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Portada de la novela ¡Déjame Amarte!

¡Déjame Amarte!

Theresa, la bondadosa baronesa de Lexinton, vive sometida a la crueldad y los maltratos de su esposo. Ansiosa por dejar atrás esa existencia sombría, decide huir de su hogar para forjar un futuro mejor. En su travesía conoce al enigmático Michael Asthon, cuya presencia despierta en ella una pasión desconocida. Atrapada entre las cicatrices de su pasado y la promesa de un nuevo amor, Theresa tendrá que decidir si se atreve a ser libre de verdad.
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Capítulo 3

"Yo no busco, yo encuentro"

Pablo Picasso

— Esta será mi última misión, deseo retirarme, quiero recuperar mi vida.

— Estamos en cuenta de eso y respetamos tu decisión... ¿Volverás a América o tomarás el lugar que te corresponde aquí?

— Pienso regresarme a las colonias, allí está mi lugar.

— Tu sitio está en Londres, aunque no lo quieras admitir, es tiempo que pases la página y recuperes todo lo que es tuyo.

— No me interesa, mi primo está haciendo un buen trabajo.

— ¿Él sabe que estás aquí?

— No, él cree que ando en alguna parte del mundo, no quiero involucrarlo en nada de esto.

Wadlow fijó la vista en su reloj y dijo:

— Es hora de irme, debo regresar cuanto antes a Londres... Asthon no pierdas tiempo con la Baronesa, tienes que hacer que confíe en ti y nos revele todo lo que sabe.

— Trabajaré en ello.

Theresa se levantó muy temprano en la mañana, tomó su equipaje y bajó las escaleras de la enorme mansión de los condes de Headfort donde su familia estaba pasando unas pequeñas vacaciones, la noche anterior Danielle la había ayudado a convencer a su hermano para que no se opusiera a que ella se quedara viviendo en Sussex.

— Theresa es una locura lo que planeas hacer. —Le dijo Andrew en tono serio.

— Sussex en un pueblo tranquilo — contestó ella con calma —además me pasaré la mayor parte del tiempo aquí en Blackfort trabajando en la escuela.

— Eso es otra locura… No necesitas trabajar —Insistió él — puedo ocuparme perfectamente de ti.

— Lo sé y te lo agradezco, pero como ya le he dicho a Danielle, esto lo hago por mí, quiero aprender a valerme por mí misma.

Su cuñada había guardado silencio mientras los hermanos hablaban, pero al escuchar su nombre se acercó a su esposo y lo abrazó.

— Mi amor Theresa ya no es una niña, es toda una mujer y si quiere hacer esto, nosotros debemos apoyarla — ella hizo el amago de darle un beso en los labios, pero decidió dárselo en la mejilla y colocó la cabeza en su hombro.

Sin que su hermana escuchara, Andrew le susurró al oído.

— ¿Crees que con tus artimañas de brujita coqueta vas a convencerme? —Preguntó con un tono serio, fingido.

Danielle le dio un beso dulce en la comisura izquierda de los labios y le respondió.

— No lo creo, estoy segura de ello.

La expresión de Andrew adoptó un destello de picardía.

— Oh por favor ustedes no vayan a comenzar de nuevo — Intervino Theresa, que sabía que cuando su hermano y su cuñada comenzaban a coquetear se olvidaban de todo lo que les rodeaba.

Danielle se sonrió y se apartó de Andrew, que después de mirar con absoluta devoción a su esposa se concentró de nuevo en la Baronesa.

— Puedo entender tu punto Theresa, lo que me preocupa es Lexinton, conmigo eres intocable, pero sola eres vulnerable y ese desgraciado lo sabe, si estás lejos de mí no podré protegerte.

— Para ese hombre ya no existo, desde que me fui de su lado, jamás ha vuelto a buscarme.

