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Portada de la novela Corazón que miente.

Corazón que miente.

Derek Von Steiger, un heredero brillante y acaudalado, vive atormentado por una oscura maldición y enigmas que le roban la tranquilidad. A su sombra, Liesel lo ama profundamente en secreto desde hace años, enfrentando la dura realidad de una enfermedad terminal que amenaza su existencia. Pese al desprecio inicial de Derek, el destino los une para desentrañar traiciones del pasado. Juntos lucharán por un amor desesperado antes de que el tiempo se agote.
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Capítulo 3

CAPÍTULO 2

—Recordando viejos tiempos —él fue el primero en hablar.

Derek metió sus manos en los bolsillos del pantalón y se obligó a mantenerse justo donde estaba parado, adentrarse en esa habitación envuelta con el aroma de ella sería una locura.

Ella elevó una ceja y dio un respingo, captando la indirecta de esa frase que le recordaba a la última vez que se vieron. Ese día estaba marcado con fuego en su memoria.

—Hola —Fue todo cuanto pudo decir sin que el sonido de su voz traicionara su estado de ánimo en tensión.

—No contestaste mi pregunta —presiono, impaciente por ver su reacción.

«Cabrón».

—No sé de qué estás hablando.

«Mentirosa».

—No tengo problema alguno en refrescar tu memoria —Dio unos pasos dentro de la habitación, acechando. Queriendo que ella dijera “si” a revivir ese momento justo antes de que la chiquilla que había sido se fuera, dejándolo con su sabor en su boca.

«Cómo sería besar a la mujer». Se preguntó.

El corazón de Liesel terminó de desbocarse. El nudo en su estómago se deshizo y un calor líquido le invadió el cuerpo entero. Quería llorar de rabia, porque él estaba jugando con ella. Manipulándola para tenerla como a otra más de sus muchas admiradoras.

«Ya no más».

Él era frío, distante y completamente peligroso, demasiado para su tierno corazón, Derek Von Steiger escucharía unas cuantas verdades y sabría de paso que aquella chiquilla tonta que había sido, la que estaba prendada de él, era muy diferente a la mujer en la que ella se convirtió.

—Tú… —comenzó a decir mientras avanzaba hacia él, señalándole. Su voz, una furia.

—Liesel no sabía que vendrías a la junta cariño — la llamo Grace.

Grace es la madre de Derek y Tatiana, nada que ver con su arrogante hijo, pero sí muy parecida a su querida amiga Tatis. Esa señora es un amor andante. Liesel se alegraba mucho de verla.

Derek vio la sonrisa amplia y sincera que se instaló en el rostro de Liesel, siseo un gruñido bajo al sentir la furia de los celos que lo invadieron por su propia madre. La envidia no era un sentimiento noble del cual sentirse orgulloso, pero fue preso de ella, al comprobar que era su madre y no él, la culpable de despertar esas emociones tan puras en ese bello rostro.

En cambio, las emociones oscuras, tenebrosas y sombrías, solo eran una de las muchas razones de las que por que se mantenía alejado de Liesel, ella era capaz de sacar a su monstruo interior y llevarlo hasta el límite permitido antes de salir a la superficie. Lo hacía sentir débil y lo odiaba.

—Hola Grace —camino hasta ella rodeando a Derek e ignorándolo a propósito, y fue directamente a sus brazos, necesitada de afecto en ese momento.

—Supe que volviste y estoy molesta porque no has pasado a visitarme.

—Regresé hace apenas unos días y ya sabes cómo es mamá.

—La entiendo, yo haría lo mismo si mi hija regresara a casa después de seis años de ausencia. ¿Volviste para quedarte?

Derek no necesitaba prestar atención, tenía el oído muy agudo y no es que las mujeres fueran discretas en la conversación, así que siguió fingiendo que esa conversación no le interesaba en absoluto.

—Yo… no lo sé — quiso volverse y decirle a Derek a la cara que no regresaba por él, que él ya no figuraba en el puesto número uno de su lista de cosas por hacer antes de morir. Había pasado la página y no perdería más el tiempo en imposibles cuando su propio reloj comenzaría a marcar la cuenta regresiva en cualquier momento.

Mantenerse concentrado durante la reunión fue algo muy difícil de lograr, el olor de Liesel aún no se había esfumado y la imagen de ella se negaba a alejarse de su mente.

El vestido blanco que se ajustaba en los lugares en que debía ajustarse, el cabello con un recogido muy pulido, su poderosa mirada de “vete a la mierda Von Steiger” y sus intensos labios rojos, hicieron que Derek por primera vez en años no estuviese totalmente concentrado en los negocios. De pronto su mente comenzó a divagar y se encontró pensando en el día que vio a Liesel por primera vez.

Derek no pudo apartar la mirada del hermoso ángel que se encontraba en su presencia, la escasa luz de luna no impidió que la viera claramente, el hermoso ser inmaterial lo miraba atento. Ojos verdes contra negro.

Ángelus. Pensó Derek, eso era la mujer frente a él.

—Un ángel —susurró contra el viento.

De pronto el monstruo en su interior rugió y se alzó en todo su esplendor como nunca antes. Derek apretó los puños haciendo un esfuerzo mayúsculo para poder contenerse. El monstruo la quería y sería tan fácil dejarse arrastrar por él en ese momento. Hombre y bestia anhelaban tocarla. El fuego bulló en su interior y tuvo que hacer uso de todo su autocontrol para no tomarla en ese instante.

«No eres un animal Steiger». Se recordó.

La odió un poco por hacerle perder el control de esa manera. Nunca en todos los años desde que el monstruo despertó con toda su fuerza, se sintió tan indefenso y vulnerable como en ese momento. Pero la hermosa criatura era la aparición más bella que hubiera visto jamás, la pureza de su mirada estaba destinada a proteger a los seres más inocentes, a todos excepto a él.

«Su propio ángel protector».

Quiso reír ante la ironía, nada más alejado de la realidad. Era ella quien necesitaba cuidarse del monstruo que había decidido cazarla.

Derek decidió que el monstruo que lo habitaba, no sería más fuerte que su determinación y su autocontrol. El monstruo deseaba ir hasta ella y tocarla, cerciorarse de que fuera real. Tomarla en sus brazos y cuidarla, protegerla hasta de él mismo, pero el hombre jalo la correa y tomó las riendas. Giró sobre sus pasos cuando se dio cuenta que, con cada uno, se acercaba más a ella, su ángel. Debía irse de ese lugar ahora mismo, por el bien de su ángel, pero sobre todo por el bienestar de él.

—Derek, Derek —escucho que lo llamaban.

«Maldición. —No debería estar pensando en ella — y menos ahora». Se recordó.

—Te decía que la compra del material para los nuevos embarcaderos se sale del presupuesto.

Solo la experiencia y su terquedad a no dejarse dominar por esa chiquilla traviesa que lo descolocó como nadie, le salvaron el trasero en la reunión.

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