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Portada de la novela Dulce venganza.

Dulce venganza.

Arturo, un alfa cegado por el odio, busca cobrar justicia contra Leo Volco, el mafioso ruso responsable de la muerte de sus padres. Junto a la hacker Alina y su aliado Lucas, el protagonista penetra en un laboratorio secreto donde Volco desarrolla peligrosas quimeras genéticas. Allí enfrentan a un ser creado para exterminar alfas. Tras brutales batallas, Arturo comprende que el asesinato de su familia es solo el inicio de una conspiración global letal.
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Capítulo 1

### Capítulo 1: El Inicio del Juramento

El viento helado soplaba entre los árboles, cargado con el olor del bosque húmedo. Arturo estaba de rodillas frente a las tumbas de sus padres. Su mirada fija en las letras grabadas en las lápidas, las únicas palabras que le quedaban de ellos: *"Honor y lealtad."* Una llama ardía en su pecho, un fuego que solo la venganza podía apagar.

—Les prometo, madre, padre... Leo Volco pagará por lo que les hizo. —Su voz temblaba, no por miedo, sino por la intensidad de su odio.

Habían pasado cinco años desde aquella noche fatídica. Arturo tenía entonces veinte años, demasiado joven para comprender el alcance de la traición que los llevó a la muerte. Habían confiado en Leo Volco, un alfa ruso que buscaba alianza con su manada. Pero Volco no quería un pacto, quería territorio. Y lo tomó a sangre y fuego.

Arturo había escapado esa noche, apenas con vida, gracias al sacrificio de su madre. Desde entonces, cada día había sido un paso más hacia su objetivo. Ahora, con la fuerza de un alfa experimentado y un pequeño pero leal grupo de seguidores, estaba listo para hacer su movimiento.

—Señor, tenemos noticias. —La voz de Lucas, su beta de confianza, lo sacó de sus pensamientos. Arturo se levantó lentamente, limpiando la tierra de sus manos.

—Habla —ordenó con un tono seco.

—Nuestros informantes han confirmado que Volco estará en un club clandestino en el centro de Moscú mañana por la noche. Una reunión con uno de sus socios.

Arturo asintió, sus ojos brillando con una mezcla de emoción y rabia.

—Perfecto. Es hora de que sienta el miedo que sembró.

Lucas dudó por un momento antes de continuar.

—Señor, Volco no estará solo. Su escolta es conocida por ser impenetrable, y hay rumores de que ha estado experimentando con un grupo de lobos mejorados... quiméricos.

Arturo se cruzó de brazos, reflexionando. El reto solo lo motivaba más. Cada obstáculo, cada enemigo, era un recordatorio de lo que estaba en juego.

—No importa cuántos hombres tenga. No importa cuántos experimentos haga. Volco morirá por lo que hizo, aunque sea lo último que haga.

El alfa miró una vez más las tumbas de sus padres antes de girarse hacia Lucas.

—Prepara al equipo. Nos vamos a Moscú.

Con esas palabras, Arturo dio el primer paso hacia el enfrentamiento final. Sabía que la misión no solo pondría en riesgo su vida, sino también la de quienes confiaban en él. Pero para Arturo, la venganza era el único camino hacia la paz... y el destino de Leo Volco estaba sellado.

El club clandestino en el corazón de Moscú era un espectáculo de luces parpadeantes y sombras que se movían como fantasmas entre el humo. Arturo, con un abrigo negro que ocultaba su musculatura y sus armas, se infiltró en el lugar junto con Lucas y su equipo. Sus sentidos estaban alerta, cada sonido y movimiento era analizado con precisión.

Leo Volco aún no había llegado, pero Arturo sabía que el alfa ruso nunca se hacía esperar demasiado. Su objetivo estaba claro: evaluar la seguridad, encontrar el mejor punto de ataque y acabar con Volco esa misma noche.

Sin embargo, algo desvió su atención. Entre la multitud, una mujer apareció como un espejismo. Su cabello castaño oscuro caía en suaves ondas sobre sus hombros, pero lo que realmente capturó a Arturo fueron sus ojos: un gris tormentoso, profundo y enigmático, que parecía atravesar su alma. Ella estaba sentada en la barra, bebiendo un cóctel con calma, como si no perteneciera a ese mundo de criminales y depredadores.

Arturo intentó ignorarla. No tenía tiempo para distracciones, pero algo en ella lo inquietaba. Había una energía a su alrededor que no podía pasar por alto. Su instinto de alfa le decía que no era una humana común.

—Lucas, ¿reconoces a esa mujer? —preguntó Arturo en voz baja, sin apartar la mirada de ella.

Lucas, siempre atento, echó un vistazo y negó con la cabeza.

—No, señor. Pero no parece encajar aquí. ¿Cree que podría ser una amenaza?

Arturo dudó por un momento antes de responder.

—Aún no lo sé. Mantente alerta.

De repente, la mujer giró la cabeza y lo miró directamente. Fue como si el tiempo se detuviera. Arturo sintió un escalofrío recorrer su espalda, algo que no experimentaba desde hacía años. Sus miradas se encontraron, y ella le dedicó una leve sonrisa antes de levantarse y caminar hacia él.

