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Portada de la novela Donde el amor florece de nuevo

Donde el amor florece de nuevo

Miguel vuelve a la capital tras cinco años de exilio fronterizo, pero no lo hace solo: le acompañan su esposa Elena y su pequeña hija. Aunque su tía insiste en que cumpla su compromiso con la princesa Sofía, quien lo despreció antaño, una carta falsa demuestra que el capitán Diego orquestó su desgracia. Cargado de verdades ocultas, Miguel debe llevar a su familia al palacio para encarar el pasado y afrontar el inminente reencuentro con Sofía.
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Capítulo 2

Regresé a la capital en un día soleado de otoño, las hojas doradas caían lentamente sobre las calles de piedra que no había visto en cinco largos años. El carruaje se detuvo frente a la vieja casa de mi tía, y el aire, antes familiar, ahora se sentía extraño, cargado de recuerdos que había intentado enterrar.

Mi tía Carmen salió a recibirme, sus ojos se llenaron de lágrimas al verme.

"Miguel Ángel, sobrino, por fin regresas."

Me abrazó con fuerza, su perfume de lavanda era el mismo de siempre.

"Has vuelto, gracias a Dios que has vuelto. ¿Sabes cuánto te ha esperado la Princesa Sofía?"

Ese nombre, Sofía.

Fue como si el tiempo no hubiera pasado. Escucharlo de sus labios me transportó de inmediato a un lugar oscuro.

Mi tía no notó mi rigidez, continuó hablando con entusiasmo.

"Ella nunca se casó con ese Capitán Diego. ¡Lo sabía! Sabía que su corazón siempre ha sido tuyo. Ahora que has vuelto, todo volverá a ser como antes."

"Tía," la interrumpí con calma, "las cosas no son como antes."

Mi voz sonaba más grave, más cansada de lo que recordaba. La frontera te cambia. La soledad te cambia.

Ella frunció el ceño, sin comprender.

"¿Qué dices? Eres un héroe. El Emperador mismo te mandó llamar de vuelta por tus méritos en la frontera. Ahora eres un hombre importante, digno de ella. Ya nadie podrá decir nada."

Se refería al día de la graduación, el día que debía ser el más feliz de mi vida. Había conseguido las más altas calificaciones de la academia, superando a todos los nobles. Estaba listo para pedir formalmente la mano de la Princesa Sofía, mi prometida desde la infancia, mi amor.

Pero en lugar de una celebración, recibí una humillación pública.

Frente a toda la corte, ella me había mirado con desdén.

"¿Tú? ¿Un simple plebeyo con algo de suerte en los estudios? ¿Crees que eso te hace digno de mí, una princesa del imperio?"

Sus palabras fueron frías, cortantes.

Luego, me abofeteó.

El sonido resonó en el gran salón. El silencio fue absoluto.

Y entonces, se dio la vuelta y tomó el brazo de su primo, el Capitán Diego, quien me miraba con una sonrisa triunfante. Juntos, se alejaron, dejándome solo, con la mejilla ardiendo y el corazón hecho pedazos.

Pocos días después, el Emperador me convocó. No para castigarla, sino para enviarme a la región más desolada y peligrosa del imperio, la frontera norte. Un exilio disfrazado de asignación.

Mi tía suspiró, interpretando mi silencio como un doloroso recuerdo.

"Olvida eso, muchacho. Fue un error, un capricho de niña. Ella se arrepintió al instante. Todos estos años ha estado sola, esperando por ti. No seas tonto y dejes pasar esta oportunidad. Una princesa, Miguel Ángel. Piensa en lo que eso significa para nuestra familia."

La miré fijamente. Su visión de la vida era tan simple, tan interesada.

"Tía, no he vuelto por ella."

"¿Entonces por qué? ¿Por el título que te dio el Emperador? Eso solo te acerca más a ella."

Negué con la cabeza lentamente.

Tomé una respiración profunda, preparándome para soltar la verdad que cambiaría todo.

"He vuelto porque esta es mi tierra. Pero mi vida ya no está aquí."

Mi tía me miró confundida.

"¿De qué hablas?"

"Estoy casado," dije.

El silencio que siguió fue más pesado que el de aquel día en el salón de graduación.

"Y tengo una hija."

La cara de mi tía pasó de la incredulidad al horror. Era como si le hubiera dicho que había traicionado al imperio.

Mientras ella procesaba la información, mi mente se escapó de nuevo al pasado, a un tiempo más simple, antes de que todo se rompiera.

Recordé a Sofía y a mí cuando éramos niños, corriendo por los jardines del palacio. Ella, con su vestido de seda y su risa cristalina, y yo, el hijo de un funcionario menor, siempre tratando de seguirle el paso.

"Miguel Ángel," me dijo una tarde, mientras nos escondíamos detrás de una fuente, "cuando seamos grandes, nos casaremos. Y tú serás el general más valiente del imperio, y yo seré tu princesa."

Yo le creí.

Cada palabra.

Me esforcé en los estudios, en el entrenamiento militar, en todo. Quería ser digno de ella. Quería ser el hombre que ella imaginaba. Nuestro compromiso era un secreto a voces en la corte, algo que se daba por sentado.

Pero entonces, apareció su primo, el Capitán Diego.

Regresó de una larga campaña en el extranjero, convertido en un hombre apuesto y condecorado. Era noble, seguro de sí mismo, y tenía una facilidad para encantar a la gente que yo nunca poseí.

Empezó a pasar más y más tiempo con Sofía.

Al principio no le di importancia. Eran primos, después de todo.

Pero luego empecé a notar las miradas, los susurros. La gente en la corte comparaba al apuesto capitán con el "ambicioso plebeyo". Sentí cómo mi posición, que tanto me había costado construir, se tambaleaba.

La primera señal de alarma real llegó durante el Festival de las Flores. Era una tradición nuestra. Cada año, yo le llevaba el primer brote de la rosa lunar del jardín de mi casa y ella me esperaba en el balcón este del palacio.

Ese año, cuando llegué con mi modesta ofrenda, el guardia me detuvo.

"La princesa no está," dijo con sequedad.

"Pero… siempre nos vemos en el festival. Es nuestra tradición."

El guardia me miró con lástima.

"La princesa está en el campo de polo, viendo al Capitán Diego jugar."

Sentí una punzada de decepción, pero me dije a mí mismo que debía ser un malentendido. Ella no lo haría. No rompería nuestra tradición sin avisar.

Me quedé esperando, con la pequeña rosa en la mano, hasta que el sol se puso.

Ella nunca apareció.

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