila y regular, yo permanecí despierta, mirando el techo. El dolor inicial se estaba solidificando en una resolución fría y dura como el diamante. No iba a permitir que me destruyeran. No iban a robarme a mi hijo.

Lágrimas silenciosas rodaron por mis sienes y se perdieron en mi cabello. Lloré por la mujer ingenua que había sido, por el amor que creí tener, por el bebé que me habían arrebatado y por el que ahora llevaba dentro, un prisionero conmigo en esta casa de horrores. Pero mientras lloraba, una llama de furia comenzó a arder en mi pecho.

Tenía que ser más inteligente que ellos. Tenía que jugar su juego.

A la mañana siguiente, me desperté antes que Mateo. Fui a la cocina y preparé el desayuno, algo que no había hecho en meses. Cuando él bajó, me encontró tarareando una melodía suave mientras ponía los platos en la mesa.

"Buenos días, mi amor," le dije con una sonrisa que me costó todas mis fuerzas. "¿Dormiste bien?"

Mateo me miró, sorprendido y complacido. Vio mi aparente buen humor como una señal de que su plan estaba funcionando, de que la futura "madre feliz" estaba emergiendo.

"Mucho mejor ahora que te veo así, tan radiante," respondió, abrazándome por la espalda y besando mi cuello.

Tuve que reprimir una arcada. Me giré y le devolví el abrazo, apoyando mi cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón traicionero.

"Solo estoy feliz," mentí. "Feliz por nuestro bebé. Por nuestra familia."

Ricardo llegó más tarde para otra revisión. Mateo insistió en que me administrara un sedante suave para "mantener la presión arterial bajo control". Era su manera de mantenerme dócil, de asegurarse de que no causara problemas.

"No creo que sea necesario, Mateo," protestó Ricardo débilmente.

"Hazlo," ordenó Mateo, su voz sin dejar lugar a la discusión.

Mientras Ricardo preparaba la jeringa, nuestras miradas se cruzaron por una fracción de segundo. En sus ojos, vi una chispa de vergüenza, de arrepentimiento. Era mi única oportunidad. Mientras Mateo estaba de espaldas, hablando por teléfono, articulé una sola palabra con mis labios, sin emitir sonido: "Ayúdame".

Ricardo vaciló. Su mano tembló ligeramente. Por un instante, pensé que me ignoraría, que su lealtad a Mateo era más fuerte que su conciencia. Pero luego, asintió, un movimiento casi imperceptible, antes de inyectarme el sedante.

Mientras la droga comenzaba a nublar mis sentidos, me aferré a esa pequeña esperanza. El cómplice culpable era mi única salida. Y yo iba a luchar. Por mí y por mi hijo.

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