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Portada de la novela De Chica Pobre a Magnate

De Chica Pobre a Magnate

Sofía entregó su dignidad para conseguir dinero tras creer que Alejandro agonizaba. Al llegar al hospital, descubre que la enfermedad fue un engaño cruel de su novio y Valeria para quitarle una beca. Humillada pero ahora beneficiaria de una inesperada herencia en Londres, la joven decide dejar atrás su pasado de carencias. Con una nueva fortuna y sed de justicia, inicia un plan de venganza para destruir a quienes jugaron con su amor y su lealtad.
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Capítulo 3

La decisión de irse a Londres se sintió como el primer respiro de aire fresco después de ahogarse. Sofía se levantó del suelo, ignorando los cristales rotos. Ya no había tiempo para el dolor. Ahora solo había tiempo para la acción. Abrió su viejo armario y sacó una maleta.

Empezó a meter ropa de forma mecánica. Cada prenda le traía un recuerdo. El suéter que Alejandro le dijo que le encantaba, la blusa que usó en su primer aniversario. Tomó el suéter, lo olió. Olía a él, a la mentira. Con una mueca de asco, lo tiró a una bolsa de basura. Hizo lo mismo con cada objeto que le recordaba su vida falsa.

"Qué estúpida fuiste, Sofía," se dijo en voz alta. "Creíste en el príncipe azul y te encontraste con el lobo."

Su mirada se posó en una pequeña caja de música que él le había regalado. La abrió. La melodía cursi llenó el silencio del apartamento. Recordó cómo él le dijo que su amor sería como esa melodía, eterno. Se rio, una risa seca y sin alegría. Dejó la caja abierta sobre la mesa, una banda sonora irónica para su partida.

Estaba a punto de cerrar la maleta cuando sonó el timbre. El corazón le dio un vuelco. Miró por la mirilla. Era Alejandro.

El pánico la invadió por un segundo. ¿Qué hacía él aquí? Se suponía que estaba en el hospital, celebrando su "victoria".

Respiró hondo. Calma. Tenía que mantener la calma. No podía saber que ella lo sabía todo.

Abrió la puerta, tratando de componer una expresión de cansancio y preocupación.

"Alejandro, ¿qué haces aquí? ¿Te dieron de alta?"

Él le sonrió, esa sonrisa encantadora y falsa que antes la derretía y que ahora le revolvía el estómago.

"Me escapé un ratito para verte, mi amor," dijo, entrando y abrazándola. Sofía se tensó, pero lo obligó a relajarse. "No podía soportar un minuto más sin ti. ¿Cómo te fue? ¿Conseguiste...?"

"Sí," lo interrumpió ella, mostrándole el sobre con el dinero que había apartado. "Aquí está. Mañana a primera hora lo llevaré al hospital para pagar la cirugía."

La expresión de alivio en el rostro de Alejandro fue una obra maestra de la actuación. La abrazó de nuevo, más fuerte esta vez.

"Sabía que lo lograrías. Eres mi salvadora, Sofía. Te juro que te compensaré por todo esto. Cuando me recupere, nos casaremos, nos iremos de aquí..."

Sofía simplemente asintió, sintiendo el veneno de sus mentiras. Notó su maleta abierta.

"¿Te vas a algún lado?" preguntó él, con una falsa nota de curiosidad.

"A casa de mis padres por un par de días," mintió Sofía con fluidez, sorprendiéndose a sí misma. "Necesito descansar. Todo esto ha sido muy estresante."

"Claro, mi vida, lo entiendo," dijo él, acariciándole la mejilla. Su toque le quemaba. "Pero antes de que te vayas... Valeria va a dar una pequeña fiesta para recaudar más fondos para mi tratamiento. Sé que no te llevas bien con ella, pero significaría mucho para mí que vinieras. Es mañana por la noche."

La fiesta. La trampa. Donde planeaban humillarla con el video.

"No lo sé, Ale... estoy muy cansada," dijo ella, fingiendo duda.

"Por favor, Sofía. Hazlo por mí," suplicó, mirándola con sus ojos de perro apaleado.

"Está bien," cedió ella. "Iré."

Él sonrió, victorioso. "Perfecto. Te pasaré la dirección. Ahora tengo que volver antes de que las enfermeras se den cuenta."

Le dio un beso rápido en los labios. Sofía tuvo que reprimir las ganas de limpiarse la boca. Cuando él se giró para irse, algo se le cayó del bolsillo de la chaqueta. Era su celular. No se dio cuenta y salió por la puerta.

Sofía se quedó mirando el teléfono en el suelo. La oportunidad. El destino se la estaba poniendo en bandeja de plata.

Sin dudarlo, recogió el teléfono. No tenía contraseña. Alejandro era arrogante hasta para eso. Abrió su galería de fotos y su chat de mensajes.

Allí estaba. Una carpeta llamada "Venganza Sofía". Dentro, el video. Un video que él había grabado sin su consentimiento en un momento de intimidad, editado cruelmente para hacerla parecer promiscua. Y los mensajes con Valeria, detallando cada paso del plan. "Asegúrate de que la cámara esté bien colocada en la fiesta", "Cuando el video se muestre, quiero ver su cara", "Después de esto, no podrá volver a mirar a nadie a los ojos".

La ira que sintió fue fría y afilada. Tomó su propia laptop. Conectó el teléfono de Alejandro. Encontró el video y lo borró. Luego, buscó en las conversaciones un audio que Alejandro le había enviado a Valeria, donde se jactaba de todo el plan, explicando con lujo de detalles cómo había fingido la enfermedad y cómo planeaba estafarla. Guardó ese audio.

Creó un nuevo archivo de video. Era una pantalla negra con el audio de Alejandro sonando de fondo. Nombró a este nuevo archivo exactamente igual que el video que había borrado y lo colocó en la misma carpeta del teléfono. El intercambio le llevó menos de cinco minutos.

Justo cuando desconectaba el teléfono, sonó el timbre de nuevo. Era Alejandro, con cara de pánico.

"Mi celular, creo que se me cayó aquí."

Sofía mantuvo la calma. Se agachó y recogió el teléfono del lugar donde lo había dejado, junto al sofá.

"Ah, sí, aquí está," dijo, entregándoselo con una sonrisa serena. "Casi lo piso."

Él lo tomó, aliviado. Lo revisó rápidamente y, al no ver nada fuera de lugar, se relajó.

"Gracias, mi amor. Eres la mejor. Nos vemos mañana en la fiesta, ¿sí?"

"Claro," respondió ella. "Allí estaré."

Cerró la puerta tras él y se apoyó en ella, exhalando el aire que no sabía que estaba conteniendo. Las piernas le temblaban. Por primera vez en mucho tiempo, no era por miedo o por dolor. Era por la adrenalina.

Miró la maleta, el pasaporte y el boleto de avión sobre la mesa. Mañana por la noche, mientras ellos esperaban su llegada para humillarla, ella estaría a miles de kilómetros de distancia, cruzando el océano hacia una nueva vida.

Y ellos tendrían una pequeña sorpresa en su fiesta.

Una pequeña sorpresa que ella les había preparado.

Se permitió una pequeña sonrisa, la primera sonrisa genuina en días. Luego, se derrumbó en el sofá y finalmente, lloró. Lloró por la chica ingenua que había sido, por el amor que creyó tener, por la traición que la había destrozado. Lloró hasta que no le quedaron más lágrimas. Cuando se detuvo, se sentía vacía, pero también limpia.

La vieja Sofía había muerto esa noche. Una nueva estaba a punto de nacer de sus cenizas.

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