
Diez Noches en Dubái
Capítulo 3
La madre de Adib no paraba de mirarlo como si se tratase de un tonto el cual no puede hacer nada por sí mismo.
El hombre estaba cansado ya de eso, pero ella no pararía de comportarse de manera errónea, simplemente le encantaba hacer sufrir a los demás. Tenía un carácter tan fuerte que a cualquiera hacía dudar. A pesar de que varias personas le hubieran hecho saber que sus comentarios eran hirientes, eso no le importaba en lo más mínimo, seguía comportándose de la misma manera y hasta peor.
Estaba más que acostumbrada a ver a todo el mundo por encima del hombro, como si valiera más solo por el hecho de tener dinero y estar acomodada en una familia de poder, algo que incomodaba mucho a sus hijos.
Adib no era el único en su familia, pero era el jeque, mientras que eran solo familiares del sultán, quizá un tanto lejanos, pero eso no importaba mucho, pues tenía la responsabilidad de hacer ver que era una persona capaz de cuidar de sí mismo y de los demás para que el público confiara en él.
Como muchas cosas en la vida, lo que quería lo tenía, de manera tal que conseguir ese puesto y esa jerarquía tampoco fue muy difícil, era como si hubiera nacido solo para eso, era su destino de alguna manera, y no discutiría aquello con nadie.
Le gustaba mucho tener que cumplir con su rol de jeque, y es que a quién no podría agradarle tal aspecto cuando se podía tener una vida tan acomodada y llena de lujos.
A pesar de todo eso, no era alguien que se estuviera fijando en las marcas de ropa o en los tipos de autos, en realidad era muy distraído, y si no fuera por sus asistentes, sería un gran desastre, muy aparte de ser una persona intelectual, o eso habían dicho varios de sus profesores, pero no sabría si creerles o no de todos modos.
Cuando era niño se comportaba de manera enérgica, siendo que su madre siempre lo regañaba, entonces pasaba la mayor parte del día leyendo cuando no podía hacer lo que tenía en mente, y quizá fuera bueno, porque de allí aprendió a hacerse preguntas que la mayoría de los niños solo no tenían, por lo que necesitó pronto tutores para él que respondieran a sus dudas.
La mayoría de los tutores tuvieron que retirarse cuando no encontraron en sí mismos los conocimientos exactos para hacer su trabajo de la mejor manera, refiriendo a otros colegas especialistas en varias áreas en las cuales el chico tenía muchas más dudas de lo habitual, como si aquello fuera una especie de prueba que tuviera que llevar a cabo para entrar en alguna escuela o ganarse una beca, pero nada de eso era de esa manera.
El chico solo era curioso, y esta misma curiosidad la fue alimentando a medida en la que el tiempo pasaba, sin embargo, no hizo con esto algo más que solo dedicarse a sus estudios y poco a poco logrando formarse como un líder en su tierra natal, solo para terminar luego de un buen tiempo en un país extranjero representando a la nación.
Con gusto era un líder, pues amaba cada aspecto que tuviera que ver con lo que estaba haciendo, y de cierta manera su público también lo adoraba, y esa era su gran señal para tener en claro que estaba haciendo lo correcto, no solo con su vida, sino con su puesto como jefe.
Tenía de todas maneras un montón de cosas que hacer siempre, obligaciones de todo tipo, por eso trataba de hacer memoria y miraba a su vez el correo en el celular, el mismo que le había enviado Myrtle con toda la organización de la semana, sin embargo, no lograba ubicarse del todo, tenía que verlo cada momento para saber hasta qué hora podía estar en ese lugar.
La comida que había pedido su madre no le agradaba demasiado, pero pobre de él si decidía opinar sobre cualquier cosa, ya que tener su propio concepto de las cosas parecía ser algo imposible con esa mujer. Desde siempre su madre le había indicado qué hacer, incluyendo que sustituyera los juegos por la lectura, como si aquello pudiera en tal caso hacer que dejara de lado su imaginación, algo que en un menor era muy complicado.
