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Portada de la novela Corazón de Fénix Traicionado

Corazón de Fénix Traicionado

Después de tres siglos casada, la traición de Kael salió a la luz: su amante Lyra esperaba un hijo y él me forzó a criar al pequeño como un huérfano. Tras asesinar a mi leal Finn y planear el robo de mi Corazón de Fénix, salté al Abismo Sin Fin buscando el final. Pero he despertado en un santuario con una fuerza descomunal. El fénix ha resurgido de las cenizas para reclamar una venganza despiadada contra quienes me humillaron y encadenaron.
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Capítulo 2

Llevábamos trescientos años casados, y hacía más de un siglo que Kael no me tocaba.

Nuestro matrimonio era un acuerdo político, una unión para fortalecer el Reino Celestial, pero yo, ingenua, había llegado a amarlo. Él era el Señor Protector, el guerrero más poderoso, y yo, Elara, la portadora del Corazón de Fénix, una fuente de vida y poder que garantizaba la prosperidad de nuestra gente.

Vivíamos en el Palacio de la Luna, un lugar frío y silencioso que reflejaba la distancia entre nosotros. Él pasaba la mayor parte de su tiempo en su residencia privada, la Villa Alondra, alegando que necesitaba soledad para meditar y controlar su inmenso poder. Yo me quedaba sola, administrando los asuntos del palacio, esperando una migaja de su atención que nunca llegaba.

Esta noche, la soledad se sentía más pesada que de costumbre. Era nuestro aniversario, un día que solo yo parecía recordar. Decidí hacer algo, romper la rutina. Preparé su postre favorito y, en un impulso, me dirigí a la Villa Alondra para sorprenderlo.

El camino estaba oscuro, pero conocía cada piedra. Al acercarme, escuché risas. No era la risa seca y contenida de Kael, era una risa alegre, mezclada con la de una mujer. Una punzada de extrañeza me recorrió, pero la aparté. Quizás tenía una visita, un asunto del reino.

Me acerqué a una de las grandes ventanas, buscando un ángulo para ver sin ser vista.

Y entonces mi mundo se detuvo.

Kael estaba allí, pero no estaba solo. Tenía a una mujer en sus brazos, una mujer a la que besaba con una pasión que yo jamás había conocido. La sostenía con una ternura que nunca me había dedicado. La mujer se reía, y su mano descansaba sobre su vientre, un vientre prominentemente abultado por el embarazo.

Un frío glacial me invadió, más profundo que cualquier invierno. Me quedé paralizada, incapaz de respirar, incapaz de apartar la vista.

La mujer se giró ligeramente, y la luz de la luna iluminó su rostro. La reconocí. Era Lyra, una sanadora de una casa menor que Kael me había presentado hacía décadas como una "vieja amiga de la infancia". Una mujer a la que yo misma había tratado con amabilidad en las pocas ocasiones que la había visto en la corte.

Su voz llegó hasta mí, clara y cortante.

"Kael, amor, el bebé se mueve mucho esta noche. Creo que quiere que su padre le preste atención."

Kael le sonrió, una sonrisa genuina y llena de amor que yo solo había visto en retratos antiguos.

"Nuestro hijo será fuerte, como su hermano. Con el Corazón de Fénix que le daremos, será el ser más poderoso de este reino."

¿Hermano? ¿Darle mi Corazón de Fénix? Las palabras eran un galimatías sin sentido que golpeaba mi mente.

Lyra se acurrucó contra él.

"¿Estás seguro de que Elara te lo dará? Es su esencia vital."

La risa de Kael fue cruel, un sonido que me desgarró por dentro.

"Esa tonta me dará lo que yo le pida. Cree que este matrimonio es real. Ha esperado trescientos años por mi amor, esperará un poco más por su propia destrucción. Le diremos que es para un ritual de fortalecimiento del reino, y ella, en su estúpido deber, lo entregará sin dudar. Y si no lo hace, lo tomaremos por la fuerza. Ya no la necesito."

El impacto de sus palabras fue físico. Un dolor agudo estalló en mi pecho, justo donde residía el Corazón de Fénix. Me llevé una mano al corazón, jadeando, y sentí que mi poder parpadeaba, como una vela en medio de una tormenta. Tropecé hacia atrás, alejándome de la ventana, de esa escena de traición absoluta.

Corrí, sin rumbo, con las lágrimas cegándome. Al salir de la propiedad, mis ojos se posaron en la placa de madera tallada a la entrada: "Villa Alondra".

Alondra.

Lyra.

La villa nunca fue un refugio de meditación. Siempre fue el hogar de ella. Su nido de amor.

La comprensión me golpeó con la fuerza de un mazo. La humillación, la ira, el dolor, todo se arremolinó dentro de mí, creando un veneno que quemaba mis venas.

Regresé al Palacio de la Luna sintiéndome como un fantasma. Horas después, Kael llegó. No se dio cuenta de mis ojos hinchados ni de mi palidez mortal.

"Elara," dijo, con su tono habitual, distante y autoritario. "He estado pensando. El niño que adopté hace unos años, Elian, se siente solo. Es hora de que tenga un compañero de juegos."

Elian. El niño que trajo al palacio diciendo que era un huérfano de guerra. El niño al que yo había cuidado, al que le había leído cuentos. Su hijo. El hijo de Kael y Lyra.

La bilis me subió por la garganta.

"¿Ah, sí?" logré decir, mi voz un susurro tembloroso.

"Sí," continuó, ajeno a mi tormento. "Lyra, la sanadora, ha hecho grandes sacrificios por el reino. Está esperando un hijo. Para honrarla, celebraremos una gran fiesta. La he nombrado Dama Consorte."

Era una bofetada tras otra. Cada palabra era un clavo más en mi ataúd.

El dolor en mi pecho se intensificó hasta volverse insoportable. Una tos violenta me sacudió, y sentí un sabor metálico en la boca. Aparté la mano y la vi manchada de sangre, una sangre dorada y brillante, la esencia de mi poder vital escapándose de mi cuerpo. Mi Corazón de Fénix estaba herido, sangrando por la traición.

Kael frunció el ceño, pero no por preocupación. Por fastidio.

"¿Qué te pasa? Siempre tan frágil. Escúchame, para la ceremonia, quiero que le entregues a Lyra la Corona Lunar. Será un símbolo de unidad y gratitud."

La Corona Lunar. La reliquia de mi familia, el símbolo de mi linaje y mi poder, el regalo que mi madre me dio en su lecho de muerte. Quería que se la diera a su amante. Quería que yo misma participara en mi propia humillación.

No pude responder. El mundo se oscureció a mi alrededor mientras otra oleada de tos me doblaba en dos, expulsando más de mi esencia vital al frío suelo de mármol. Mi poder, mi vida, se estaba desvaneciendo.

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