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Portada de la novela Lágrimas de la Luna: Bailando con los príncipes licántropos

Lágrimas de la Luna: Bailando con los príncipes licántropos

Traicionada por su prometido y su propia hermanastra justo antes de casarse, Makenna es entregada como amante a los crueles príncipes licántropos con el permiso de su padre. Aunque su único deseo es escapar y ejecutar su venganza, termina cautivando a los tres herederos, quienes ahora la reclaman con obsesión. Entre celos y la rivalidad con la futura reina, ella deberá buscar justicia mientras lidia con el inesperado interés de los poderosos hermanos.
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Capítulo 2

Punto de vista de Makenna:

Cuando abrí los ojos, el pánico me invadió. Estaba atada, con cuerdas fuertemente envueltas alrededor de mis manos y pies.

¿Qué estaba pasando? ¿Quién me había hecho esto?

Luché con desesperación para liberarme, pero entonces escuché la voz petulante de Jessica. "No desperdicies tu energía, Makenna. No irás a ninguna parte".

Cuando alcé la cabeza, la realidad de mi situación me golpeó con fuerza. Me habían abandonado en una estación de tren, y podía escuchar el tren acercándose con un ruido sordo.

No muy lejos, Jessica, Frank e incluso mi padre y mi madrastra estaban como estatuas, mirándome fijamente.

En ese momento, todo encajó: me estaban sacrificando para salvar a Jessica.

La angustia me recorrió el cuerpo y se transformó en un grito: "¡Esto no es correcto! ¡Suéltenme! ¡Libérenme ahora!".

Se suponía que Jessica iría al palacio para ser la esclava sexual de los príncipes, ¡no yo! ¿Por qué me veía obligada a vivir esta pesadilla?

"Makenna, deja de actuar como una niña", dijo Irene Dunn, mi madrastra, con esa falsa voz melosa que siempre usaba ocultando su veneno. "Los tres príncipes licántropos no son tan malos como dicen los rumores. Ahí tendrás una vida mejor de la que crees".

No pude evitar lanzar una risa amarga. "Si es una bendición, ¿por qué no envían a Jessica?".

La máscara de gentileza de Irene vaciló y miró a mi padre con ojos suplicantes.

"Tu madre tiene razón", respondió él con una voz tan fría como el hielo. "Siempre has sido la razonable, Makenna. Jessica es demasiado joven para afrontar una vida en el palacio. En el fondo, tú sabes que eres la mejor opción. Ahora obedece, te enviaremos en el tren".

Sus palabras destrozaron mi última esperanza.

Todos sabían lo que me esperaba en el palacio, ya que esos tres príncipes eran famosos por su crueldad. Sin embargo, mi propio padre me estaba enviando voluntariamente con ellos.

La risa de Jessica me hirió en lo más profundo. "Buena suerte, Makenna. Esa boda que planeaste no será en vano, Frank y yo la disfrutaremos".

La boda…

Un odio y un desamor se retorcían en mi interior. Se suponía que Frank y yo nos casaríamos. ¿Cómo pudo traicionarme de esta forma?

Aferrándome a la tonta esperanza de que pudiera intervenir, me volví para mirarlo y esperar que dijera algo para detener esta locura. Pero Frank estaba callado, con una expresión indiferente.

Cerré los ojos y solté una risa amarga para burlarme de mi ingenuidad.

¿Cómo podía seguir teniendo la esperanza de que él me salvara? ¿Cómo podía ser tan ciega?

Irene hizo un leve gesto. Los soldados de palacio avanzaron y me agarraron como si fuera una indefensa muñeca de trapo.

Me subieron al tren y me ataron las manos con más fuerza. No tenía escapatoria.

Acurrucada en un rincón del vagón, vi a los soldados armados patrullar con sus armas colgadas del pecho. Las lágrimas se deslizaron silenciosamente por mi rostro y mancharon mis mejillas.

Tal vez encontraría mi fin cuando este tren llegara a su destino.

Durante el viaje, perdí la noción del tiempo. Los minutos se convirtieron en horas, pero al final llegamos al palacio.

Los soldados me empujaron hacia un enorme salón donde ya se encontraban reunidas unas mujeres aterrorizadas como yo. Era evidente que todas habíamos habían sido arrastradas hasta aquí contra nuestra voluntad.

El miedo me estaba desgarrando las entrañas. ¿De verdad ese era mi destino? ¿Y lo aceptaría?