Cada vez que le daban alguna orden, su cerebro se ponía en piloto automático, ya que en serio detestaba tal cosa, pero como a nadie le importaba demasiado, entonces tenía que hacer lo pedido, y es que su padre aunque tenía tiempo para él y en serio le encantaba estar con la familia, pero sus obligaciones eran mayores, sobre todo porque tenía más cercanía con la realeza, era uno de esos guardias a los cuales siempre se ve impidiendo la entrada de alguna persona a alguno de los templos sagrados.
La mayoría de las veces, su trabajo era muy difícil, pero en realidad no le importaba mucho poner su vida en peligro si así lograba salvar a muchas más, era un alma buena y sobre todo servicial. Por supuesto, le pagaban demasiado bien por mantener relaciones tan cercanas con la familia del sultán, quien hacía todo y más por el bienestar de la nación. Gobernaba con sabiduría y decidía solo lo mejor para su gente, y la mayoría de las personas estaban felices con eso, pero siempre los líderes tenían su oposición, por ende, era su deber combatir tales malos comentarios y ataques por parte de la prensa y los demás países quienes no estaban de acuerdo nunca con su manera de hacer las cosas.
Por supuesto, ellos no se metían en la religión o en la organización de otros territorios para que no hicieran lo mismo con el suyo, pero casi nadie parecía entender muy bien la situación, en realidad solo lo hacían peor, como si de alguna manera hacer lo contrario a las ideas de ellos era la clave.
Por mucho tiempo habían estado muchos problemas siempre encajados en la sociedad precisamente porque no cumplían con la mínima tolerancia que cada quien debería tener, era un completo dolor de cabeza que simplemente no podía calmarse con una acción sencilla.
En todo eso pensaba el de cabellos oscuros cuando llegó el turno de terminar la comida.
─Como decía, no puedes permitir que los medios te vean y piensen cualquier cosa que quieran sobre ti, eso es absurdo─ dijo la mujer, comenzando a hartarse un poco de las cámaras que estaban apuntando hacia ellos, incluyendo algunos celulares.
Como siempre, marcaban la diferencia a los lugares que iban, era de esperarse para ambos.
Adib rodó los ojos, sin poder creer que su madre en serio le estuviera diciendo ese tipo de cosas, a pesar de que ya estaba lo suficientemente grande como para saberlo. Ese era un gran problema, y es que su madre siempre pensaba que era un tonto por ser distraído, pero la verdad era que no quería reconocer su intelecto, como si esto fuera a subirle el ego, algo que no podía ser más falso.
─Madre, lo sé, no es necesario que lo aclares... La cuestión sigue siendo qué haremos con el emir, ese es un gran dolor en el trasero─ dijo el hombre, con la vena marcada en la frente de tanta ira que comenzaba a crecer en su frente.
─Ese niñito lo único que sabe hacer es amargarnos la existencia ¿Te das cuenta?─ respondió la mujer ─Lo que le falta es que alguien le recuerde de dónde viene, para que así aprenda cuál es su lugar, sus obligaciones no son las tuyas─.
─Lo sé, se cree el sultán y apenas va por emir─ comentó el de cejas pobladas.
─Un día de estos puede sorprendernos, así que debemos prepararnos en dado caso, no podemos permitir tal cosa, aunque si llegara a ser Sultán tampoco me tomaría desprevenida─.
─Tengo que decir que no es seguro que algo como eso suceda, además no hace falta que me subas tanto el ánimo─ comentó un tanto sacado de quicio el hombre, en serio harto de que lo tomaran como un chiste.
La mayor solo tomó un sorbo de su batido para no decir nada, sin embargo, minutos después decidieron irse de allí.
─Lo único que podríamos hacer sería reunirnos con Karlo ¿Te parece? Ya nos ha ayudado antes con eso─.
