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Portada de la novela Cuando el Tiempo se Detiene

Cuando el Tiempo se Detiene

El frío empresario Andrés Beltrán lidia con una enfermedad terminal mientras permanece atado a un matrimonio sin amor. Su única esperanza surge al reencontrarse con Elena Serrano, su antiguo romance de juventud y la doctora encargada de su caso. En medio de una carrera médica contra el reloj, los sentimientos del pasado resurgen con intensidad. Para Andrés, el verdadero temor no es su muerte inminente, sino perder la redención junto a Elena.
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Capítulo 3

Laura Stenersen estaba sentada sola en el pequeño observatorio del Instituto Ardent, un espacio semicircular con ventanales que ofrecían una vista directa al bosque helado. La aurora boreal se dibujaba en el cielo con lentitud, como si alguien hubiese derramado pintura verde y violeta sobre la noche.

Sostenía entre sus dedos un pequeño disco de vidrio, una muestra congelada con fragmentos del tejido cerebral que acababan de analizar. En su mente, las imágenes de la actividad neuronal del nuevo paciente aún ardían como brasas.

Había algo en esa estructura, en esos patrones de degeneración y resistencia, que no solo la intrigaban científicamente. Le resultaban dolorosamente familiares. Y cuando Henrik pronunció su nombre, su mundo se sacudió de una forma que no había previsto.

Andrés Beltrán.

No había escuchado ese nombre en casi quince años.

Había intentado olvidarlo, como se intenta olvidar una fiebre o un accidente. Como se aparta la vista de una fotografía rota que aún guarda sentimientos que ya no deben existir. Pero era inútil. La mente, por muy entrenada que esté, tiene sus propios archivos secretos. Y esa noche, en ese laboratorio perdido entre la nieve, Laura descubrió que no había cerrado nada.

Andrés.

Su Andrés.

Aquel joven arrogante, brillante, apasionado, que la había mirado como si pudiera leer su alma. El mismo que eligió una vida entre cifras, mientras ella elegía una vida entre células y tiempo.

Al día siguiente, la rutina del instituto comenzaba temprano. El amanecer apenas tiñó el cielo cuando Henrik convocó al comité de revisión. Laura llegó puntual, vestida con una bata blanca que caía como una segunda piel sobre su figura alta, delgada, ya endurecida por años de exigencia científica.

En la sala, el ambiente era tenso. Varios investigadores analizaban las tablas y las lecturas nocturnas. Al parecer, el sistema de monitoreo había detectado inestabilidades en la frecuencia de sueño de Andrés, pequeñas convulsiones involuntarias mientras dormía.

-Es coherente con el patrón que ha mostrado el resto del grupo -comentó uno de los neurólogos.

-No del todo -intervino Laura, sin alzar la voz-. Las oscilaciones son demasiado regulares. Hay un tipo de resistencia neurosináptica que no hemos observado antes.

Todos la miraron.

-¿Estás diciendo que su cerebro está luchando de forma distinta?

Laura asintió, pero su mirada no estaba del todo en los datos.

-No lo estoy diciendo aún. Solo creo que este paciente necesita una observación personalizada.

Henrik se llevó una mano al mentón.

-¿Quieres llevar su caso tú?

Laura dudó por un instante. Aún no sabía si estaba actuando como científica o como mujer. Pero lo cierto era que ya no podía mantenerse al margen.

-Sí -respondió con calma-. Quiero supervisar el caso personalmente. Hacer los estudios in vivo. Si hay algo que podamos aprender, será en la respuesta celular. Necesito muestras diarias.

-De acuerdo -respondió Henrik tras un silencio breve-. Él no tiene idea de quién eres, ¿verdad?

Laura apretó la mandíbula.

-No. Y prefiero que siga siendo así.

Henrik no insistió. Solo hizo una anotación en su tableta y concluyó la reunión.

Horas más tarde, Laura cruzó el pasillo que conducía al ala sur. Su respiración se hizo más lenta. Sus pasos, más medidos. Llevaba una carpeta con el resumen clínico y el nuevo protocolo de tratamiento. Era la primera vez que vería a Andrés después de tantos años. Y aunque se había repetido que no importaba, que él era solo otro paciente, no podía engañarse.

Cuando tocó la puerta de la habitación 204, no obtuvo respuesta inmediata.

Volvió a tocar, esta vez con más firmeza.

-¿Sí?

La voz de Andrés la alcanzó a través del panel. Era más grave, más áspera que la que recordaba. Pero aún tenía esa cadencia. Ese tono contenido que usaba cuando estaba irritado y no lo quería demostrar.

Ella entró.

Y entonces lo vio.

Andrés estaba sentado junto a la ventana, con una manta sobre los hombros y la mirada perdida en el bosque. Tenía el rostro más delgado, más marcado. El cabello comenzaba a mostrar señales de gris en las sienes. Pero era él.

Y cuando la miró, cuando sus ojos se encontraron por primera vez en más de una década, Laura sintió que el aire del cuarto se volvía más denso.

Andrés se irguió apenas.

-¿Nos conocemos?

Laura le sostuvo la mirada. Su voz fue neutra, profesional.

-Soy la doctora Laura Stenersen. Supervisaré su tratamiento a partir de hoy.

Él no respondió de inmediato. La observó con atención. Algo en su expresión cambió, como si reconociera un perfume lejano, una canción olvidada. Pero no dijo nada. No aún.

Ella avanzó y le extendió la carpeta.

-Estos son los nuevos parámetros. Tendremos que hacer más extracciones de tejido, pero con un nuevo enfoque celular. Estimo que en una semana podremos empezar el protocolo regenerativo.

Andrés hojeó las páginas sin mirarlas en realidad. Luego levantó la vista.

-¿Usted es parte del equipo que descubrió la mutación secundaria?

-Sí. Fue mi equipo quien propuso el vínculo entre la inflamación del hipocampo y las señales cruzadas del lóbulo frontal.

-Entonces... probablemente usted también sabe que me queda poco tiempo -dijo, casi como una provocación.

Laura lo miró, sin pestañear.

-No vine aquí para hablar de tiempo. Vine para intentar detenerlo.

Por un segundo, Andrés pareció desconcertado. Como si algo en esas palabras le resonara de un modo extraño. Como si la reconociera... pero no pudiera ubicarla.

Ella dio un paso atrás.

-Empezamos mañana a las siete. Intente dormir esta noche. Le daré algo para ayudar si lo necesita.

Y sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió.

Pero cuando cerró la puerta detrás de ella, Laura apoyó la espalda contra la pared del pasillo, cerró los ojos y respiró hondo.

El pasado, pensó, no se entierra. Solo se duerme.

Y a veces... despierta justo cuando más duele.

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