— Yo no estoy seguro de eso, pero para mi paz mental hablaré con Gabriel para que ponga a tu disposición dos de sus empleados que te cuiden de día y de noche.

— No es necesario, voy a estar bien, además Lexinton no sabe que estoy aquí y tú no se lo vas a decir.

— Por supuesto que no... Eres una mujer muy terca ¿Lo sabías?

— Igual que tú, cariño — respondió Danielle que estaba doblando uno de los vestidos de Theresa.

Por más que Andrew insistió, no logró hacerla cambiar de parecer, por lo que no le quedó otro remedio que aceptar su decisión y darle todo su apoyo.

El recorrido de la mansión de los condes hasta su nueva casa le pareció eterno, se encontraba ansiosa por llegar, cuarenta minutos después ella estaba parada enfrente de su nuevo hogar, el cochero la ayudó a bajar todo su equipaje y se marchó; una vez adentro subió las maletas a su habitación y comenzó a acomodarlas dentro del armario, su cuñada le había dicho que la nueva doncella llegaría en el transcurso de la mañana. Luego de dejar todo en orden, se cambió de ropa para poder comenzar a asear el lugar, ella era una mujer totalmente inexperta en las labores domésticas, pero eso también tenía que cambiar, ahora su vida adquiría nuevos matices.

<< Nunca más volveré a depender de nadie>> — Pensó.

Estaba sumergida en sus labores domésticas cuando tocaron la puerta.

Ya sabía de quién se trataba.

— ¿Hola, tú eres Jenny? —preguntó a la chica.

— Si Milady, la prima de Rita.

— ¿Ella te contó sobre mí?

— Sí, me dijo que usted es la Baronesa de Lexinton y seré su doncella.

Theresa la observó por un momento, era una joven muy bonita, de melena pelirroja y con unos enormes ojos azules llenos de inocencia, de inmediato supo que se la llevarían muy bien.

— Excelente... pasa te estaba esperando.

— Aquí estoy mi señora para todo lo que me necesite — contestó Jenny emocionada.

— Ven, sígueme, te llevaré a tu recámara.

La chica entró en la habitación y miró a su alrededor, sus ojos brillaban de alegría.

— Es enorme — Dijo emocionada.

— ¿Te gusta? — preguntó Theresa.

— Si — contestó ella sonriendo.

— Me alegra que te guste... Cuando estés lista te reúnes conmigo.

— Si Milady, no tardaré.

— Tomate tu tiempo... ¿De acuerdo?

— Si mi Señora.

Minutos después, Jenny se reunió con Theresa en el salón.

— ¿Sabes cocinar? — preguntó Theresa con curiosidad.

— Sí, mi abuela me enseñó hacer platos muy ricos.

— Eso es estupendo, quiero que me enseñes a hacer todo lo que sabes, pero primero debemos comprar alimentos, porque no tenemos absolutamente nada... vamos a darnos prisa arreglando lo que falta, para ir de compras al pueblo.

— Como usted diga.

Limpiaron el polvo de las ventanas, muebles y estantes; tres horas después el lugar se encontraba reluciente. Theresa estaba agotada pero satisfecha con los resultados.

— Creo que hemos terminado — le comentó a su doncella

— Si está todo impecable.

— Voy a darme un buen baño y a cambiarme para irnos al pueblo, tú has lo mismo, Jenny.

— Le voy a preparar el baño.

— Nada de eso, yo puedo hacerlo... Quiero aclararte algo, no estás en esta casa para ser mi sirvienta, estás aquí conmigo como mi acompañante, deseo que me enseñes las cosas que yo no sé y yo también te enseñaré lo que tú desees.

La chica la miró extrañada.

— Eso no fue lo que me dijo Rita.

— ¿No te gusta mi idea?... Contéstame con sinceridad.

— Si me gusta, aunque me voy a sentir extraña.

— Luego te explicaré mis razones, ahora no tenemos tiempo, no quiero que nos agarre la noche en el pueblo, además me muero de hambre.

