
De Amada a Maltratada: Su Ajuste de Cuentas
Capítulo 2
Punto de vista de Isabela Garza:
Embarazada. Brenda estaba embarazada. La palabra resonaba en mi cráneo vacío. Después de cinco años de matrimonio, de intentarlo, de esperar, Alejandro y yo no habíamos concebido. Y esta mujer, esta mesera "sencilla", lo había logrado en cuestión de meses. La ironía era un sabor amargo en mi boca, quemándome la garganta.
Alejandro llegó a casa unos días después del accidente. Sus ojos eran oscuros, indescifrables, como un mar embravecido. No habló, no ofreció consuelo, solo caminó hacia mí, su presencia helándome la sangre.
Me agarró el brazo bruscamente, atrayéndome hacia él. Su tacto, que antes era una fuente de consuelo, ahora se sentía como una violación. Me besó, un acto brutal y posesivo que me dejó sin aliento. No había ternura, ni amor, solo una necesidad desesperada, casi salvaje.
Durante semanas, continuó. Trató nuestra cama como un campo de batalla, un lugar para que él afirmara una forma retorcida de dominio. No se trataba de conexión, se trataba de control, de algo que no entendía. Me sentía como un recipiente, vaciado de mis propios deseos, de mi propio ser. Lo soporté, esperando, en mi desesperada y rota manera, que esta intensa y perversa atención fuera una señal de afecto persistente, un camino retorcido de regreso a nosotros. Estaba tan completamente rota que incluso esta apariencia de su presencia se sentía como un salvavidas desesperado.
Dejé que hiciera lo que quisiera, mi cuerpo una cáscara entumecida, mi mente una observadora distante. Anhelaba un destello del viejo Alejandro, un toque tierno, una palabra amable, pero no había nada. Solo este castigo implacable y silencioso.
Entonces, una náusea familiar. Un ligero mareo. Una sospecha floreció en el paisaje árido de mi corazón, frágil pero persistente.
Salí a escondidas, una extraña en mi propia casa, a una clínica a kilómetros de distancia. La confirmación llegó en un susurro ahogado del médico. Embarazada. Estaba embarazada. Mi propio hijo. Una pequeña chispa de esperanza se encendió dentro de mí, una creencia desesperada e ilógica de que este bebé podría arreglarlo todo. Esto podría traer de vuelta a Alejandro.
Tracé la curva de mi vientre, una leve hinchazón apenas perceptible. Mi corazón latía con una mezcla de miedo y una alegría frágil y tonta. Esta era nuestra oportunidad. Esta era mi oportunidad.
Se lo dije esa noche, mi voz temblando con una esperanza que no había sentido en semanas. Escuchó, su rostro impasible, sus ojos aún indescifrables. Un largo silencio se extendió entre nosotros, denso de pensamientos no dichos.
Entonces, un destello en sus ojos. No de alegría, ni siquiera de sorpresa. Algo frío, duro y absolutamente aterrador. Cogió su teléfono.
—Traigan a Isabela abajo —ordenó, su voz desprovista de emoción—. Ahora.
La sangre se me heló.
—¿Qué estás haciendo, Alejandro? —susurré, un cosquilleo de miedo comenzando a subir por mi espalda.
Me miró entonces, una expresión escalofriantemente tranquila en su rostro.
—Ojo por ojo, Isabela. Tú me quitaste a mi hijo. Ahora yo te quitaré al tuyo.
—¡No! —grité, un sonido desesperado y crudo—. ¡No puedes! ¡Este es nuestro bebé, Alejandro! ¡Nuestro bebé!
Mi garganta se ahogó, las palabras se atascaron, atrapadas. Dos de sus corpulentos guardaespaldas se adelantaron, sus rostros en blanco.
El pánico estalló. Luché, arañando sus brazos, gritando hasta que mi voz se desgarró.
—¡Alejandro! ¡Por favor! ¡No hagas esto! —Mis súplicas solo encontraron su silencio frío e inflexible. Ni siquiera me miró. Simplemente me dio la espalda, sus anchos hombros un muro contra mi desesperación.
Me arrastraron, una muñeca rota y luchadora, hasta lo alto de la gran escalera. La madera pulida brillaba, reflejando la luz fría y cruda. Vi su figura al pie de la escalera, una silueta de traición.
Luego, un empujón. Una sacudida nauseabunda. Caí, cada escalón un impacto brutal, un dolor abrasador que rasgó mi cuerpo. Grité, un sonido que era mitad grito, mitad sollozo, mientras el mundo se convertía en un caleidoscopio de agonía.
Un chorro de calor. El horror pegajoso y visceral de la sangre. Tanta sangre.
Sus palabras, de hace tanto tiempo, resonaron en mi conciencia que se desvanecía: "Siempre seré tu ancla, Isabela. Siempre". La ironía fue un giro cruel y final del cuchillo.
Una lágrima fría, luego otra, trazó un camino a través de la sangre y la suciedad en mi cara. La realidad de todo, aguda e ineludible, finalmente se hundió. Había tenido la intención de destruirme. Y lo había logrado.
Cuando desperté de nuevo, el olor estéril de una habitación de hospital llenó mis fosas nasales. Las luces fluorescentes zumbaban arriba. Mi cuerpo dolía con un dolor sordo y penetrante. Mi hijo se había ido. Las palabras del médico eran un eco distante y ahogado.
No lloré. No quedaban lágrimas, solo una vasta extensión vacía donde solía estar mi alma. Un entumecimiento se había apoderado de mí, una paz escalofriante que se tragaba todo el dolor.
Llamé a la empleada, mi voz sorprendentemente firme.
—Tráeme la caja de sándalo de mi tocador. —Me miró, sus ojos llenos de lástima, pero obedeció.
Dentro, sobre terciopelo, había un papel en blanco. Estaba firmado, con una letra audaz y segura: "Alejandro Ferrer". Un pagaré. Una promesa, hecha en mi decimoctavo cumpleaños, de que concedería todos mis deseos, sin importar cuán grandes o pequeños fueran.
—Lo que quieras, Isabela —había dicho, sus ojos brillando con adoración juvenil—. Cualquier cosa. Solo llena los espacios en blanco.
Miré el espacio en blanco, luego mi mano temblorosa. Esto era todo. El deseo final. El fin de nosotros. El niño, mi niño, me había comprado esta claridad. Esta libertad absoluta e innegable de un hombre que había asesinado mi amor y mi esperanza. Era Isabela Garza de nuevo, independiente y completa. Y así me quedaría.
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