─No podemos siempre dejarle todo a él, deberías hacer algo por tu cuenta esta vez, las personas de Iraq en algún momento preguntarán por lo que sucede con el negocio, y querrán planos reales, cifras reales, no puedes seguir dándoles excusas, debes entregar ese trabajo a tiempo─.
─Nadie quiere entregar eso más que yo, debe de saber... Además, Karlo es el único que tiene ese poder, mientras que con unas simples palabras de Ibrahim todo se puede ir al caño─.
─El trabajo de Karlo sabes que no consiste en salvar tu trasero, Adib, ya estás grande, él te ha ayudado toda la vida, pero la idea es que aprendieras a llevar y controlar tu vida con sus altos y bajos. Tu padre estaría muy decepcionado de tu sentido de aventura─.
─No deberías mencionar a papá en este tipo de cosas─ dijo el hombre, sacando de su bolsillo lo que Myrtle le dijera que podía calmar un poco a la bestia.
Extendió su mano cuando llegaron al auto, estando ambos muy cerca, y le hizo llegar a su madre un paquete de frutos secos mixtos de la marca preferida de la mujer a la mano, incluso un chocolate oscuro para alivianar el ambiente, era su carta bajo la manga.
─Vaya vaya, qué manera de hacerme callar─ mencionó la mujer, tomando lo que él le estaba dando con cierto recelo ─Pero sabes que lo que te digo es verdad─.
El menor asintió con una sonrisa que no mostraba los dientes, pero en serio sabía que había funcionado aunque fuera un poco cuando la mirada de la mujer pasó a ser una más calmada, solo tras llevarse al menos tres cuadrados de chocolate a la boca.
Más de una de las mujeres que allí había se le quedaron viendo al jeque, sobre todo porque era muy atractivo, pero él en realidad lo ignoraba, además de que no tenía el menor tiempo para dedicarle a tales personas, sentía que solo perdería el tiempo de nuevo.
Suspiró y entonces el auto arrancó, dejando a varias mujeres fuera del local viendo cómo el auto partía, como si pudieran enamorarlo con eso, cosa que era muy poco probable si era sincero al cien por ciento.
Al llegar a la casa en la cual vivía la mujer, este la dejó con un abrazo, mientras que la mujer no correspondió demasiado, como si eso solo fuera sentimentalismo que no servía de nada, casi innecesario para alguien como Karin.
El hombre de ojos hazel le besó la frente en señal de cariño como siempre hacía y entonces se encaminó a la salida.
─Haré lo posible por dejar en su lugar al emir, tenlo por seguro, madre─.
─¡Más te vale que hagas algo por esta familia de una vez, Adib Farhat!─.
Él rió bastante, sin poder siquiera hacer algo por evitarlo, de todos modos en serio necesitaba sacar aquello que tenía retenido, estaba lleno de tensión, y aquello por lo menos le ayudó a lidiar con esta de una buena manera.
No podía esperar a llegar a la oficina para comentarle a Myrtle lo que había vivido con su madre, ya que era una costumbre que había tomado de decirle a la chica lo que hacía con su madre, y es que parecía ser a la única persona a la cual le interesaba saber lo que pasaba en su vida diaria, aparte de los amigos que tenía, que no eran muchos, pero conocidos no faltaban.
La chica casi siempre tenía un comentario que lo dejaba riendo y pensando en ello por al menos tres días, era una costumbre pasarla juntos para conversar sobre diversos temas, ya fueran del trabajo o simplemente sobre la vida en general.
Nunca había tenido a una secretaria que se preocupara tanto por su vida, por su bienestar tanto físico como mental, y era reconfortante saber que había alguien que no lo miraba como a un cajera automático o con morbo por ser atractivo, o eso era lo que decían comúnmente sobre sí mismo, pero después de conocerlo, solo decían que era un aburrido de lo peor, así que quedaba como un tonto frente a la mayoría de las mujeres, pero eso no sucedía con Myrtle.