— Está bien Milady.

Las dos mujeres salieron de la casa y tomaron el camino al pueblo, Sussex era un lugar precioso, Theresa contempló el paisaje, era una vasta llanura de hierba que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, salpicada aquí y allá por ovejas y a lo lejos se veía el pastor que las cuidaba.

— ¿Falta mucho para llegar al pueblo? — Preguntó la doncella.

— No, estamos cerca... ¿De dónde eres Jenny?

— De Devonshire.

— ¿Trabajabas para alguien allá?

— No, vivía con mi abuela, pero murió hace un mes y me quedé sola, ella era mi familia más cercana, gracias a Dios Rita que fue a visitarme y prometió ayudarme.

— Siento tanto lo de tu abuela.

— Todavía no logro superar su partida.

— Te entiendo perfectamente, me pasó lo mismo cuando mi madre murió, pero el dolor pasa, aunque el recuerdo siempre queda en nuestro corazón.

Llegaron al bullicioso pueblo que era más grande de lo que creía. Disponía de una gran tienda de alimentos, un pequeño consultorio médico, un teatro de dos plantas, una panadería y una oficina de correo, dos tiendas de ropa y una pequeña posada. Entraron a la tienda de alimentos y compraron todo lo que necesitaban, luego fueron a la posada, tomaron un pequeño refrigerio. Al salir del lugar, Theresa estaba de mucho mejor ánimo y emprendieron el camino de regreso a la casa, cuando escuchó que alguien la llamaba, se giró, vio a Michael.

Verlo de nuevo hizo que su corazón palpitara de manera diferente, es que realmente era un hombre imponente, con su enorme estatura, su cabello rubio, su inflexible mandíbula, sus penetrantes ojos azules... y algo que no había visto antes un hoyuelo en su mejilla izquierda, absolutamente perfecto. El hoyuelo apareció fugazmente cuando él saludó a alguien con la cabeza y volvió a desvanecerse entre los tersos contornos de su rostro.

Él se acercó a ellas.

— Lady Lexinton que placer volver a verla.

Theresa tardó un poco en reaccionar, se lo atribuyó al cansancio y al hambre que tenía y no porque él la perturbara con su presencia.

Michael le cogió la mano y la rozó con sus labios, mientras le obsequiaba una amplia y deslumbrante sonrisa.

— Señor Asthon qué agradable sorpresa — dijo ella conteniendo un poco el aliento.

— He esperado ansioso su incorporación en la escuela.

— No he podido ir porque me estaba mudando, pero mañana comenzaré si usted no tiene problema.

— Por supuesto que no... Permítame ayudarla con esa cesta.

— No se moleste, yo puedo llevarla.

— Para mí, no es ninguna molestia.

Theresa le entregó la cesta.

— ¿Me ha dicho que se ha mudado?

— Si he comprado la propiedad del Señor Axwell.

— Ah que bien, no es muy lejos de aquí.

A Theresa le resultaba difícil prestar atención, se sentía nerviosa.

— ¿Piensa quedarse mucho tiempo en Sussex?

— Sí, me encantó este lugar.

La mirada de él era intensa como si la escudriñara por dentro.

— Puede contar conmigo para lo que necesite.

— Muchas gracias lo tendré en cuenta.

El trayecto de regreso se hizo muy corto para los dos.

Jenny tomó la cesta que Michael tenía en sus manos y entró a la casa.

— Gracias Señor Asthon por su amabilidad de acompañarnos.

— No ha sido nada — Apareció el hoyuelo cuando sonrió — espero verla mañana en la escuela.

— Allí estaré sin falta.

Él se quedó mirándola y luego se fue sin decir nada más, deseaba despedirse de una manera más cortes, pero todo su cuerpo estaba en tensión, desde que salió del pueblo notó la presencia de alguien que los seguía, tenía que averiguar de quien se trataba.

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