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Portada de la novela Contrato de amor en Venecia

Contrato de amor en Venecia

Con los canales de Venecia como telón de fondo, esta historia profundiza en el marcado contraste entre el egoísmo de ciertos hombres y la entrega incondicional de las madres dispuestas a todo por su descendencia. La obra narra el paso de aquellas mujeres que, tras ser las protegidas de sus padres, deben encarar crudas realidades actuales. Es un viaje de superación y resiliencia femenina donde, tras la lucha, el éxito y los sueños se hacen realidad.
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Capítulo 2

Paso el día trabajando, con la mejor disposición. La oferta que me ha hecho mi jefe es

irresistible. No dejo de pensar en ello.

Soy atractiva y, espero, que el apoyo que me presta, no tenga nada que ver con eso. No lo

soportaré.

Termina la jornada laboral y voy directo a casa.

No aguanto las ganas de confiarle a mi madre lo que me sucede. Las cosas están saliendo

bien.

Apenas llego, le doy un gran beso.

— Mami, no sabes lo que ha pasado —. Le dije con una gran sonrisa.

— Hola hija, qué rico abrazo. A ver, dime pronto por qué yo también tengo algo que

contarte.

— Mi jefe me ha ofrecido un adelanto para pagar los boletos. Incluso los va a gestionar él

mismo, con su agente de viajes.

— Esa es una gran noticia, aunque me parece algo espléndido de su parte.

— Es que es muy buena gente...

— Ten precaución, no me gusta mucho su actitud. ¿Cuál es su interés?.

— Tendré cuidado, lo prometo.

— No te confíes. La ingenuidad, en este caso, va a jugar en tu contra.

— Tienes razón, pero no es lógico rechazar su oferta. Es perfecto. Puedo viajar y conservar

el puesto de trabajo, al mismo tiempo.

— Yo también te tengo una noticia. Hablé con Cristiano.

— ¿Y eso qué quiere decir, mamá?. Dime, de una vez.

— Que vas a viajar hija.

Corro por toda la casa. Grito de la alegría. Hasta que aterrizo en los brazos de mi madre. La

beso, la abrazo y sigo corriendo y saltando. La emoción es incontenible. Ambas lloramos

ilusionadas.

—¡No lo puedo creer, mamá!. ¿Te das cuenta?.

— Me da mucho gusto, verte tan feliz.

De aquí, en adelante, tienes que concentrarte en los detalles. Viajarás sola y la organización

es vital. Debes ser muy precavida.

— Si, mami, lo que tú digas. Te hago caso, en todo, lo prometo.

— Vas a llegar a Roma, pasarás alrededor de 15 días o te quedas una semana allá y luego

vas a conocer Venecia. El tiempo se va rápido, en especial, cuando uno se divierte. Así que

planifica bien para que conozcas los lugares más importantes.

— Voy a llamar a Lila, su esposo es Italiano. Puede orientarme un poco.

— Ok, pero ya cuando tengas el pasaje y estés lista para viajar. No te adelantes. Ve al ritmo

de los acontecimientos. Obedece mi amor.

— Es cierto, voy a chequear mi pasaporte y a mirar qué ropa me puedo llevar.

— Vas en pleno verano, así que, elige atuendos frescos. Allá la temperatura es bárbara en

esta fecha.

Estoy en mi habitación, sacando la ropa del closet y colocándola sobre la cama. Pongo a un

lado la que más me gusta. Siempre elijo la vestimenta que me queda mejor.

Me entretengo, probándome algunos atuendos y los combino frente al espejo. Saco los

zapatos de sus cajas y calzo mis sandalias favoritas, con tacón transparente en forma de

cuña. Sus tiras en color gris ratón, con destellos brillantes, se cruzan sobre mis pies.

Descuelgo mi conjunto de pantalón y blazer de color vino tinto. Me encanta la reacción de

las personas cuando me ven con él. Siempre lo uso, agregando, debajo de la chaqueta, un

top blanco de tiros. Le queda perfecto.

Ordeno, dentro de la maleta, la ropa ya clasificada y la cierro. Coloco todo de nuevo en el

closet. No me gusta el desorden.

Ahora estoy en el estudio y enciendo la computadora, para seguir investigando.

Carmen, mi madre, entra y se me queda mirando. Viendo que busco información sobre

Venecia.

—¿Te gusta?. Dime.

— ¡Es un lugar hermoso, tan elegante!.

— Claro mami. Ya clasifiqué la ropa que voy a llevar. Quiero verme bella.

