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Portada de la novela De Empleada A Dueña

De Empleada A Dueña

En un entorno laboral hostil, una empleada sufre el sabotaje de Valeria, la novia del heredero de la empresa. Tras perder sus informes y enfrentar la traición de David, su prometido, la joven descubre que su propia fortuna financia su humillación. No obstante, una cláusula oculta en el fideicomiso de su abuela le devuelve el control. Apoyada por un asesor financiero y evidencias clave, ella inicia una audaz batalla para recuperar su legado y dignidad.
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Capítulo 2

El aire acondicionado de la oficina siempre estaba demasiado frío, era como si quisiera congelar las ideas antes de que pudieran nacer. Odiaba esa sensación en mi piel, pero me había acostumbrado, así como me había acostumbrado al zumbido constante de los teclados y al olor a café quemado.

Pero no podía acostumbrarme a la presencia de Valeria.

Ella caminaba por la oficina como si fuera la dueña, con sus tacones caros haciendo un ruido agudo y autoritario sobre el piso laminado. Todos la miraban, algunos con admiración, otros con miedo. Yo solo sentía un nudo en el estómago.

Valeria se detuvo junto a mi escritorio, su perfume invadió mi espacio personal.

"Sofía, querida."

Su voz era dulce, pero falsa.

"¿Ya terminaste el informe para el cliente de Monterrey? Ricardo lo quiere para la junta de las diez."

Asentí sin levantar la vista de mi pantalla, sabía que si la miraba, vería esa sonrisa de suficiencia que tanto detestaba.

"Casi está listo."

"Casi no es suficiente, linda. Necesitamos ser eficientes."

Dejó caer una carpeta sobre mi teclado, haciendo que escribiera una línea de caracteres sin sentido en mi documento. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible para los demás, pero yo sabía que era intencional. Era su manera de marcar territorio, de recordarme que ella estaba por encima.

Me quedé quieta por un segundo, respirando hondo. Mi mente voló hacia atrás, a todos los fines de semana que había sacrificado por esta empresa, a las noches en vela preparando presentaciones que luego otros se atribuían. Recordé a David, pidiéndome que invirtiera mis ahorros, el dinero de la herencia de mi abuela, en "nuestro futuro", en esta compañía que su padre, Ricardo, dirigía.

Recordé su mano sobre la mía mientras firmaba los papeles, su sonrisa encantadora.

"Es solo una formalidad, mi amor. Para que todo sea de los dos."

Una formalidad que me había dejado atada a este lugar, a esta gente. Una traición que ardía lentamente, un fuego que había aprendido a ocultar bajo una capa de profesionalismo.

Volví al presente. Borré los caracteres sin sentido y abrí la carpeta que Valeria había dejado. Era una invitación a un evento de la industria. Su nombre estaba impreso en letras doradas como ponente principal. El tema era una estrategia de mercado que yo había desarrollado durante meses.

Me levanté. Mis manos temblaban ligeramente, pero mi voz salió firme.

"Valeria, esta es mi propuesta. La que presenté la semana pasada en la junta directiva."

Ella me miró, fingiendo sorpresa.

"¿En serio? Qué coincidencia. Supongo que las grandes mentes piensan igual."

Varios de mis compañeros se rieron en voz baja. Nadie dijo nada. Nadie me defendió. Eran leales a quien tenía el poder, y en ese momento, el poder era ella, la nueva novia del hijo del dueño.

"No es una coincidencia," insistí, "es mi trabajo."

"Sofía, no hagas una escena," dijo Valeria, bajando la voz, pero con una amenaza clara en sus ojos, "sabes que no te conviene."

Me sentí completamente sola, una isla en medio de un mar de cobardía. La frustración y la rabia me ahogaban.

En ese momento, Valeria, al darse la vuelta, movió su brazo "accidentalmente". Su taza de café capuchino, lleno hasta el borde, voló por los aires y aterrizó directamente sobre mi laptop.

El líquido caliente se esparció por el teclado, un sonido siseante llenó el silencio repentino de la oficina. La pantalla parpadeó y se apagó.

El informe, mis notas, horas de trabajo, todo se había ido.

"¡Ay, qué torpe soy!" exclamó Valeria, con una mano en la boca, pero sus ojos brillaban de satisfacción. "Lo siento tanto, Sofía. De verdad."

La humillación era pública. Todos me miraban, esperando mi reacción. Esperaban que gritara, que llorara, que me desmoronara.

Pero no lo hice.

Respiré hondo una vez más. Miré el desastre en mi escritorio, luego la miré a ella. Saqué un pañuelo de mi bolso y, con una calma que no sentía, limpié una salpicadura de café de mi mano.

"No te preocupes, Valeria," dije con una voz tan tranquila que incluso yo me sorprendí.

Metí la mano en mi cajón y saqué un disco duro externo.

"Siempre tengo un respaldo."

Conecté el disco a la computadora de mi compañero de al lado, quien me miraba con asombro.

"Deberías aprender a tener un plan B. A veces, los accidentes pasan."

Le di una sonrisa helada y me senté. La cara de Valeria se contrajo por un instante, la sorpresa rompiendo su máscara de falsa inocencia. Yo volví a mi trabajo, ignorándola por completo.

Mientras el informe se abría en la otra pantalla, disimuladamente saqué mi celular debajo del escritorio. No era a mi abogado a quien llamaba, no todavía. Era a mi asesor financiero.

"Hola, Miguel. Soy Sofía. Sí, estoy lista. Procede con el plan. Ejecuta la cláusula 17B del fideicomiso, la transferencia total de activos. Ahora."

Colgué antes de que pudiera responder. No había vuelta atrás.

Hacía dos años, cuando David me convenció de invertir, mi abogado, un viejo amigo de mi padre, insistió en añadir esa cláusula. David se rió de ella. Dijo que era una tontería paranoica. La cláusula estipulaba que si la gestión de la empresa demostraba un comportamiento perjudicial para mis intereses o si mi posición en la compañía era comprometida injustamente, yo tenía el derecho de retirar mi inversión total más los intereses generados, o, alternativamente, convertir esa deuda en acciones mayoritarias.

David y su padre, Ricardo, habían provocado la condición. Y ahora, yo estaba cobrando la deuda.

Mi celular vibró de nuevo. Era David. Lo ignoré. Volvió a llamar.

Contesté.

"¿Qué quieres, David?"

"Sofía, ¿por qué no contestabas? Oye, esta noche voy a salir con unos amigos. ¿Podrías pasar por la tintorería a recoger mi traje? Y compra un poco de vino, del caro, que no queda."

Su voz era despreocupada, arrogante. No tenía ni la más remota idea de la bomba que acababa de activar. No sabía que estaba hablando con la mujer que, en ese preciso instante, se estaba convirtiendo en la dueña de su futuro.

"Claro, David," dije, "lo que tú digas."

Colgué.

Un minuto después, un correo electrónico apareció en la pantalla. Asunto: Transferencia Confirmada.

Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios. Era una victoria silenciosa, una que nadie en esa oficina podía ver. Pero para mí, lo era todo. La guerra apenas comenzaba, pero la primera batalla era mía.

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