Cada paso que daba hacia Arturo parecía cargado de una confianza sobrenatural. Cuando llegó a su lado, habló con una voz suave pero firme, que llevaba un acento ligero difícil de identificar.

—Arturo. —No fue una pregunta, sino una afirmación.

Él frunció el ceño, llevando una mano instintivamente hacia el cuchillo oculto en su cinturón.

—¿Quién eres y cómo sabes mi nombre?

La mujer sonrió de nuevo, inclinando ligeramente la cabeza como si evaluara cada reacción de Arturo.

—Mi nombre es Alina. Y sé quién eres porque llevo mucho tiempo esperándote.

Arturo entrecerró los ojos, sus sentidos en alerta máxima. Había algo extraño en esa mujer, algo que no podía definir, pero que lo hacía sentir vulnerable.

—No sé qué juegas, Alina, pero si estás aquí para detenerme, te advierto que no será fácil. —Su tono era frío, amenazante.

Alina rió suavemente, pero sus ojos seguían igual de serios.

—No estoy aquí para detenerte, Arturo. Estoy aquí porque tienes una misión que cumplir. Una misión que también me afecta. Leo Volco no es solo tu enemigo... también es mío.

La revelación golpeó a Arturo como un relámpago. ¿Quién era esta mujer? ¿Qué conexión podía tener con el hombre que había destruido su vida? Antes de que pudiera responder, Alina se inclinó hacia él, susurrando con una urgencia que lo desarmó.

—Te lo explicaré todo, pero ahora no es el momento. Él ya está aquí.

Arturo miró hacia la entrada, y efectivamente, Leo Volco acababa de cruzar las puertas del club, rodeado por una escolta imponente. La figura del alfa ruso era tan intimidante como Arturo recordaba: alto, con una presencia dominante que podía llenar una habitación. Pero ahora, además del odio, había una nueva pregunta rondando en la mente de Arturo: ¿quién era realmente Alina, y por qué parecía conocer tanto sobre él... y sobre Volco?

El aire dentro del club parecía volverse más denso con la llegada de Leo Volco. Los murmullos se desvanecieron cuando su presencia dominó la sala. Arturo sintió cómo la rabia volvía a hervir en su interior, pero ahora estaba acompañada por la incertidumbre que Alina había traído consigo.

—Si sabes tanto, más te vale explicarte rápido —murmuró Arturo, sin apartar la vista de Volco y su escolta.

Alina permanecía serena, como si la presencia del alfa ruso no la afectara en lo absoluto.

—No aquí. Si atacas ahora, será tu fin —respondió en un susurro, sus ojos grises manteniéndose fijos en Arturo.

Lucas, que había permanecido al margen, se acercó, inquieto por la situación.

—Señor, tenemos que movernos. Esta es nuestra oportunidad. El equipo está listo para actuar en cuanto dé la orden.

Arturo apretó la mandíbula. Todo su ser le decía que debía atacar, que esta era la noche que había esperado durante años. Pero la mirada de Alina le hablaba de algo más grande, algo que no alcanzaba a comprender.

—Dame una razón para no acabar con él ahora mismo —le exigió a la mujer, manteniendo la voz baja.

Alina inclinó ligeramente la cabeza, como si supiera exactamente qué decir para mantener su atención.

—Porque si lo haces, te enfrentarás a algo más que a sus hombres. Volco no es solo un alfa; ha hecho pactos que van más allá de este mundo. Si no estás preparado, no saldrás vivo de aquí. —Sus palabras estaban cargadas de una seriedad que heló a Arturo.

Arturo iba a responder, pero Alina tomó su muñeca con una firmeza sorprendente. A través de ese contacto, algo extraño ocurrió: un calor intenso recorrió su brazo, seguido de un destello de imágenes en su mente. Un laboratorio oscuro, cuerpos mutilados, y en el centro de todo, Leo Volco supervisando experimentos macabros. Entre las imágenes fugaces, apareció Alina, encadenada y herida.

Arturo retrocedió de golpe, desconcertado.

—¿Qué diablos fue eso? —preguntó, su voz cargada de tensión.

Alina lo soltó y respiró profundamente.

—Ahora sabes que no estoy mintiendo. Volco ha estado creando algo más peligroso que cualquier alfa. Tú y yo somos los únicos que podemos detenerlo, pero no aquí. Necesito que confíes en mí.

Antes de que Arturo pudiera decidir si confiar o no, uno de los hombres de Volco lo miró directamente. El alfa ruso no tardó en notar la atención de su subordinado y giró la cabeza hacia Arturo. Sus ojos azules se entrecerraron, y una sonrisa cruel apareció en su rostro.

—Nos ha visto —dijo Lucas, poniéndose en guardia.

Volco alzó una mano, y su escolta reaccionó al instante. Seis hombres se movieron hacia Arturo y su equipo, rodeándolos con precisión militar.

—Parece que no tienes elección —murmuró Alina.

Arturo maldijo entre dientes y asintió a Lucas.