— Ve cómoda y, al mismo tiempo, bien arreglada.

— Incluiré algunos libros, de regreso tocan los exámenes.

— Yo dudo mucho que vayas a estudiar.

— ¿Tú crees?. En un rato, en las noches, tengo que hacerlo, el material es extenso.

— No te hagas expectativas. Allá verás. Disfruta tu experiencia.

— ¿Y qué le voy a decir a papá?.

— Le dirás la verdad, pienso yo. Vas de vacaciones y llegarás a la casa de una familia

amiga.

Yo tengo por norma no dar explicaciones. Y, si me animo, lo hago de la manera más directa

y sencilla. Sin mucha vuelta.

— Le diré cuando esté todo listo, incluyendo el boleto.

—¡Así se habla!. Y, deje de distraerme, señorita, que debo cocinar. Se hace tarde.

— No tengo hambre — respondo. Mientras, continúo buscando información, esta vez sobre

Roma.

Apunto los lugares más relevantes. Mi madre me dijo que los familiares de Cristiano viven

en la capital, pero no el sector. Comienzo a planificar para visitar cada día, por lo menos,

un sitio turístico. El resto del día estaré libre, iré a pasear y conoceré gente.

Carmen va a la cocina y yo me quedo triste. La veo algo desarreglada, con los ánimos

bajos, desde la traición que le hizo mi padre. Me gustaría que se dedicara más a mejorar su

aspecto físico, que optara por ejercitarse y se arreglara las uñas y el cabello. No se lo digo

para no hacerla sentir mal.

Cuando mi padre se fue de la casa, me afectó demasiado, éramos muy cercanos. Lo

admiraba y adoraba y él me consentía, complacía mis caprichos.

Mi madre calló por años los problemas entre ellos. No deseaba que yo sufriera por la

incertidumbre que acompaña una separación.

Él es un hombre muy elegante, viste traje y corbata, impecable. Usa zapatos en piel,

siempre relucientes. Tenía dos clósets en casa, ocupados con sus camisas, en todos los

colores y estilos. Al igual que trajes de lana y cachemir, en tonos claros y oscuros.

Me encantaba ayudar a papá, incluso, me gustaba hacer el nudo de su corbata. A veces, me

salía, otras no. Él me explicaba cómo arreglarlo y me dejaba intentar de nuevo. Para él era

un placer recibir mi cariño y atención.

El día que mi padre se fue de la casa, tras una discusión con mamá. Pensé que volvería,

pero eso no ocurrió. Me costó comprender que, de allí en adelante, viviríamos sin él.

En especial, por el motivo de la ruptura de la relación.

Nunca olvido ese día. Cuando sentí un dolor tan fuerte, como si me hubiesen arrancado el

corazón del pecho. Me quedó un ardor por dentro. Una tristeza tan grande, que las lágrimas

salían, sin control, de mis ojos. Nos sentimos traicionadas. Lo que hizo mi padre nos afectó

a las dos.

Abandona a la familia por los amoríos con otra mujer, recién llegada a su vida. No puedo

entender como un hombre responsable, un caballero tan guapo e inteligente, nos da la

espalda. Somos sus dos grandes amores y nos deja por una desconocida. En definitiva,

aprendí que, los hombres son débiles y capaces de perder todo por el instinto sexual animal

que los mueve. Sin medir las consecuencias de sus actos.

No solo cargo con mi dolor. Si no que finjo entereza para apoyar a mi pobre madre, que

está destrozada y llora sin cesar. En un estado depresivo perenne.

Decido ser fuerte. Me ocupo de apoyar y proteger a mi madre, que nunca me falla.

Mi padre, antes de irse, me prometió que las cosas no cambiarían en nada entre nosotros.

Lo que en la práctica no sucedió.

Cada día tenía menos tiempo que dedicarme. Cualquier excusa era buena para no buscarme

o dejar de pasar la mensualidad. Hasta que un día, ya harta de depender de él, comencé a

trabajar y a cubrir lo necesario. Mi madre se ocupa de tareas online, pero el ingreso no le da

para todo.

Poco a poco, me fui alejando de él. Hasta que las conversaciones se espaciaron tanto que

pasábamos días sin hablarnos.

Yo decidí no reclamarle más, desde un día que, de manera muy deportiva, me dijo que

cuando creciera lo entendería. La disculpa me pareció tan infantil, que su imagen se quebró

en pedazos. Delante de mis ojos, pasó de ser aquel hombre admirado y querido, a un ser

que se movía por instinto, sin capacidad de amar.

