
Diseñadora Renacida: Su Dulce Venganza
Capítulo 3
Ricardo sonrió, deleitándose con el malestar que había creado.
Creía que tenía el control, que podía manipularme como antes.
Se inclinó hacia mí, su aliento apestaba a alcohol y arrogancia.
"Mira, Sofía", susurró, para que solo yo y Alejandro pudiéramos oírlo. "Sé que tu marquita de ropa no debe dar para mucho. Estoy en un reality de cocina ahora, soy famoso de nuevo. Si vuelves conmigo, si te arrodillas y me pides perdón públicamente, tal vez pueda ayudarte a promocionar tus trapitos."
La ofensa era tan absurda, tan ridícula, que casi me hizo reír.
Este hombre vivía en una realidad completamente distorsionada.
"No necesito tu ayuda, Ricardo. Y ciertamente no necesito tu perdón", respondí, mi voz goteando desprecio.
Para enfatizar su punto, Ricardo rodeó a Valeria con el brazo y la besó con una pasión fingida, sin apartar los ojos de mí.
Fue un acto vulgar, una provocación barata.
Valeria le siguió el juego, gimiendo y aferrándose a él.
Verlos juntos así, actuando su pequeña farsa, me transportó de vuelta a ese oscuro día, cinco años atrás.
Recordé la noche antes de la boda.
Estaba tan feliz, tan emocionada.
Había ido a la casa de Ricardo para darle una sorpresa, un reloj grabado que había comprado para él.
Pero la sorpresa me la llevé yo.
La puerta estaba entreabierta, y escuché voces desde adentro.
Eran Ricardo y Valeria.
Me detuve, con el corazón en un puño.
"¿Estás seguro de que esto es una buena idea, Ricardo?", decía Valeria, con un tono conspirador. "¿Humillarla así, en público?"
"Es la única manera, Vale", respondió la voz de Ricardo, fría y calculadora. "Sofía se está volviendo demasiado... grande. Su talento como diseñadora, todos la admiran. Pronto, ella será la estrella y yo seré solo 'el novio de'. No puedo permitir eso. Tengo que cortarle las alas antes de que aprenda a volar más alto que yo."
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
"Pero... ¿inventar que te fue infiel? Es cruel", insistió Valeria, aunque en su voz no había ni una pizca de verdadera preocupación.
"Es perfecto", replicó Ricardo. "Nadie apoya a una mujer infiel. Su reputación quedará destruida, su carrera acabada. Y yo quedaré como la víctima, el pobre hombre traicionado. La gente me amará, mi popularidad se disparará. Y ella... ella volverá a mí arrastrándose, agradecida de que siquiera la considere."
No podía creer lo que estaba oyendo.
El hombre que amaba, mi prometido, mi futuro esposo, estaba planeando mi destrucción.
Y mi mejor amiga, mi hermana del alma, era su cómplice.
La caja con el reloj se me cayó de las manos, haciendo un ruido sordo al chocar contra el suelo.
Las voces dentro de la casa se callaron de golpe.
Salí corriendo de allí, con el corazón hecho pedazos y las lágrimas cegándome.
No supe cómo llegué a mi casa.
Me derrumbé en el suelo de mi habitación, ahogándome en sollozos.
Mis padres me encontraron horas después, en un estado catatónico.
No podía hablar, no podía moverme.
El dolor era tan inmenso que mi cuerpo y mi mente simplemente se apagaron.
Al día siguiente, el día de la boda, no me presenté.
Mis padres, entendiendo la magnitud de la traición, me sacaron de la ciudad en secreto esa misma mañana.
Me llevaron a una pequeña casa en la costa, lejos de todo y de todos.
Mientras Ricardo ejecutaba su plan macabro en la iglesia, humillándome frente a un público que no sabía la verdad, yo estaba a kilómetros de distancia, mirando el mar, sintiéndome completamente vacía.
El mundo exterior creyó la mentira de Ricardo.
Fui juzgada, condenada y olvidada.
Y yo, durante mucho tiempo, dejé que esa mentira me definiera.
Me tomó meses volver a hablar, años volver a sentir algo que no fuera un dolor sordo y constante.
Mis padres me cuidaron, me dieron espacio, me permitieron sanar a mi propio ritmo.
Y fue allí, en la soledad de esa casa junto al mar, donde redescubrí mi única pasión verdadera: el diseño.
Empecé a dibujar de nuevo, a coser, a crear.
El dolor se transformó en telas, la ira en patrones, la resiliencia en vestidos.
Así nació "Renacer".
Ahora, viendo a Ricardo y Valeria frente a mí, actuando su patética obra de teatro, el dolor del pasado ya no me quemaba.
Era una cicatriz, un recordatorio de lo lejos que había llegado.
Salí de mi ensimismamiento y miré a Alejandro.
Su rostro era una máscara de furia contenida.
Sabía que se estaba controlando por mí.
Le sonreí, una sonrisa genuina, para hacerle saber que estaba bien.
Luego, me volví hacia la patética pareja.
"¿Terminaron su espectáculo?", pregunté con una calma que los desarmó. "Porque si es así, mi esposo y yo tenemos cosas más importantes que hacer."
Tomé a Alejandro del brazo, lista para irme.
Pero Ricardo no había terminado.
"¿Esposo?", repitió con una carcajada incrédula. "¿De qué demonios estás hablando?"
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