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Portada de la novela Cuando el Amor Se Rompe

Cuando el Amor Se Rompe

La vida de Sofía se desmorona en un hospital al saber que Mateo, su hijo, ha fallecido. El luto se torna en una pesadilla cuando descubre la crueldad de su esposo, Ricardo, quien celebra la muerte del niño como un beneficio financiero. Rota por la traición, Sofía decide transformar su dolor en una venganza implacable. Con la ayuda de Arturo, emprenderá un divorcio que trasciende lo legal para convertirse en una batalla feroz por la justicia.
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Capítulo 2

El olor a desinfectante me golpeó la nariz, un olor agrio y limpio que no podía ocultar el hedor a sangre.

Abrí los ojos con lentitud, el techo blanco del hospital giraba sobre mí, y un dolor sordo me martillaba la cabeza, extendiéndose por cada parte de mi cuerpo.

Intenté moverme, pero un dolor agudo me atravesó el costado, robándome el aliento.

Estaba viva.

Pero no estaba sola en el coche.

"¿Mateo?", susurré, la voz rasposa, como si no la hubiera usado en años.

Mi hijo. Mi pequeño Mateo de cinco años. ¿Dónde estaba?

Recordé sus risas, el peso de su cabecita en mi hombro mientras conducía, el olor a galletas de su aliento. Luego, el chirrido de llantas, el estruendo del metal retorciéndose y la oscuridad.

Una enfermera entró en la habitación, su rostro una máscara de profesionalismo.

"Señora, qué bueno que despertó. Tuvo un accidente muy fuerte".

"Mi hijo", le dije, tratando de incorporarme. "Mateo, ¿dónde está mi hijo?".

La enfermera evitó mi mirada, sus manos se ocuparon de ajustar el suero que colgaba a mi lado.

"Su esposo está en camino, él le explicará todo".

Su evasión fue como un golpe en el estómago, un vacío helado que comenzó a extenderse por mis venas.

"No", insistí, mi voz temblando. "Dígame usted. Ahora".

Ella suspiró, finalmente mirándome con unos ojos llenos de una lástima que no quería.

"Lo siento mucho, señora. El niño... no sobrevivió".

No.

La palabra resonó en el silencio de la habitación, pero no salió de mis labios.

El mundo se detuvo. El techo blanco, la enfermera, el dolor en mi cuerpo, todo se desvaneció. Solo quedó un zumbido, un ruido blanco y ensordecedor que llenó mi cabeza.

Mi Mateo. Mi niño.

Las lágrimas no llegaron. Solo sentí un frío que me calaba hasta los huesos, una fractura interna mucho más dolorosa que cualquiera de mis costillas rotas.

Me quedé mirando un punto fijo en la pared, sin ver nada. El tiempo perdió su significado.

Horas o minutos después, la puerta se abrió y entró Ricardo, mi esposo.

No corrió hacia mí. No había lágrimas en sus ojos. Su traje caro estaba impecable, su rostro mostraba más fastidio que dolor.

"Sofía", dijo, su voz plana. "¿Cómo te sientes?".

No respondí. No podía.

Se sentó en la silla junto a mi cama, sacó su celular y empezó a teclear. El sonido de sus pulgares contra la pantalla era lo único que rompía el silencio.

Después de un rato, hizo una llamada.

"Sí, ya despertó", dijo en voz baja. "No, no parece grave. Solo unos rasguños".

¿Rasguños? Tenía tres costillas rotas y una conmoción cerebral.

"Lo del niño ya está arreglado", continuó, y su tono se volvió aún más frío, más calculador. "Fue lo mejor, ¿sabes? Siempre fue un niño enfermizo, un gasto constante. Ahora podemos empezar de nuevo, sin cargas".

Cada palabra era un clavo que se hundía en mi pecho. Hablaba de nuestro hijo, de Mateo, como si fuera un mueble viejo, una cosa de la que por fin se había deshecho.

Cerré los ojos con fuerza, fingiendo seguir inconsciente, mientras el veneno de sus palabras me inundaba.

"No te preocupes, mi amor", dijo a la persona al otro lado de la línea, y su voz se llenó de una ternura que nunca usaba conmigo. "Pronto estaremos juntos. Sin interrupciones. Te lo prometo".

Silencio. Pude oír el eco débil de una voz femenina al otro lado.

"Sí, ella está aquí, durmiendo. No sospechará nada", aseguró Ricardo. "Ella es fuerte, se recuperará. Pero tenemos que asegurarnos de que no haya... complicaciones".

¿Complicaciones?

"El plan sigue en pie. Una vez que todo esto pase, seremos libres. Tú, yo y nuestro Leo".

Leo.

Ese nombre.

Me golpeó con la fuerza de un tren. La amante de Ricardo tenía un hijo. Y mi esposo, el padre de mi hijo muerto, estaba planeando un futuro con ellos sobre la tumba de Mateo.

La verdad era tan brutal, tan monstruosa, que me robó el aire. Mi matrimonio, mi vida, todo había sido una mentira. Y mi hijo, mi inocente Mateo, había pagado el precio.

Un odio gélido, puro y afilado, reemplazó el dolor.

En la oscuridad detrás de mis párpados, tomé una decisión.

Él no se saldría con la suya.

Pagaría por cada lágrima que yo no podía derramar.

Pagaría por la vida de mi hijo.

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