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Portada de la novela Corazón que miente.

Corazón que miente.

Derek Von Steiger, un heredero brillante y acaudalado, vive atormentado por una oscura maldición y enigmas que le roban la tranquilidad. A su sombra, Liesel lo ama profundamente en secreto desde hace años, enfrentando la dura realidad de una enfermedad terminal que amenaza su existencia. Pese al desprecio inicial de Derek, el destino los une para desentrañar traiciones del pasado. Juntos lucharán por un amor desesperado antes de que el tiempo se agote.
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Capítulo 2

CAPÍTULO 1

Washington D.C.

26 años después

El cálido viento de la mañana sopló suavemente y revolvió su melena castaña, amaba la primavera porque la vegetación era más colorida y frondosa, todo parecía lleno de vida, de luz y color. Después de tomar una gran bocanada de aire fresco que la armó de valor, se dispuso a entrar al edificio al que pensó que no volvería jamás, pero no podía quedar mal con su amiga, además debería tomarlo como una prueba de que por fin lo había superado.

Cuando la hora de la reunión se acercaba, se llenó de ansiedad y tenía ganas de matar a Tatiana por casi obligarla a preparar el servicio de catering para la reunión de la junta directiva, ella no quería volver a ver al hermano de su mejor amiga nunca, aunque sabía que eso era casi imposible ahora que estaba de regresó en la ciudad, sus familias eran socios en varios negocios que manejaba el corporativo Steiger, pero ella lo había evitado por años y solo era cuestión de minutos para tenerlo nuevamente frente a ella.

Había estado despierta desde la madrugada preparándolo todo, y sentía el estrés tensándose en su espalda y un apretado nudo creciendo cada vez más, en la boca del estómago.

—Si sabes que eres mi mejor amiga verdad —se escuchó una voz a sus espaldas.

—Venga Tatis, déjate de zalamerías.

Tatiana, su mejor amiga de toda la vida, es una chica rubia de ojos verdes, que lleva la melena solo un poco por encima de los hombros y es muy bonita, bueno cualquiera es bonita comparada con ella, pero Tatiana en verdad lo es, sobre todo cuando sonríe.

—Gracias por estar aquí, por salvar mi trasero, y de la furia de Derek —hizo una mueca.

—No hay problema —le sonrió a su amiga —Pero creo que lo habrá si no me marcho antes de que tu querido hermano me vea por aquí, sabes que nunca le he caído bien y no nos hemos visto desde que regresé.

—Mentiras.

—No lo son. Me odia y aunque entiendo el porqué, me parece exagerado que siga pensando en mí como en esa adolescente encandilada por él.

— ¿Y ya no lo estás?

—Lo único que siento al ver a tu hermano es vergüenza por el modo en que me comporte, pero nada más.

«Mentirosa». Reclamo la voz de su conciencia.

—Dejaré todo listo en la sala de reuniones y un par del personal que he traído se quedarán para ayudarte a servir el almuerzo.

—Gracias, gracias, gracias –—la abrazo y le dio un sonoro beso en la mejilla —Me has salvado el cuello.

—Ahora si me vas a explicar el porqué del retraso… aunque tengo mis sospechas de que no fue algo, sino alguien.

—Liam — confeso —Llegó el viernes cuando me disponía a solicitar el servicio de banquetes y nada más verlo, me olvidé de todo Liesel. Yo lo amo tanto y hacía casi un mes que él salió fuera, que mandé todo al diablo en cuanto lo vi, solo me acordé ayer cuando el señalo la junta.

—Ahora entiendo.

Liesel ya no pudo seguir hablando porque sonó el celular de Tatiana.

—Debo contestar, regreso en un momento.

Liesel se dirigió a la sala de reuniones, quería que todo quedara perfecto tal como le gustaba a Derek.

«Maldita sea»

Se reclamó mentalmente por seguir pensando en él, pero lo había amado durante tanto tiempo y el cuerpo le temblaba de anticipación al pensar que podría verlo nuevamente después de todos esos años en los que lo evito.

Fue así como su mente viajó atrás en el tiempo recordando la última vez que lo había tenido cara a cara, en una oficina no muy diferente a esta.

Derek llegó al corporativo y se dirigió directamente a la sala de reuniones. Antes de entrar un olor familiar que reconocería en cualquier parte, le llenó los pulmones y los músculos se le crisparon instintivamente, dudo un momento antes de entrar, pero le gano la curiosidad de verla después de tanto tiempo. Se odio a sí mismo y la odio a ella, por forzarlo a ceder a algo tan mundano. Aún no la veía y ya estaba haciendo cosas que él no acostumbraba hacer.

Abrió la puerta sin hacer ruido y la vio de espaldas, frente a la ventana que abarcaba gran parte del salón. Llevaba puesto un vestido de un blanco inmaculado que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel y la luz que la rodeaba, recreo su figura como un ángel bajado del cielo solo para atormentarlo en su infierno personal.

«Ángelus». Pensó Derek, esa era la mujer frente a él.

Su cuerpo se tensó por la respuesta a esa figura mística, su monstruo quiso tomar las riendas y lanzarse por ella, pero apretó las riendas para retenerlo, a la vez que cerró los puños, tanto el hombre como la bestia necesitaron de todo su autocontrol para no ir hasta ella, girarla, verle el rostro y besar sus labios.

«Dios, le encantaba su rostro, cada una de sus facciones bien marcadas y esos ojos verdes de infarto. Sus ojos lo perseguían siempre en sus pesadillas, porque no podía llamar de otra manera a los sueños que involucran a Liesel, y maldita sea esos sueños eran más frecuentes de lo que le gustaba admitir».

Ni con todo su autocontrol Derek pudo evitar que un gruñido ronco de necesidad brotara desde su pecho.

Liesel se giró al escuchar un sonido a sus espaldas y fue cuando lo vio. Derek Von Steiger estaba parado frente a ella después de seis largos años en los que se juró a sí misma una y otra y otra vez que lograría olvidarlo.

Derek fue consciente de cómo los ojos de Liesel se dilataron, y curvo levemente sus labios cuando se incrementó el ritmo de su respiración. Su olor había madurado con el paso de los años, convirtiéndose en una mezcla refrescante y apetitosa. Tomó una gran bocanada de aire llenándose los pulmones, alimentándose con su perfume exquisito y poderoso capaz de nublar los sentidos.

Liesel no podía hablar, sentía la garganta seca, su mente estaba en blanco y una sensación de incertidumbre la invadió por completo. Fue consciente de que él se contenía, tanto era su odio hacia ella. Y se lo imagino contando mentalmente hasta diez.

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