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Portada de la novela De las Cenizas: Una Segunda Oportunidad

De las Cenizas: Una Segunda Oportunidad

Mi lealtad hacia Damián Ferrer terminó en una traición fatal cuando él me abandonó en un incendio para rescatar a mi hermanastra Julia. Tras morir entre llamas, despierto milagrosamente en el pasado, justo antes de una asamblea clave. Con el conocimiento de su romance secreto y su crueldad, interrumpo la reunión familiar para romper nuestro compromiso. Esta vez, no seré la víctima de su historia; buscaré justicia y forjaré mi propio destino.
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Capítulo 1

Amé a Damián Ferrer desde que éramos niños. Nuestro matrimonio debía ser el sello perfecto para la fusión de los imperios de nuestras dos familias.

En mi vida pasada, él se quedó parado afuera de mi estudio de arte en llamas, junto a mi hermanastra, Julia, y me vio morir.

Le grité, con el humo asfixiándome, mi piel ardiendo por el calor.

—¡Damián, por favor! ¡Ayúdame!

Julia se aferró a su brazo, su rostro una máscara de falso terror.

—¡Es demasiado peligroso! ¡Te vas a lastimar! ¡Tenemos que irnos!

Y él le hizo caso.

Me miró por última vez, sus ojos llenos de una lástima que me quemaba por dentro más que cualquier llama, y luego se dio la vuelta y corrió, dejándome arder.

Hasta que morí, no lo entendí. El niño que prometió protegerme siempre acababa de verme morir quemada. Mi amor incondicional fue el precio que pagué para que él pudiera estar con mi hermana.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba de nuevo en mi habitación. En una hora, tenía que estar en la junta del consejo familiar. Esta vez, caminé directamente a la cabecera de la mesa y dije:

—Voy a romper el compromiso.

Capítulo 1

La pesada puerta de roble de la sala de juntas de la familia Ortega se abrió con una fuerza que hizo temblar las copas de cristal sobre la mesa de caoba.

Elena Ortega apareció en el umbral. Su rostro estaba pálido, sin una gota de maquillaje, y sus ojos, usualmente cálidos y amables, eran tan fríos y duros como trozos de hielo.

Caminó directamente a la cabecera de la mesa, donde su padre estaba sentado, con el rostro lleno de confusión.

—Quiero romper el compromiso.

Su voz era plana, sin rastro de emoción. Cortó el murmullo de las conversaciones sobre la inminente fusión entre Corporativo Ortega y el imperio Ferrer.

Su padre, Ricardo Ortega, la miró fijamente.

—Elena, ¿de qué estás hablando? No digas tonterías. Damián llegará en cualquier momento.

—No estoy diciendo tonterías —dijo ella, su mirada recorriendo a los miembros de la familia reunidos—. No me casaré con Damián Ferrer.

—Esto no se trata solo de ti, Elena —dijo su padre, alzando la voz—. Se trata de una fusión que ha estado preparándose durante una década. Se trata del futuro de esta familia.

Esa vida había terminado en el momento en que los confrontó a él y a su hermanastra sobre su aventura. La confrontación se había puesto fea y, en medio del caos, se había iniciado un incendio en su estudio de arte.

Lo último que recordaba era el dolor abrasador mientras él la dejaba quemarse, y luego... un vacío negro y silencioso. Hasta que se despertó con un jadeo en su propia cama esa mañana, con el sol brillando, los pájaros cantando y el calendario marcando una fecha de dos años atrás. No era un sueño. Era una segunda oportunidad.

Recordaba el fuego. El humo acre llenando sus pulmones, el calor abrasador en su piel. Recordaba gritarle a Damián, su prometido, el hombre que había amado desde que era una niña.

Él había estado allí. Se había quedado parado afuera de la puerta de su estudio de arte, su rostro iluminado por las llamas. Y con él estaba Julia, su hermanastra.

—¡Damián, por favor! ¡Ayúdame! —había gritado, con la voz desgarrada.

Julia se había aferrado a su brazo, su rostro una imagen de falso terror.

—¡Damián, es demasiado peligroso! ¡Te vas a lastimar! ¡Tenemos que irnos!

Y él le había hecho caso. Había mirado a Elena por última vez, sus ojos llenos de una lástima que dolía más que cualquier llama, y luego se dio la vuelta y corrió, dejándola morir.

El recuerdo era tan vívido que le revolvió el estómago. Ese era el precio de su naturaleza amable. Esa era la recompensa por su amor incondicional.

—Él no me ama —dijo Elena, su voz todavía inquietantemente tranquila—. Está enamorado de Julia.

Un jadeo se escuchó al otro lado de la mesa.

Julia Alcántara, su hermanastra, levantó la vista, sus grandes e inocentes ojos llenándose de lágrimas.

—Elena, ¿cómo puedes decir algo así? Damián te adora. Yo... yo solo soy tu hermana.

