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Portada de la novela De Empleada A Dueña

De Empleada A Dueña

En un entorno laboral hostil, una empleada sufre el sabotaje de Valeria, la novia del heredero de la empresa. Tras perder sus informes y enfrentar la traición de David, su prometido, la joven descubre que su propia fortuna financia su humillación. No obstante, una cláusula oculta en el fideicomiso de su abuela le devuelve el control. Apoyada por un asesor financiero y evidencias clave, ella inicia una audaz batalla para recuperar su legado y dignidad.
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Capítulo 3

Esa misma tarde, conduje hasta el departamento que una vez llamé "hogar". El cielo gris de la Ciudad de México amenazaba con otra tormenta, un reflejo perfecto de mi estado de ánimo. No iba allí a pelear, ni a buscar explicaciones. Iba a cortar el último lazo, a recoger lo poco que quedaba de mi vida anterior y a cerrar esa puerta para siempre.

Abrí con mi llave, y el aire viciado me golpeó en la cara. Olía a encierro, a cerveza rancia y a un perfume de mujer que no era el mío. El lugar era un caos. Ropa tirada en el suelo, cajas de pizza vacías sobre la mesa de centro, ceniceros desbordados. Era la prueba física del abandono, no solo de un espacio, sino de todo lo que habíamos construido.

Sentí una punzada de tristeza, pero la aparté. No había tiempo para eso. Empecé a caminar hacia la que había sido nuestra habitación, y mi pie tropezó con algo. Agaché la vista. Era el álbum de fotos que le había regalado en nuestro tercer aniversario, el que tenía la cubierta de cuero grabada con nuestras iniciales. Estaba tirado junto al bote de la basura, con una mancha oscura de café o refresco en una esquina.

Lo recogí. Las páginas estaban dobladas, algunas fotos arrancadas. La foto de nuestro primer viaje a la playa en Oaxaca, la que él decía que era su favorita, ya no estaba. El mensaje era claro y brutal, mi pasado, nuestros recuerdos, habían sido descartados como basura.

Dejé el álbum donde estaba y seguí caminando. La puerta de la habitación estaba entreabierta. Me asomé y mi corazón se detuvo.

Sobre la cama que yo había elegido, sobre las sábanas que yo había comprado, había una bata de seda roja. No era mía. En la mesita de noche, junto a un vaso de agua a medio beber, había un frasco de perfume caro y un labial rojo intenso. Eran las marcas de Valeria. La evidencia visual era tan directa que me dejó sin aire. Ella no solo estaba en mi oficina, en mi puesto. Estaba en mi cama, en mi vida.

De repente, todo cobró sentido. Pequeños detalles del pasado se unieron como piezas de un rompecabezas macabro. Las llamadas que David no contestaba por la noche, diciendo que estaba en "juntas tardías". Las veces que Valeria mencionaba un restaurante o una película que "casualmente" David y yo acabábamos de ver. No eran coincidencias. Eran mentiras deliberadas, un juego cruel del que yo había sido la única participante inconsciente.

Entré al clóset. Mi ropa ya no estaba. En su lugar, colgaban los vestidos caros y los trajes de diseñador de Valeria. Mis cosas estaban apiladas en cajas de cartón en un rincón, sin cuidado, como si fueran los trastos de un inquilino anterior que se había olvidado de recogerlos. Me habían borrado. Habían eliminado sistemáticamente cada rastro de mi existencia en ese lugar.

Saqué mi teléfono y marqué el número de David. Necesitaba escucharlo de su boca.

Contestó al segundo tono, su voz sonaba irritada.

"¿Ahora qué, Sofía? Estoy ocupado."

"Estoy en el departamento," dije, con la voz temblando a pesar de mis esfuerzos por controlarla.

"Ah, qué bien. Ya era hora de que sacaras tus porquerías. Valeria necesita el espacio para sus cosas."

La crudeza de sus palabras, la falta total de vergüenza, me heló la sangre. No había remordimiento, no había culpa. Solo un egoísmo puro y duro.

"Entiendo," fue todo lo que pude decir.

Colgué. Miré a mi alrededor, al desastre, a la ropa de otra mujer en mi clóset, a los restos de mi vida en cajas. Y en lugar de sentirme rota, sentí una claridad helada. Una determinación de acero.

Ya no quería nada de este lugar. Ni un solo recuerdo.

Tomé una decisión irreversible. El departamento estaba a mi nombre. Fue otra de las "formalidades" en las que David no se fijó, pensando que mi amor era una garantía suficiente.

Busqué en internet y encontré una compañía que compraba propiedades rápido, por un precio menor al del mercado, pero en efectivo y en menos de veinticuatro horas. Hice la llamada. Media hora después, un agente estaba en la puerta. Le mostré los papeles. Hicimos el trato.

Mientras firmaba el último documento, mi teléfono sonó de nuevo. Era David.

"¡Sofía! ¿Dónde diablos estás? ¡Hay un tipo aquí diciendo que compró el departamento! ¡Están intentando entrar!"

Su voz era un grito de pánico y furia.

"No están intentando, David. Ya entraron. Es su propiedad ahora."

"¿Qué hiciste? ¡Mis cosas están ahí! ¡La tele, los muebles, mi ropa!"

"Supongo que deberías haber pensado en eso antes de tirar mis recuerdos a la basura," dije, y colgué.

Apagué el teléfono.

Más tarde, sentada en la cafetería de un hotel, recibí la notificación de la transferencia bancaria. Una suma considerable. Mucho más de lo que había perdido en esa relación.

Mientras tomaba mi café, escuché a una mujer en la mesa de al lado hablando por teléfono. Su voz era chillona y presumida. Era Valeria.

"Sí, claro que es nuevo. Es un convertible, divino. David es tan espléndido, me consiente en todo. Dice que me merezco lo mejor."

Sonreí para mis adentros. Sabía perfectamente de qué auto hablaba. Era el que David planeaba comprar con el bono anual de la empresa. Un bono que provenía de una cuenta que, desde esa mañana, ya no existía.

Valeria pensaba que había ganado. David pensaba que yo era la víctima. Ambos estaban a punto de descubrir cuán equivocados estaban. Me terminé mi café, el sabor amargo me resultaba extrañamente satisfactorio. La tormenta afuera había cesado, y por primera vez en mucho tiempo, sentí que el sol estaba a punto de salir para mí.

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