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Portada de la novela Una esposa para mi hermano

Una esposa para mi hermano

Daniel es un CEO viudo de 40 años que vive para sus hijos y su empresa, tras haber cerrado su corazón al amor. Su vida cambia cuando Harry, su hermano, convence a Deanna, una joven soprano de 25 años, para fingir un compromiso y evadir una norma familiar. Aunque el trato es una farsa temporal, la química entre ambos surge de forma inevitable. Pese a la diferencia de edad y los secretos que los rodean, este engaño inicial se transforma en una pasión real que los obligará a luchar contra sus miedos y enemigos.
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Capítulo 7

Luego de casi cuatro semanas, ya Chelsea se había puesto al día con todo el papeleo, había organizado completamente toda su oficina, tenía guardadas por orden alfabético cada carpeta de cuentas, cada contrato, era una friki de la organización y así lo había dejado plasmado en su espacio. Ella no solo había organizado, también se había esmerado por ser la mejor asistente que podía existir, había determinado muy firmemente que no le daría ninguna excusa al canalla de Steve para que llamara su atención, la señalara negativamente o la amenazara con expulsarla de la empresa, se vio obligada a recurrir a todas las técnicas de relajación existentes para controlar su ira y no darle una mala contesta, pero lo había logrado.

Ya sabía que Steve llegaba en días normales alrededor de treinta minutos tarde y, las noches en la que se iba de fiesta, hacía su aparición sobre los mediodías, así que, cuando llegaba, ella ya le tenía su taza con café preparada y caliente encima de su escritorio junto con el horario del día donde quedaban bien especificadas cada una de sus reuniones y eventos.

Esto, lejos de mortificar a Steve le causaba algo de gracia, era consciente del porqué ella hacía todas esas cosas, todavía no se le había olvidado la cara que puso aquel día en el que lo estaba espiando mientras estaba con Larissa. Sin habérselo propuesto, llevaban un juego repleto de adrenalina, al menos para él, ese tira y jala constante que había entre ellos dos lo único que había conseguido era que la deseara más, estaba seguro que si llegara a hacerla suya nuevamente le podría demostrar que todo lo que estaba haciendo no era más que un papel que estaba interpretando, una máscara de la chica ofendida porque, en el fondo, se moría de ganas por estar con él.

Por suerte para ambos, los pensamientos de cada uno se mantenían en secreto dentro de sus cabezas, de lo contrario, se odiarían más, o, mejor dicho, pretenderían hacerlo. No tenían ni idea de lo mucho que se morían de ganas por volver a estar juntos, por disfrutarse una vez más, pero el ser humano suele negarse las cosas que quiere muy a menudo.

Justo el martes de esa semana, Chelsea se asombra cuando se encontró a Steve en su oficina, había llegado puntual, eso no es algo que podría ver todos los días. Se apresuró todo lo que pudo y, unos siete minutos después, ya se lo estaba entregando al mismo tiempo que Hugh hacía su entrada.

—Que bueno que me los encuentro aquí a los dos —a diferencia de su hijo, Chelsea sentía un gran apego por Hugh, era un señor al cual el dinero, las riquezas y lujos que poseía no lo habían cambiado, continuaba siendo tan humilde como en sus inicios, sin mencionar lo bien que siempre la trataba— Hijo, ¿recuerdas que dentro de dos días es la reunión con los ejecutivos de Montreal, cierto? —Chelsea se lo había estado anotando y resaltando en su agenda por varios días, pero, como era costumbre, Steve ni siquiera prestaba atención a sus compromisos hasta que estaban muy cerca.

—Sí, papá, claro —le mintió haciendo que Chelsea pusiera sus ojos en blanco porque sabía que él no tenía ni idea de lo que su padre le estaba hablando.

—Pues, perfecto, salen dentro de dos días.

—¿Salen? —preguntó ella.

—Sí, claro, eres su asistente y Steve estará todo el tiempo de una reunión en otra, no tendrá tiempo prácticamente para nada, necesitará tu ayuda.

En cuanto escucha sus palabras, Chelsea se queda congelada en el lugar. Hasta ese momento, Steve no le había mencionado nada del viaje, no sabía que tendría que salir del país, claro ¿cómo podría hacerlo si él ni siquiera lo sabía hasta hace unos segundos? No podía negarse, esto era parte de su trabajo, pero su cabeza estaba a punto de explotar, no había preparado absolutamente nada y su parte obsesionada por la organización la estaba matando, eso sin mencionar que no quería pasar veinticuatro horas seguidas al lado del cretino de Steve, ocho horas en la empresa le eran suficiente para odiarlo cada vez más, así que, varios días sería una tortura.

—¿Hay algún problema, Chelsea? —le preguntó Steve muy divertido, se imaginaba todo lo que debía estar pensando ella y eso le causaba satisfacción además del hecho de que tendría más tiempo de calidad para poder volver a estar con ella.

—No, ninguno señor Bullock.

—Pareces un poco alterada. —insistió él.

—No, es solo que no había considerado que tendría que viajar, pero no pasa nada, estaré lista

—Pues perfecto entonces, sé que Steve estará en muy buenas manos, ya me han dicho que has sido la mejor asistente que hemos tenido en mucho tiempo —y, guiñándole un ojo, salió de ahí.

—Entonces… ¿estás lista? —le preguntó el sonriendo.

—Yo siempre estoy lista —le respondió ella .

—Eso ya lo veremos, salimos mañana en la tarde.

—¿Mañana? Las reuniones no comienzan hasta el jueves —sus ojos estaban abiertos de par en par, tendría mucho menos tiempo para organizarse del que había pensado.

—Sí, pero no estarás esperando a que lleguemos a esas reuniones con nuestras maletas y acabados de llegar al aeropuerto ¿cierto? —él sabía que toda esta noticia la había sacado de foco y eso le estaba haciendo su día— no te preocupes, yo te cuidaré.

Ella lo fulminó con la mirada, pero no le dijo nada más, salió de su oficina y regresó a hacer su trabajo.

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