—Sáquenlos de aquí. Yo me encargaré de abrir paso.

—No sin mí —dijo Alina, sacando un cuchillo de hoja curva de debajo de su abrigo. Su postura, aunque elegante, era claramente la de alguien acostumbrado al combate.

—Espero que sepas pelear —gruñó Arturo, mientras desenfundaba su propia arma.

La primera embestida fue brutal. Los hombres de Volco no eran soldados comunes; su fuerza y velocidad superaban a la de cualquier humano normal, confirmando las palabras de Alina. Eran lobos quiméricos, una mezcla de biología y ciencia que los hacía letales.

—¡Retrocedan hacia la salida! —gritó Arturo, bloqueando el ataque de uno de los quiméricos. Su fuerza rivalizaba con la suya, algo que no ocurría a menudo.

Alina, a su lado, se movía con una gracia letal. Su cuchillo brillaba mientras se deslizaba entre los enemigos, cortando con precisión letal. Aunque no mostraba signos de transformación, su velocidad y reflejos eran sobrehumanos.

—¡Esto es lo que quería decirte! Volco no es solo un alfa; está creando un ejército de monstruos. Si no lo hacemos bien, nos aplastará a todos —gritó mientras derribaba a otro enemigo.

Arturo gruñó, sintiendo el peso de sus palabras. Podía sentir la fuerza del enemigo aumentando a medida que más hombres llegaban. Si esta era solo la escolta, enfrentarse directamente a Volco sería un suicidio.

—¡Salgamos de aquí! —ordenó finalmente, admitiendo que Alina tenía razón.

Lucas y los demás se abrieron paso hacia una puerta lateral, mientras Alina y Arturo cubrían su retirada. Los quiméricos seguían presionando, pero finalmente lograron salir al callejón.

—¿A dónde ahora? —preguntó Lucas, jadeando.

Alina señaló un vehículo estacionado al final de la calle.

—Vengan conmigo. Hay mucho que deben saber... y muy poco tiempo.

Arturo no podía ignorar la sensación de que la aparición de Alina no era coincidencia. Si lo que decía era cierto, su lucha contra Volco estaba lejos de terminar. Y ahora, más que nunca, necesitaba respuestas.

El vehículo avanzaba a toda velocidad por las calles de Moscú, dejando atrás el caos del club clandestino. Dentro del auto, la tensión era palpable. Lucas conducía, revisando constantemente los espejos para asegurarse de que no los seguían. Arturo estaba sentado en el asiento del copiloto, con la mirada fija en Alina, que permanecía tranquila a pesar de todo lo ocurrido.

—Ya estamos fuera —dijo Lucas, rompiendo el silencio—. Ahora, alguien me explica qué demonios fue todo eso.

Alina giró la cabeza hacia Arturo, ignorando la pregunta de Lucas.

—Te lo advertí, pero ahora lo has visto con tus propios ojos. Los hombres de Volco ya no son solo lobos. Son algo más... algo que nadie entiende del todo.

Arturo apretó los puños. Había sentido la diferencia en el combate. Esos hombres eran más fuertes, más rápidos, y su resistencia era antinatural.

—Habla —dijo finalmente, su tono frío—. Quiero saber todo lo que sabes de esos experimentos. Y más te vale no mentir.

Alina suspiró, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—Hace años, Leo Volco empezó a trabajar con un científico renegado, un humano llamado Viktor Zolov. Un genio en genética y biotecnología. Su objetivo era crear un ejército de lobos mejorados: híbridos que combinan nuestra fuerza natural con modificaciones genéticas y tecnología avanzada. Los llama quiméricos.

Lucas soltó una carcajada incrédula desde el asiento del conductor.

—¿Lobos cibernéticos? ¿Eso es en serio?

—No son cibernéticos —corrigió Alina, fulminándolo con la mirada—. Son una abominación. Sus cuerpos están modificados con ADN artificial que amplifica sus capacidades. Pero el precio de esa fuerza es su humanidad. La mayoría pierden el control de sus instintos y quedan completamente subordinados a Volco.

Arturo frunció el ceño. Aunque las palabras de Alina parecían sacadas de una historia de terror, encajaban con lo que había visto.

—¿Por qué estás involucrada en esto? —preguntó, sin dejar de observarla con cautela.

Alina desvió la mirada por primera vez desde que comenzaron a hablar.

—Porque fui una de las primeras víctimas de los experimentos de Volco. —Su voz se volvió más baja, cargada de dolor—. Mi manada fue destruida cuando él buscaba sujetos para sus pruebas. Sobreviví, pero no salí ilesa.

Arturo sintió un leve estremecimiento al recordar las imágenes que había visto cuando Alina lo tocó.

—¿Qué te hizo?

Ella levantó la manga de su abrigo, revelando una cicatriz profunda que recorría su antebrazo.

—Me inyectaron un prototipo. No soy completamente humana, pero tampoco soy como ellos. Volco me considera un experimento fallido, pero eso fue su error. Escapé... y juré destruir todo lo que ha creado.

Lucas frenó bruscamente al llegar a un edificio abandonado.

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