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Portada de la novela Deseo.

Deseo.

Dara inicia su etapa como directora de recursos humanos en una firma prestigiosa, esperando un éxito profesional absoluto. No obstante, se topa con el señor Belial, un superior de carácter implacable y comportamiento errático que desafía su propia naturaleza rebelde. Forzados a trabajar en equipo, ambos se verán envueltos en una lucha constante por ser profesionales mientras intentan ignorar un deseo latente que podría salirse de control.
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Capítulo 2

Desde mi posición en mi oficina observo a los demás empleados, quienes me miran curiosos. En cuanto había llegado a la empresa, hace aproximádamente media hora, no habían dejando de mirarme "disimuladamente", entre comillas porque igual me daba cuenta de que me observan como si yo hubiese llegado en una nave espacial, o como si tuviera 3 ojos y se asombraran de ello. En un momento me sentí como un bicho raro.

A penas puse un pie en la empresa, la secretaria del señor Fontanet se encargó de mostrarme mi oficina, para que me acomodara mientras el señor se dignaba en aparecer. Se suponía que debía tener como una especie de cita con él, ya que según lo que había entendido, él debía especificarme mis ocupaciones. Y aquí estoy, acomodandome desde ese entonces.

Pero comienzo a impacientarme por su impuntualidad.

Mientras pasan los minutos de espera, sigo sin hacer nada productivo, así que me dedico a mirar la instalación y noto que la oficina tiene un tinte neutro, pero muy elegante. Las paredes son blancas, decoradas sencillamente con cuadros abstractos y una que otra plantera con flores artificiales que acompañan el suelo, que a su vez, son de color marrón obscuro. Desde mi punto de vista es una extraña mezcla, pero elegante al fin y al cabo. Aunque sin duda lo que más me gusta es el amplio ventanal que le brinda mucha claridad a la oficina.

La sala en sí no es muy amplia, pero si lo suficientemente cómoda para mí. Me siento a gusto con el escritorio, con la silla y con todo lo que me rodea.

En comparación a la oficina que tenía en la antigua empresa, esta es como un palacio lujoso y precioso.

Pasé de un cuchitril a una suite.

Bueno, rara comparación pero ajá.

En cuánto a la empresa, es enorme. Las paredes tienen el mismo tono neutro que mi oficina, pero la entrada, y a simple vista las demás oficinas, cuentan con mayor número de ventanales de vidrio; y se alza con aproximadamente 5 pisos, distribuidas para cada área. Yo me encuentro en el tercer piso. Según tengo entendido, el quinto piso es exclusivo para el señor Fontanet, y está acompañado únicamente por su secretaria.

Vuelvo a observar mi reloj y efectivamente ya ha pasado una hora desde que llegué. Me doy por vencida y decido salir de mi oficina para subir al quinto piso. Sé que el señor Fontanet se encuentra, y me niego a seguir esperando aquí sin hacer nada.

Camino por los pasillos hasta llegar al ascensor. Mientras camino, saludo a algunos quienes me observan de pie a cabeza. Las mujeres no disimulan su mala cara y me pregunto el motivo por el cual me mirarán de esa forma, pero no les presto importancia. Los hombres sin embargo se hablan entre sí y me sonríen, pero les brindo la expresión más seria que tengo.

Con la cabeza en alto espero a que el ascensor se abra y una vez adentro me acomodo la falda. No se si hice bien al optar por ponerme una falda lápiz pero fue lo más cómodo que encontré. Me observo en el reflejo de las paredes metálicas y me aseguro de estar presentable antes de encarar al señor Fontanet.

Mi cabello es bastante largo así que por lo general lo dejo suelto para evitar la fatiga de peinarlo. Por otro lado, acompaño la falda con una camisa floja de color granate y unos tacones negros.

Cuando las puertas se abren tomo aire antes de salir. Me recibe un amplio salón donde se encuentra unos cuantos asientos de cuero y a un costado, el escritorio de la secretaria del señor Fontanet, quien al verme parece alarmarse.

—Señorita—se levanta y alarga sus brazos pidiendo que pare—, el señor aún no puede atenderla. Le ruego que se retire.

Me sorprende la manera en la que me pide que me retire, siento cierto temor en su voz. Pero me niego a seguir esperando.

—Llevo esperando más de una hora—me quejo, haciendo caso omiso a su súplica—. No estoy dispuesta a seguir sin hacer nada por más tiempo.