Le indicó a su chófer que por favor lo dejara en pleno edificio de oficinas en el cual trabajaba, tenía que adelantar varias cosas en lo que respectaba a la campaña política, pero también a los comerciales que debía grabar y a las entrevistas que debía dar para distintas plataformas, era una figura pública en su totalidad, por eso no podía darse el lujo de hacer algo que se saliera de lo usual.
Siendo de proveniencia árabe, cualquier cosa que hiciera, debía de reportarlo con las autoridades, dejar en claro que en realidad todo lo que quería era hacer que su pueblo quedara bien, jamás humillarlos como muchas personas dirían de su comportamiento extrañamente extranjero.
Para ser honesto, sabía que muchas de sus acciones estaban guiadas por lo que fuera que significara haber vivido tantos años fuera de su país, pero no tenía nada que ver con por ejemplo su manera de ser, así que no sabía por qué era juzgado de tan mala manera, como si no tuviera juicio propio o mente que funcionara por sí misma.
Varas personas tenían esa idea errada de él, como si aunque fuera inteligente, no lo fuera lo suficiente como para hacer que las cosas cambaran, que los pobres salieran de sus malas situaciones, que los mejores estudiantes obtuvieran becas y que los salarios aumentaran respecto a los gastos que conlleva la vida.
No todas las cosas podía hacerlas él, y es que la nación dependía de lo que dijera el sultán, y si este mencionaba alguna negativa, entonces no se podía hacer mucho, ya que llevarle la contraria o discutirle era mucho peor, era faltarle el respeto directamente.
Adib no era ningún sinvergüenza, ningún cara dura y ningún tonto, por ello, no haría pasar a los habitantes de la región dada para representarlos políticamente el peso que conllevaba ser una de las primeras potencias, ya que los gastos incrementarían de maneras absurdas, y quienes estaban en los estratos más bajos solo tenían cada vez menos la posibilidad de salir adelante.
Su mente aparte de pensar en ello, también halló la manera de concentrarse en lo que le diría a Myrtle cuando llegara a la oficina, lo que tenía que ver con lo que estaba maquinando para hacer posible su relación no solo con Iraq sino con otros países que pudieran pagar de manera más específica y mucho más cantidad lo que eran sus servicios políticos y demás propagandas, era una muy buena entrada de ingresos para todos, un ganar-ganar.
Muchas veces quiso solo dejar su puesto, pero sabía que nadie más podría siquiera reemplazarlo en ningún sentido y por nada del mundo, de manera tal que solo buscaría por sus propios medios continuar con el legado de su padre, que era simplemente colaborar con los demás cuanto pudiera y desde su perspectiva.
Aunque siempre quiso que las demás personas tuvieran su opinión formada sobre lo que era su persona e incluso los demás, también tenía en cuenta que no siempre sería moneda de oro para caerle bien a los demás, por eso era hora de hacer algo por sí mismo y continuar creciendo no solo como persona sino como líder, debía de ir un paso más allá y hacer aliados en los demás países.
Ahora era su responsabilidad por completo hacer que su fama aumentara a tal punto de que lo reconocieran en todo el mundo como un hombre exitoso, un hombre de dinero, ya que al ser así, entonces podría alcanzar lo que tanto había anhelado, un posible ascenso que pudiera hacerlo vivir de mejor manera y sobre todo ganarle a su principal enemigo, es decir, Ibrahim, el mismo al que siempre pensó que noquearía en el primer segundo y ahí seguía dando batalla desde el primer segundo, y ya estaba más que harto de todo aquello.
El emir había llegado a serlo solo porque era el consentido del sultán, y aunque nadie sabía cómo había conseguido ser un buen aliado del hombre, de todos modos los demás solo seguían las órdenes de este, por lo que no le prestaban mucha atención a lo que representara lo que fuera que hiciera este mientras se mantuviera de la misma manera y les diera grandes beneficios por su lealtad.