—No te atrevas a llamarte mi hermana —espetó Elena, su voz finalmente quebrándose con una pizca de furia.

—¡Elena, ya es suficiente! —Ricardo Ortega golpeó la mesa con la mano.

Julia comenzó a sollozar en voz baja, un sonido delicado y desgarrador que siempre funcionaba con los hombres de esta familia.

—Damián ha estado tan preocupado por ti desde tu accidente. Ha estado llamando cada hora. Se quedó despierto toda la noche solo para encontrar ese pigmento de edición limitada que querías para tu nueva pintura.

Elena casi se rio. El pigmento. Sí, lo había encontrado para ella.

También había encontrado un diamante raro para Julia.

—Te dio el pigmento, ¿verdad? —los ojos de Elena se clavaron en los de Julia—. ¿Y a ti qué te dio?

Julia parecía confundida.

—Yo... no sé a qué te refieres.

Elena metió la mano en el bolsillo de su sencillo vestido negro y sacó una pequeña caja de terciopelo. La arrojó sobre la mesa. Se deslizó por la madera pulida y se detuvo frente a su padre.

Él la abrió. Dentro había un collar, una delicada cadena de plata con un zafiro en forma de lágrima.

—Damián me lo dio el mes pasado por nuestro aniversario —explicó Elena a la sala.

Luego, sacó su teléfono y lo arrojó sobre la mesa junto a la caja. La pantalla estaba encendida, mostrando una foto.

Era una foto de Damián y Julia. Estaban en un yate, con el sol poniéndose detrás de ellos. Los brazos de Damián rodeaban a Julia, y él le besaba el cuello. Alrededor del cuello de Julia había un collar.

Era una delicada cadena de plata con un zafiro en forma de lágrima.

Era idéntico al de la caja.

—Me dijo que era una pieza única, diseñada solo para mí —dijo Elena, su voz goteando sarcasmo—. Mintió.

Recogió la caja.

—Este le costó cuatro mil pesos en Liverpool. Lo comprobé. ¿El que Julia lleva en esa foto? Es de Cartier. Le costó cuatro millones de pesos.

Dejó que el collar barato cayera de sus dedos, resonando sobre la mesa. Parecía patético y pequeño.

Recordó cómo lo había atesorado. Cómo lo había usado todos los días, pensando que era un símbolo de su amor único por ella. Darse cuenta de su baratija, de su fraude, fue una píldora amarga.

Justo en ese momento, la puerta se abrió de nuevo.

Damián Ferrer entró corriendo, con el pelo ligeramente desordenado y la corbata aflojada. Parecía que había corrido todo el camino hasta aquí.

—Elena, mi amor, siento mucho llegar tarde. Estaba... —Se detuvo al ver la atmósfera en la sala. Vio las fotos en el teléfono, el collar sobre la mesa, la expresión en el rostro de Elena.

—Elena, esto no es lo que parece —dijo, con voz suplicante—. Déjame explicarte.

—¿Explicar qué? —preguntó Elena—. ¿Explicar cuál de los collares es el verdadero?

Antes de que pudiera responder, Julia dejó escapar un suave gemido. Se tambaleó, llevándose una mano a la frente.

—Me siento... mareada —susurró.

Al instante, la atención de Damián pasó de Elena a Julia. El pánico en su rostro era real ahora, pero era todo para su otra mujer.

—¡Julia! —Corrió a su lado, atrapándola mientras se desplomaba—. ¿Estás bien? ¿Qué pasa?

La sostuvo con una ternura frenética que no le había mostrado a Elena en años. Ni siquiera miró a su prometida, la mujer con la que se suponía que se casaría, la mujer a la que había dejado arder.

Al verlos, las últimas brasas de amor en el corazón de Elena se convirtieron en cenizas frías y duras. Esto era todo. Esta era la prueba, justo aquí, frente a todos.

Su decisión no solo era correcta; era necesaria para su supervivencia.

—Ahí está —dijo Elena, su voz resonando con finalidad—. ¿Lo ven? Ha hecho su elección.

Miró a su padre, cuyo rostro era una mezcla de conmoción y un horror que apenas comenzaba a asimilar.

—Voy a romper el compromiso —repitió—. Si la familia Ferrer necesita una novia Ortega para sellar la fusión, que se queden con Julia. Parece más que dispuesta a tomar mi lugar.

Ricardo Ortega miró el rostro resuelto de su hija y luego el espectáculo de Damián preocupándose por Julia. Parecía perdido.

—Elena... no nos precipitemos —tartamudeó—. Todos solo... necesitan calmarse.

—Dales una semana —sugirió suavemente su madrastra, la madre de Julia—. Un período de enfriamiento. Elena solo está sensible. Ya entrará en razón.

Una semana. Le estaban dando una semana para olvidar que la habían quemado viva. Una semana para aceptar ser reemplazada por una imitación barata.

Bien. Una semana sería tiempo más que suficiente.

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