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Portada de la novela De Pobre A Heredero Recuperado

De Pobre A Heredero Recuperado

Miguel Ángel trabajó arduamente como repartidor para financiar su boda con Sofía, su novia de siempre. No obstante, frente al altar, ella lo traiciona al presentarse con un millonario llamado Ricardo, revelando que usaron el dinero de Miguel para su propio enlace. Tras sufrir este cruel desprecio público, el joven se retira devastado. Su vida da un giro total al ser abordado por hombres poderosos que lo reconocen como el heredero perdido de una inmensa fortuna.
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Capítulo 3

Mi mente no podía procesar lo que estaba pasando. ¿Hijo? ¿Me habían llamado hijo? Miré a la pareja frente a mí. Eran mayores, con el cabello plateado en las sienes, pero sus rostros mostraban una mezcla de angustia y esperanza. No los reconocía.

"Creo que se equivocan de persona," dije, mi voz ronca. Quería irme, desaparecer.

El hombre dio un paso adelante. "No nos equivocamos. Te hemos buscado por veintitrés años, desde el día en que te perdimos."

Mis abuelos salieron corriendo del salón en ese momento, con los rostros llenos de preocupación. Al ver a la pareja elegante, se detuvieron en seco. Mi abuela se llevó una mano a la boca.

"Son ustedes," susurró mi abuelo, con una expresión de asombro y temor.

La mujer se acercó a mis abuelos. "Gracias," dijo, con lágrimas corriendo por sus mejillas. "Gracias por cuidarlo todo este tiempo. Somos sus padres."

Todo era demasiado. La humillación, la traición, y ahora esto. Me sentía como si estuviera flotando fuera de mi propio cuerpo, viéndolo todo desde lejos. Decidí que no podía quedarme ni un segundo más. Necesitaba mis cosas, mi poca dignidad, y largarme.

"Tengo que irme," le dije a mis abuelos, ignorando a la pareja. "Voy al departamento a buscar mis cosas."

"Te acompaño, hijo," dijo mi abuelo.

"No, abuelo. Necesito hacer esto solo."

Me di la vuelta y empecé a caminar. No tenía dinero para un taxi, así que caminé las veinte cuadras hasta el pequeño departamento que compartía con Sofía. O que creía compartir con ella. Cada paso era pesado, cada esquina me traía un recuerdo que ahora estaba manchado por la mentira.

Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Entré con cuidado. Sofía estaba ahí, de pie en medio de la sala, ya sin su vestido de novia. Llevaba unos jeans y una blusa cara que nunca le había visto.

"¿Qué haces aquí?" preguntó, su voz sonaba irritada, no arrepentida. "¿No te bastó con el ridículo que hiciste?"

"Vengo por mis cosas," respondí, sin mirarla. Fui directo a nuestra habitación.

La seguí, bloqueando la puerta.

"¿Tus cosas? ¿Qué cosas? Todo en este lugar lo pagué yo," dijo, con veneno en su voz.

Me detuve y la miré por primera vez desde la humillación.

"¿Tú? ¿Con qué dinero, Sofía? ¿Con el dinero que yo te daba cada semana? ¿Con el dinero de mi trabajo como repartidor?"

Ella se rio.

"Ay, Miguel Ángel, tan ingenuo. Ese dinero apenas alcanzaba para mis cafés. Ricardo es quien ha estado pagando este lugar desde hace meses. Él me da la vida que merezco, no la miseria que tú podías ofrecerme."

Cada palabra era un golpe. No solo me había engañado, sino que me había hecho vivir en una farsa pagada por mi rival. La humillación era aún más profunda.

"Él me compró un coche nuevo la semana pasada," continuó, disfrutando de mi dolor. "Y nos vamos a mudar a una casa en Las Lomas. Una casa de verdad, con jardín y alberca. ¿Tú qué me ofrecías? ¿Seguir viviendo en este hoyo?"

Su crueldad era asombrosa. La chica dulce y cariñosa que yo amaba había desaparecido, reemplazada por esta mujer fría y ambiciosa. O quizás, esta siempre fue la verdadera Sofía, y yo estuve demasiado ciego para verlo.

Ignoré sus provocaciones y entré a la habitación. Abrí el clóset y empecé a sacar mi ropa, la poca que tenía, y a meterla en una vieja mochila.

"¿Sabes? A veces hasta sentía un poco de lástima por ti," dijo desde la puerta, su voz ahora con un tono de falsa compasión. "Trabajando como un burro, soñando con una vida que nunca podrías darme. Fue un poco triste de ver."

No le respondí. Seguí empacando. Mi camiseta favorita, los jeans gastados, el suéter que mi abuela me tejió. Eran cosas sin valor para ella, pero eran todo lo que yo tenía.

Cuando terminé, cerré la mochila y me la puse al hombro. Caminé hacia la puerta.

"No te vayas así," dijo de repente, su tono cambiando de nuevo. Me agarró del brazo. "¿A dónde vas a ir? No tienes a dónde ir."

Su toque me quemó. Me zafé de su agarre con brusquedad.

"A cualquier lugar lejos de ti," respondí, mi voz llena de un desprecio que no sabía que podía sentir.

Salí de la habitación y caminé hacia la puerta principal. Ella no me siguió esta vez. Antes de salir, me detuve y miré el pequeño departamento por última vez. Un lugar lleno de falsas promesas y recuerdos rotos.

"Quédatelo todo, Sofía," dije, sin darme la vuelta. "Al final, es lo único que te importa."

Cerré la puerta detrás de mí y no miré atrás.

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