La mayoría solo se vendía de manera grande y siempre a la vista de todos, como para que se entendiera que de verdad su lealtad estaba siempre con el hombre y que no iba a cambiar ni siquiera con la muerte, y estarían más que orgullosos de participar en un sacrificio si aquello les otorgaba una paz inmediata.
Muchas veces todos los habitantes habían encontrado la manera de forzar lo que fuera que tuviera que ver con la manera tan fuerte que tenían algunas personas de lidiar con sus problemas, y no solo como familias, sino además también como pueblo.
La mayoría solo lidiaba con todo eso de la peor manera, que era fingir que tenían todo solo para dedicarlo a lo que fuera el mandato del sultán, quien siempre debía de hacer a su público sentirse valioso, y vaya que lo hacía siempre, o eso le hacían pensar.
Para él, todo el territorio estaba vivito, feliz y coleando, pero la realidad era una muy distinta, compleja y llena de errores, cosa que no se podía solo ocultar con un solo dedo, pero mientras siguiera allí en ese puesto, entonces todo sería color de rosa, nadie tendría que preocuparse por nada nunca, confiar en que ester arreglaría siempre las cosas como un súper héroe era algo estúpido, pero también funcional.
Los lame botas principales solo hacían que todo luciera de manera ideal y perfecta para que nadie más buscara respuestas en otro lado, sino siempre bajo el mandato de ese hombre, quien prometía villas y castillas a quienes estuvieran siempre dispuestos a todo.
Una vez que el ascensor llegó justo a donde estaba ubicada la oficina de ellos dos, observó a su secretaria muy concentrada redactando algo, debía de ser un correo, pero entonces lo miró y le sonrió a modo de saludo, siempre dispuesta dar todo de sí para sonar cordial, todo un sol, pues en serio quería el bien de todos allí.
La saludó con un movimiento de cabeza, un asentimiento.
El hombre quiso por todos los medios hablar, pero quien lo hizo primero fue ella, lejos de estar incómoda, bastante alegre.
─¿Cómo le fue con su madre? Sabe que puede decirme cualquier cosa que esté pasando, siempre es divertido escucharlo hablar sobre ella─ la mujer se colocó su lapicero en el moño recogido que tenía, algo de lo cual no perdió el más mínimo detalle.
A pesar de que no veía a la mujer como algo más que solo su secretaria, de todos modos tenía muchas dudas a veces sobre lo que sentía por ella, pero tampoco se paraba mucho a pensarlo, ya que sus encuentros casi siempre eran cortos o hablaban de él y del trabajo, no muchas cosas que tuvieran que ver con el romanticismo, y no era que tuviera razones para pensar así de ella.
De todos modos, iría de manera rápida a buscar a unas cosas en su oficina y saldría a hablar con ella.
─Tengo varias cosas que contar, pero siempre funcionan los frutos secos, eres una genio ¿Sabías?─.
─No soy una genio, solo presto atención a los detalles─.
La mujer solos se quedó por un momento pensando en lo que dijo su jefe, pero de inmediato recurrió a decirle la frase.
Adib asintió, sabiendo que cuando ella hablaba de esa manera, lo hacía muy en serio, y le parecía genial que en serio pensara de esa forma, pues no muchas personas lo hacían, cosa que era muy triste.
Había noches en las cuales ni siquiera podía lograr dormir como se supone que una persona haría, pero en serio se esforzaría por llevar a cabo muchas metas, así eran ellos.
─Bien, en serio gracias por lo que haces por mí ¿Te gustaría un café de máquina mientras hablamos de la vida?─.
─Solo si me va a contar a lujo de detalle cómo fue la salida con Karin─.
─Trato hecho─.
Con eso, ambos salieron al pasillo de máquinas expendedoras.
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