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Cuando La Verdad me Duele

Tras reencarnar, intento salvar a mi hijo recuperando un documento eclesiástico que provocó mi asesinato a manos de Mateo y mis padres. Sin embargo, mi esposo me arrebata el escrito y, al notar una marca extraña, su amor se transforma en un odio mortal. Tachada de impura, mi propia familia busca mi muerte para limpiar su linaje. Aislada en un callejón y ante una ejecución inminente, la periodista Carmen surge como mi única salvación frente a su fanatismo.
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Capítulo 2

El aire en la pequeña iglesia de nuestro pueblo olía a cera vieja y a la débil fragancia de los lirios del altar. Sostenía la mano de mi esposo, Mateo, sintiendo el frío de su anillo contra mi piel. Estábamos esperando el documento más importante de nuestras vidas.

No era un simple papel. Era la Bendición Preparatoria de Bautismo Familiar, firmada por mi propio tío, el obispo. Era la promesa de que nuestro hijo nacería en la gracia de Dios y sería acogido en nuestra comunidad.

Para mí, era un símbolo de redención.

Porque yo ya había vivido este día antes. Y había terminado en una pesadilla.

En mi vida pasada, este mismo documento fue mi sentencia de muerte. Mateo, mi devoto y amoroso esposo, el hombre que renunció a ser sacerdote por mí, vio algo en ese papel. Su rostro se transformó.

Me llamó portadora del demonio.

Mis padres, Ricardo y Elena, le creyeron. Me arrastraron a casa, a la bodega de nuestra hacienda. Me encerraron en la oscuridad húmeda. Allí, entre gritos y golpes, perdí a mi bebé.

Luego me enviaron a un sanatorio de un convento lejano. Dijeron que estaba poseída. Allí morí, sola y torturada.

Pero Dios, en su misteriosa misericordia, me devolvió a este mismo día. A este mismo momento.

Esta vez, no dejaría que Mateo viera ese papel.

El sacristán se acercó, sonriendo, y me entregó el sobre sellado. "Felicidades, Sofía, Mateo. La bendición del obispo".

Mi corazón martilleaba contra mis costillas. Lo tomé, apretándolo contra mi pecho.

"Gracias", dije, mi voz un susurro. "Vámonos, Mateo. Celebremos en casa".

Intenté tirar de él hacia la salida, pero no se movió. Su sonrisa era amable, pero sus ojos eran firmes.

"Espera, cariño", dijo suavemente. "Quiero verla. Quiero leer las palabras de tu tío yo mismo. Es un momento muy importante".

"Lo leeremos en casa", insistí, el pánico comenzando a subir por mi garganta.

"¿Por qué? ¿Hay algo que ocultar, Sofía?". Su tono seguía siendo dulce, pero sentí un escalofrío. Era la misma pregunta que me hizo la última vez.

"No, por supuesto que no. Solo estoy emocionada".

"Entonces déjame compartir tu emoción". Con un movimiento rápido y hábil, me quitó el sobre de las manos. Mi aliento se quedó atascado en mis pulmones.

Lo abrió con cuidado. Sus ojos recorrieron las elegantes palabras de bendición. Por un momento, su rostro se iluminó con la misma alegría que yo sentía.

Luego, su mirada se detuvo en la parte inferior, cerca de la firma de mi tío.

Vi el cambio. Fue como si una máscara cayera. La calidez desapareció, reemplazada por un hielo oscuro y aterrador. Su mandíbula se tensó. Sus nudillos, que sostenían el papel, se pusieron blancos.

Levantó la vista, y el hombre que me miraba ya no era mi esposo. Era un extraño lleno de odio.

"Este niño", siseó, su voz apenas un murmullo venenoso, "no puede nacer".

"¿Qué dices, Mateo?". Mi voz temblaba.

"Tenemos que ir a una clínica. Ahora. Hay que... purificarte".

Purificarme. El mismo eufemismo que usó para la palabra "aborto".

"No", dije, retrocediendo. "No iré a ninguna parte".

"No te lo estoy pidiendo, Sofía". Me agarró del brazo, su fuerza era brutal. "Es una orden".

Me arrastró fuera de la sacristía, hacia la plaza de la iglesia. El sol de la tarde bañaba a las familias que salían de la misa.

"¡Suéltame!", grité.

"¡Cállate! Estás causando una escena".

"¡Quiere matar a mi bebé!", grité con todas mis fuerzas. "¡Mi esposo quiere obligarme a abortar!".

Mi grito rompió la paz de la plaza. Las cabezas se giraron. Los murmullos comenzaron. La gente se detuvo, sus rostros una mezcla de conmoción y curiosidad.

Mateo me soltó, su rostro pálido de furia y sorpresa. Estaba rodeado, juzgado por los mismos feligreses que lo admiraban.

Por primera vez en esta nueva vida, sentí una chispa de poder.

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