—La entiendo, pero el señor no me ha dado la orden de hacerla pasar.

Suspiro y ruedo los ojos.

—Dígale al señor que por favor necesito hablar con él.

Me observa con mala cara y al darse cuenta de que no estoy dispuesta a marcharme, no le queda de otra que levantarse y caminar hasta la amplia puerta que se encuentra al fondo del salón, donde deduzco que es la oficina del señor.

Da unos golpes y segundos después la puerta se abre. No logro ver al señor porque al parecer solo habla con la secretaria desde lejos y tampoco escucho lo que dicen, pero no pasa mucho hasta que la puerta vuelve a cerrarse y ella me indica que puedo pasar, no sin antes brindarme una mirada de desagrado.

Camino hasta la puerta y golpeo la madera con mis nudillos. Escucho una voz profunda que me indica que pase, y de pronto siento una sensación de nerviosismo.

Entro y cierro la puerta antes de observar el amplio escritorio que se encuentra frente a mi. Me enderezo y alzo la vista para encararlo.

Y mis ideas de un jefe de avanzada edad con sobrepeso, y para colmo cascarrabias, se esfuman por completo cuando lo veo.

Es un hombre de probablemente 35 años. No tiene sobrepeso en lo absoluto pero lo de cascarrabias creo que si lo mantendré. Tiene el cabello castaño claro y una barba incipiente del mismo color que su cabello. No me sorprende mucho su belleza, sino la manera en la que me observa, muy, demasiado, fijamente.

Carraspeo y dejo de observarlo.

—Buen día, señor Fontanet—lo saludo con toda la seguridad posible y trato de ignorar el hecho de que está recostado en su silla examinandome de pie a cabeza.

—Creo que no le han dejado claro que no puede presentarse aquí a menos que yo la llame—dice con mucha tranquilidad.

Su comentario me descoloca un poco pero no lo demuestro.

—Tal vez si al menos me diera las indicaciones como debería ser, yo no estaría aquí en este momento.

Entrecierra los ojos y pienso en que tal vez no estuvo bien que le haya respondido de esa manera pero no sé cómo pretende que sepa lo que debo o no hacer si ni siquiera se ha tomado el tiempo de explicarmelo.

—¿No conoce acaso el término "paciencia"?—se mantiene en la misma posición, apasible.

—La conozco perfectamente, y también conozco el término "trabajar"—contraataco—, y a eso he venido. Solo deseo que me dé las indicaciones para poder comenzar con mi trabajo, por favor.

Esta vez se pone de pie lentamente y acomoda su saco a la par que se aparta de su escritorio para caminar hasta la estantería de libros, que por cierto no había visto antes. Mientras busca algún libro observo su figura y noto que mide aproximadamente 15 centímetros más que yo, y que es un hombre fornido. He de admitir que el traje gris le sienta muy bien.

Veo que saca un bibliorato negro bastante grueso y se acerca a mi con ella en mano.

—¿Cómo me ha dicho que se llama?—me pregunta en cuánto se posiciona frente a mi, en una distancia de aproximadamente un metro.

—Dara García—respondo.

—Muy bien, señorita García—dice cada palabra sin dejar de observarme, y el hecho de que su voz sea tan gruesa hace que la situación se torne densa—En este libro tiene todas las indicaciones necesarias—me tiende el bibliorato y lo agarro cuidadosamente—. Si tiene alguna duda, pues supongo que lo resolverá usted sola, ya que según he leído en su curriculum, es muy buena resolviendo problemas, ¿O me equivoco?

—No, no se equivoca.

En realidad no recuerdo haber puesto eso en mi curriculum pero no digo nada al respecto.

Al ver que regresa a su escritorio me dispongo a salir de su oficina hasta que me detiene.

—Por cierto, necesito que me traiga sus listas antes de las 7 de la tarde, y específicamente los quiero en mi mesa a las 6:30. ¿Entendido?—me observa fijamente y trato con todas mis fuerzas de no rodar los ojos ante tanta arrogancia.

—Sí—es lo único que digo.

Ya que no dice nada más me doy la vuelta y salgo de la oficina, sin poder aguantar un minuto más.

Deseaba un jefe que no sea imbécil, y me tocó uno peor. Para colmo arrogante, prepotente y cascarrabias.

Esto no puede estar mejor.

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