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Portada de la novela Cuando el Tiempo se Detiene

Cuando el Tiempo se Detiene

El frío empresario Andrés Beltrán lidia con una enfermedad terminal mientras permanece atado a un matrimonio sin amor. Su única esperanza surge al reencontrarse con Elena Serrano, su antiguo romance de juventud y la doctora encargada de su caso. En medio de una carrera médica contra el reloj, los sentimientos del pasado resurgen con intensidad. Para Andrés, el verdadero temor no es su muerte inminente, sino perder la redención junto a Elena.
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Capítulo 2

La nieve caía con un ritmo constante, como si el cielo respirara en silencio. Oslo se desplegaba blanca, serena, bajo un invierno implacable que parecía ajeno al bullicio del mundo. El jet privado aterrizó con suavidad en el aeropuerto de Gardermoen, y de inmediato un equipo del Instituto Ardent lo esperaba en la pista con un vehículo cerrado y calefaccionado.

Andrés descendió lentamente por la escalerilla. Llevaba un abrigo oscuro, grueso, y unas gafas que ocultaban su agotamiento. La altitud del vuelo y el peso de la enfermedad lo habían dejado con un ligero mareo, pero no se permitió mostrarlo. Desde que había firmado los documentos de aceptación para el programa clínico, su vida estaba, literalmente, en manos ajenas.

El hombre que lo recibió era alto, de cabello gris y mirada severa.

-Señor Beltrán, bienvenido a Noruega. Soy el doctor Henrik Madsen, director del programa de investigación neurocelular del Instituto Ardent. Es un honor tenerlo con nosotros.

Andrés estrechó su mano.

-Gracias por recibirme. Espero no haber interrumpido nada urgente.

Henrik negó con una leve sonrisa.

-Cuando se trata de una enfermedad rara como la suya, nada es más urgente. Acompáñeme, por favor.

El trayecto hasta las instalaciones tomó poco más de cuarenta minutos. El vehículo avanzó entre bosques nevados y caminos vacíos, mientras el cielo comenzaba a oscurecerse, aunque apenas era media tarde. En esta región, el sol no duraba más de unas pocas horas durante el invierno.

-El Instituto Ardent fue fundado hace treinta años por un grupo de médicos suizos y escandinavos -explicó Henrik durante el trayecto-. Está diseñado para investigaciones de largo plazo en condiciones de aislamiento controlado. Aquí no solo trabajamos, también vivimos. Somos una comunidad.

-¿Y cuántos pacientes forman parte del programa? -preguntó Andrés, rompiendo su silencio.

-Cinco. Todos con condiciones neurodegenerativas que comparten una mutación genética particular. Usted sería el sexto, si su evaluación inicial es compatible.

-¿Y si no lo es?

Henrik lo miró de reojo.

-Entonces, haremos lo posible por estabilizar su estado. Pero no podemos prometer milagros.

Andrés asintió sin expresión.

La entrada al Instituto era sobria, moderna. Un edificio de concreto y vidrio que emergía entre la nieve como una estructura futurista. Al ingresar, una sensación de limpieza, control y silencio lo envolvió por completo. Todo allí parecía estar diseñado para mantener la calma: desde la temperatura exacta hasta el olor apenas perceptible a eucalipto.

Una mujer joven lo recibió en la recepción con una tableta en mano. Había en ella una eficiencia casi robótica, pero Andrés no la juzgó. En ambientes como este, las emociones estaban en pausa.

-Bienvenido, señor Beltrán. Le asignaremos la habitación 204, ala sur. Su equipo médico está listo para la evaluación inicial en una hora. ¿Desea descansar antes?

-Prefiero comenzar cuanto antes -respondió, directo.

Henrik lo guió a través de pasillos largos, con paredes cubiertas de paneles de madera clara. Desde algunas ventanas podía verse el bosque cubierto de nieve. Y aunque todo era técnicamente perfecto, Andrés no podía evitar sentirse observado.

Quizá era paranoia. O tal vez intuición.

La evaluación fue exhaustiva. Le hicieron resonancias, extracciones de sangre, pruebas cognitivas y de respuesta neuromuscular. Un equipo de seis médicos lo examinó sin emitir juicio, tomando notas y comparando datos en silencio.

Andrés no hizo preguntas. Solo observaba.

Durante las horas siguientes, firmó más documentos. Le entregaron una pulsera electrónica que debía llevar en todo momento. Le explicaron los protocolos de emergencia, los horarios de tratamiento, las cámaras de monitoreo. Allí, la privacidad era relativa. La vigilancia constante era parte del precio de su posible salvación.

Pasadas las ocho de la noche, Henrik lo llevó finalmente a su habitación. Un espacio minimalista, funcional, con vista al bosque.

-Tendrá acceso limitado al exterior. Solo durante los períodos programados de exposición solar. No se recomienda el contacto con otros pacientes hasta que el protocolo de integración esté aprobado.

-¿Eso incluye al equipo de investigación?

Henrik dudó apenas un segundo.

-Depende del nivel de implicación en su caso. Algunos científicos trabajan de forma indirecta. Otros, más cercanos. Pronto lo sabrá.

Andrés no preguntó más.

Esa noche, al quedarse solo, observó por la ventana. El bosque estaba en silencio absoluto, apenas iluminado por la tenue luz de los faroles de seguridad. A la distancia, creyó ver una figura cruzar entre los árboles. Pero no le dio importancia. Podría haber sido una sombra. O un reflejo.

O el comienzo de algo más.

Se acostó sin cenar. El cuerpo no le pedía comida. Solo reposo.

Mientras tanto, en una sala ubicada en el ala norte del Instituto, un grupo de investigadores revisaba los resultados iniciales. Henrik se detuvo frente a una pantalla que mostraba la actividad cerebral de Andrés en una escala tridimensional.

-La mutación está presente. Y es más activa de lo que esperábamos -comentó uno de los médicos.

-Eso lo convierte en el sujeto con mayor deterioro progresivo dentro del grupo -añadió otro.

Henrik cruzó los brazos.

-Pero también el más interesante. Tiene patrones no lineales. Inestabilidad cognitiva, pero con zonas de hiperactividad. No hemos visto esto antes.

Una científica, sentada al fondo, bajó su taza de café y se acercó a la pantalla.

Sus ojos se clavaron en los datos. Su rostro cambió levemente, como si algo se hubiese encendido en su interior.

-¿Quién es este paciente? -preguntó en voz baja.

Henrik respondió sin dudar.

-Andrés Beltrán. Empresario latinoamericano. Cuarenta y dos años. Diagnóstico confirmado hace ocho meses. Resistencia al tratamiento convencional. Progresión acelerada.

La científica asintió lentamente. Su mirada no se apartaba de los gráficos.

-Quiero revisar su historial genético.

-¿Algo te llama la atención? -preguntó Henrik.

Ella no respondió de inmediato. Solo murmuró:

-Es posible que... no sea la primera vez que veo estos patrones.

Y entonces, mientras el resto del equipo se dispersaba, ella permaneció allí. En silencio. Como si un recuerdo lejano la hubiese golpeado de pronto.

Pero eso... eso es historia para otro capítulo.

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