No, claro que no. No podía morir así como así.

Escudriñé la habitación para buscar desesperadamente una salida. Pero todas las puertas estaban selladas, con soldados apostados en cada una. Estaba atrapada. Mi corazón se hundió más en el pozo de la desesperación.

"¡Todas, levántense!", exclamó una voz severa, sacándome de mis pensamientos.

Una mujer con un uniforme rígido entró marchando. Sus ojos nos recorrieron como un halcón vigilando a su presa.

"Soy Hayley White, inspectora de selección de esclavas sexuales", anunció sin nada de emoción. "Quítense la ropa inmediatamente. Los príncipes llegarán pronto para inspeccionar sus cuerpos y decidir quién de todas ustedes les servirá".

Se me heló la sangre. ¿Quitarnos la ropa? ¿Aquí? ¿Delante de todos?

Agarré el cuello de mi vestido con los dedos temblorosos. No pensaba hacer eso. Las otras mujeres también parecían horrorizadas, todas estábamos demasiado conmocionadas como para movernos.

Hayley no estaba impresionada por nuestra resistencia, así que le hizo una señal a los soldados. Sin dudarlo, ellos agarraron a una de las mujeres y le arrancaron la ropa con despiadada eficacia.

"¡No! ¡Por favor, deténganse! ¡Suéltenme!".

Sus gritos se escucharon por todo el salón, La mujer se resistió a ellos, pero fue inútil. La inmovilizaron contra el suelo y le rasgaron el vestido hasta dejarla desnuda, temblando en un rincón.

Ver su impotencia me revolvió el estómago. Instintivamente retrocedí mientras el miedo se apoderaba cada vez más de mi corazón.

A sus ojos, no éramos más que objetos que podían usar y desechar.

La voz de Hayley resonó como un látigo: "Apúrense y desnúdense. ¿O quieren ser la siguiente?".

Las mujeres, que habían estado dudando, ahora estaban dominadas por el miedo. Todas se intercambiaron miradas, suplicando un consuelo que ninguna de nosotras podía ofrecerles. Poco a poco, se empezaron a oír sollozos mientras se desvestían. Su dignidad caía con cada pieza de ropa.

Al verlas, tuve la rotunda certeza de que no había escapatoria. Mi pulso martilleaba en mis oídos mientras tenía los ojos cerrados. El peso de mi realidad me ahogaba como una manta sofocante. Con manos temblorosas, empecé a desabotonarme la ropa y susurré una oración silenciosa.

¡Por favor, que no me elijan!

Pronto estábamos desnudas, de pie en fila y llorando en silencio.

Hayley asintió con satisfacción. "Así está mejor. Ahora esperen a que los príncipes las elijan".

Un terror me invadió. Apreté los puños y la bilis me subió a la garganta mientras imaginaba a los tres hombres observándonos como ganado, como objetos para su placer.

El tiempo pasó lentamente, cada segundo transcurría con una lentitud agonizante, pero los príncipes no aparecían.

Hayley miró su reloj y una mueca de fastidio crispó su rostro. Se volvió bruscamente hacia una criada y le gritó una orden: "Averigua por qué los príncipes tardan tanto".

Pronto la criada regresó con una mirada preocupada. "Señorita White, los príncipes... no quieren venir".

Antes de que la criada pudiera dar más detalles, un grito espeluznante estalló desde la puerta. Giré la cabeza justo para ver a uno de los soldados caer al suelo. Lo habían pateado como si no pesara nada. Un hombre que parecía llevar el peso de la muerte sobre sus hombros entró al salón.

Era alto y su cabello dorado reflejaba la luz, proyectando un brillo casi etéreo sobre su temible figura. Su rostro era de esos de los que era imposible apartar la mirada: cincelado, con pómulos altos y cejas que parecían talladas en piedra. Pero fueron sus ojos tormentosos e implacables los que hicieron que todas contuviéramos la respiración. Aquellos ojos azules penetrantes nos recorrieron como una espada. Cada mujer se estremeció y bajó la mirada debido al terror.

Yo no fui la excepción. Mi corazón se aceleró en el pecho y se me cerró la garganta mientras me apresuraba a mirar al suelo.

Con voz aduladora, Hayley saludó respetuosamente al recién llegado: "Príncipe Bryan".

¿Bryan? ¿Bryan Reeves? ¿El hijo mayor del rey? ¿El que se decía que era el príncipe más despiadado y aterrador?

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