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Portada de la novela Divorciamos En La Novena Vez

Divorciamos En La Novena Vez

Ricardo impone a Ximena un pacto despiadado: tras nueve abandonos en favor de su ex, Mariana, el matrimonio terminará. Tras ocho desprecios, la traición final llega bajo una tormenta, dejándola vulnerable. Después de ser atropellada al salvar a su propia rival, Ximena entiende su nulo valor para él y exige el divorcio. Mientras Ricardo se pierde en peligrosas carreras por quien lo arruinó, ella encuentra su libertad y un amor real al lado de Alejandro.
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Capítulo 2

Ricardo regresó a casa con el olor a hospital todavía pegado a la piel, su pierna enyesada era un recordatorio constante del accidente que lo había sacado de las pistas de carreras, su andar arrogante ahora reemplazado por un cojeo que lo enfurecía, a pesar de su lesión, su sonrisa seguía siendo la misma, esa que me había enamorado, una mezcla de encanto y peligro que me desarmaba por completo.

Me recibió con un beso que no llegó a los ojos, sus manos me apartaron con una gentileza estudiada antes de que pudiera abrazarlo de verdad.

"Ximena, tenemos que hablar" , dijo, sentándose con cuidado en el sofá, su mirada era seria, casi solemne.

Sentí un escalofrío, un mal presentimiento que se instaló en la boca de mi estómago.

"¿Qué pasa, Ricardo? ¿Te sientes mal? ¿La pierna te duele?"

Él negó con la cabeza, su expresión se endureció.

"No es eso, es sobre nosotros, sobre Mariana" .

El nombre de su exnovia cayó como una piedra en el silencio de la sala, siempre era Mariana, el fantasma que se negaba a desaparecer de nuestra relación.

"Ricardo, por favor, acabas de llegar, no empecemos" .

"Escúchame" , insistió, su voz con un filo que no admitía réplica, "sé que no he sido justo contigo, sé que ella siempre se interpone, así que te propongo un trato, un desafío" .

Lo miré sin entender, ¿un desafío? ¿Qué clase de juego enfermo era este?

"Si te abandono por ella nueve veces, solo nueve veces, entonces me dejas" , dijo, mirándome fijamente, "sin preguntas, sin dramas, simplemente te vas y me dejas en paz para siempre, pero si no llego a las nueve, te juro que la sacaré de mi vida, me casaré contigo y no volverás a oír su nombre jamás" .

La propuesta era tan absurda, tan humillante, que me quedé sin aire, era una locura, una forma retorcida de pedirme permiso para seguir siendo un infiel, pero estaba tan desesperada por su amor, tan ciega por la esperanza de que finalmente me eligiera, que una parte de mí lo consideró.

"Acepto" , susurré, la palabra se sintió como veneno en mi lengua.

Esa noche, redactamos el acuerdo en una servilleta, un pacto ridículo que selló mi destino, él lo firmó con una floritura, como si fuera un contrato millonario, yo lo firmé con la mano temblorosa, sintiendo que le vendía mi alma al diablo.

Las siguientes ocho veces fueron un tormento, excusas tontas, llamadas a medianoche, "emergencias" que siempre involucraban a Mariana, cada vez, él volvía con flores y promesas vacías, y yo, como una tonta, lo perdonaba, contando las veces, aferrándome a la idea de que solo faltaba una menos para que fuera completamente mío.

La novena vez llegó en una noche de tormenta, los truenos retumbaban y la lluvia golpeaba las ventanas con furia, yo estaba acurrucada en el sofá, con un cólico menstrual que me partía en dos y una bolsa de agua caliente sobre el vientre.

El teléfono de Ricardo sonó, era ella, por supuesto.

Su rostro se transformó, la preocupación falsa llenó sus facciones mientras escuchaba.

"¿Qué? ¿Un accidente? ¿Estás bien? Voy para allá" .

Colgó y se puso de pie, buscando las llaves del coche con desesperación.

"Mariana tuvo un accidente en la carretera, tengo que ir por ella" .

"Ricardo, no puedes irte" , le supliqué, el dolor en mi vientre se intensificó con la angustia, "está lloviendo a cántaros, es peligroso, además, prometiste que…" .

"¡No es momento para tus dramas, Ximena!" , me cortó, su voz era un látigo, "Mariana me necesita" .

Me miró con frialdad, como si yo fuera un estorbo, un mueble en su camino.

"Es la novena vez" , dije con un hilo de voz, las lágrimas ya nublaban mi vista.

Él se detuvo en la puerta, una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.

"Lo sé" , dijo, y salió, cerrando la puerta detrás de sí, dejándome sola con el ruido de la tormenta y el corazón hecho pedazos.

Me quedé inmóvil por un largo rato, escuchando el motor de su coche alejarse, el dolor físico y el emocional se fundieron en una agonía insoportable, la novena vez, lo había cumplido, había perdido.

La rabia y la desesperación me impulsaron a ponerme de pie, ignoré el dolor punzante en mi vientre, me puse un impermeable sobre el pijama y salí a la calle, la lluvia helada me empapó al instante, pero no me importó, necesitaba verla, necesitaba enfrentar la verdad, por más dolorosa que fuera.

Caminé sin rumbo fijo por un tiempo, dejando que la lluvia lavara mis lágrimas, hasta que mis pies, casi por instinto, me llevaron a la dirección que conocía demasiado bien, la casa de Mariana.

Las luces estaban encendidas, la música sonaba suavemente desde el interior, toqué el timbre, sintiendo cómo mi cuerpo entero temblaba de frío y de nervios.

La puerta se abrió y allí estaba ella, Mariana, perfecta, radiante, sin un solo rasguño, llevaba un vestido de seda rojo que se ceñía a su cuerpo y una copa de vino en la mano, su sonrisa era una mezcla de burla y triunfo.

"Vaya, vaya, miren a quién trajo la tormenta" , dijo, su voz goteaba veneno, "¿buscas a Ricardo? Lo siento, está un poco ocupado" .

Miré por encima de su hombro y lo vi, mi Ricardo, sentado en el sofá de ella, riendo, sin rastro de su lesión, completamente absorto en su presencia.

En ese momento, todo se derrumbó, la última pizca de esperanza se extinguió, caí de rodillas en el umbral de su puerta, el llanto me sacudía en espasmos violentos, era el final.

Mariana me miró desde arriba con desprecio, disfrutando de mi humillación, pero algo dentro de mí se rompió para siempre, y de esa ruptura nació una nueva fuerza.

Me levanté lentamente, me sequé las lágrimas con el dorso de la mano y la miré a los ojos, ya no había súplica en mi mirada, solo un vacío gélido.

Del bolsillo de mi impermeable saqué los papeles que había preparado desde la octava vez, un acuerdo de ruptura simple y claro, donde yo renunciaba a todo.

"Ganas tú" , le dije, mi voz sonaba extrañamente calmada, "entrégale esto, es tu trofeo" .

Mariana tomó los papeles, su sonrisa se ensanchó, le guiñó un ojo a Ricardo, quien nos miraba confundido desde el sofá.

"Mi amor, Ximena te trajo un regalo sorpresa" , le dijo con dulzura empalagosa, "fírmalo, es para sellar nuestro futuro" .

Ricardo, sin apartar la mirada de los ojos de Mariana, tomó el bolígrafo que ella le ofrecía y firmó en la línea punteada sin siquiera leer una palabra.

Firmó el fin de nuestra historia, firmó mi liberación, y ni siquiera se dio cuenta.

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