Mi madre se enteró de la infidelidad de mi padre, mucho antes que se lo informara su amiga

Carla. Lo supo porque le encontró marcas de labial en sus camisas, en más de una

oportunidad. Lo que no sabía era el nombre de la muchacha.

Como siempre ocurre en estos casos. Todas las amigas de mi mamá estaban enteradas de lo

que hacía, pero nadie se atrevía a decírselo. Hasta que, Carla, harta de los descaros de él.

Quien se paseaba, sin decoro, con su amante por toda la urbanización. Decidió hablar.

Pienso que el apoyo que me da mi madre para este viaje, tiene mucho que ver con lo

sucedido. Ella se sacrificó por mantener una relación que se le fue de las manos. Por la

incapacidad de su marido de valorar lo que es importante y permanente, la familia. Ahora,

mi madre me da la confianza para extender mis alas y volar. De vivir y buscar alcanzar mis

sueños. Sin depender de nadie más, solo de mi misma. Considero que está acertada, puedo

garantizarme un futuro. Contar con otra persona es como colgar de un precipicio. Te caes

en cualquier momento.

A pesar de los meses transcurridos, lloro, al recordar aquello. Voy al baño a lavarme el

rostro y soplar mi nariz.

Deseo construir un futuro y, más que nada, solidez económica para mi familia. Todo es

pasajero y la estabilidad depende, en gran medida, del bienestar financiero. Que si bien, no

otorga la felicidad. Permite llevar la vida tranquila que merecemos. Sin angustias ni sofocos

por deudas o falta de dinero para los gastos básicos.

No tengo, por el momento, ningún romance en puerta. Aunque sí, el deseo de enamorarme

algún día.

Carmen se encuentra en sus faenas...

— ¿Mamita, qué estás preparando, te ayudo?.

— Si gustas puedes picar aliños. Estoy cocinando empanadas de pescado con salsa tártara.

— ¡Qué rico...!. Si, te ayudo...

— Entonces, corta la cebolla bien finita para que no se sienta tan fuerte al paladar.

— Me encanta cocinar contigo, lo que preparas te queda superrico.

— Gracias mi amor, lo dices porque me quieres.

— No es cierto, en la escuela mis amigos se peleaban por probar lo que me enviabas en la

lonchera. Decían que mi mamá era chef...

— Tan bellos, digamos que le pongo un poco de amor y mucha atención a lo que cocino,

eso sí.

— ¿Qué pescado es?.

— Es mantarraya, la sancocho con tiempo, la guiso y la tengo congelada, lista para comer.

Trabajo un solo día, eso me ayuda un montón. Es parecido al sabor del cazón. Aunque esta

me agrada más, su gusto es menos fuerte.

— Con ese guiso se puede hacer un pastel de chucho.

— Viste cómo has aprendido... La cocina es imaginación y valentía. Para realizar platos

nuevos, solo debes atreverte a experimentar con los ingredientes. Saber combinarlos.

— Es cierto, en la familia todas somos buenas. Siempre recuerdo lo sabroso que cocinaba

la abuelita.

— Si, tu abuela era una excelente cocinera. Le encantaba preparar todo tipo de platos.

Hasta sus vegetales eran especiales.

— Lo recuerdo, en una oportunidad le comenté que no me apetecía la ensalada de

zanahoria con repollo rallado. Y me dijo, “no te gusta porque no has probado la mía”. En lo

que comí un poco, me encantó... Hasta le pedí más...

— Cada quien con su sazón. Su toque especial. Por eso, la misma receta tiene un sabor

diferente dependiendo de quién la prepare.

— Si algún día tengo hijos, los voy a enseñar a cocinar desde pequeños. Que se

acostumbren a comer bien. Sano y nutritivo.

Culminamos el plato y nos sentamos a cenar. La salsa le da un toque especial, realza el

sabor del pescado. Combina con el crocante de la empanada frita.

Terminamos de comer, lavo los platos y limpio la cocina, mientras mi madre barre. Luego,

nos sentamos a compartir un programa en la televisión. Nos encantan las series del gourmet

sobre la cocina del mundo. Los ingredientes que usan y las recetas.

Disfrutamos de un rato tranquilo, hasta que llegó la hora de irse a dormir. Nos dimos un

beso afectuoso y seguimos a las habitaciones a descansar.

Extiendo el mat, hago ejercicios de estiramiento y medito. Mi estado de relajación es tal

que me quedo dormida, me sumerjo en un sueño profundo.

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