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Portada de la novela Cicatrices de Vino y Sangre

Cicatrices de Vino y Sangre

Iván arruinó mi vida con calumnias que mataron a mi padre, pero la traición más cruel vino de mi esposo. Tras tres años de matrimonio, descubrí que Máximo orquestó mi desgracia para proteger a mi hermanastra. Destrozada y encinta, decidí abortar para negarle un heredero al hombre que amaba. Ahora, con los restos de mi hijo y una barriga falsa, regreso del abismo. No busco perdón, sino una retribución sangrienta contra el verdugo que fingió ser mi salvador.
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Capítulo 2

Durante siete años, intenté ser la prometida perfecta para Iván, pero él siempre tuvo ojos solo para mi hermanastra, Sofía.

Para deshacerse de mí y de nuestro compromiso, manipuló unas fotos íntimas y las esparció por todo Buenos Aires.

Ese mismo día, la noticia llegó a los oídos de mi padre, un respetado viticultor de Mendoza. La humillación fue tan grande que sufrió un infarto fulminante. Murió al instante.

En mi momento más oscuro, cuando el mundo se me venía encima, apareció mi amigo de la infancia, Máximo Castillo.

Él siempre había estado enamorado de mí en secreto, y corrió a mi lado sin dudarlo.

Se encargó de todos los arreglos del funeral, veló junto a mí toda la noche, se convirtió en mi único pilar, mi única roca en medio de la tormenta.

Después del funeral, Máximo me propuso matrimonio.

-Luciana, le prometí a tu padre que siempre te cuidaría. Cásate conmigo.

Conmovida, perdida y sin nadie más en el mundo, acepté.

Pasaron tres años.

En nuestro círculo social de Mendoza, todos nos veían como la pareja perfecta. Máximo era el esposo devoto, el empresario vitivinícola que había rescatado el viñedo de mi familia y lo había llevado a la cima del éxito.

Yo estaba embarazada de ocho meses, esperando a nuestro primer hijo. Nuestra vida parecía un cuento de hadas, una historia de redención y amor verdadero.

Hasta que un día todo se rompió.

Salía de una revisión prenatal, feliz y acariciando mi vientre, cuando vi a Máximo en el aparcamiento del hospital. Discutía acaloradamente con mi ex prometido, Iván.

Me escondí detrás de una columna, el corazón latiéndome con fuerza.

-¡Iván, no tienes derecho a impedirme ver a Sofía! -gritaba Máximo, su voz rota por la desesperación.

-¡No olvides que cuando Sofía necesitaba un trasplante de riñón urgentemente, fui yo quien arregló el accidente para que el padre de Luciana muriera y su riñón, que era compatible, fuera para ella! -la voz de Máximo era puro veneno-. ¡Fui yo quien sacrificó mi propia felicidad casándome con Luciana para alejarla de ti y que tú pudieras estar con Sofía sin obstáculos!

Iván, con el labio partido por un golpe, se mantuvo firme.

-Máximo, eres un maldito mártir. Arruinar la vida de Luciana por Sofía... ¡me quito el sombrero! ¡Pero ahora Sofía es mi esposa! Tiene fiebre y yo la cuidaré. ¿Qué demonios haces tú aquí?

El aire se me fue de los pulmones. Cada palabra era un golpe.

Mi padre no murió de un infarto. Fue un asesinato.

El hombre que yo creía mi salvador, mi esposo, el padre de mi hijo, era el arquitecto de mi ruina.

Los recuerdos me golpearon de repente, cada pieza encajando en un rompecabezas horrible.

Las visitas anuales de Máximo a Sofía en su cumpleaños, siempre con regalos caros, exclusivos, que yo nunca recibía.

Su obsesión por que yo llevara el pelo largo y usara vestidos floreados, el estilo bohemio que siempre había sido de Sofía.

Su nerviosismo cada vez que ella se sentía mal, dejándome sola para llevarla al médico. Yo lo había confundido con un cariño de hermano, un amor por extensión hacia la familia. Qué ingenua.

El amor de Máximo por Sofía no era fraternal, era una obsesión secreta y enfermiza. Él, el hijo de nuestro capataz del viñedo, siempre había vivido a nuestra sombra, amando en silencio a la hija equivocada.

La noche que veló a mi padre, no fue para consolarme, fue para asegurarse de que el riñón llegara a su amada Sofía. Su propuesta de matrimonio no fue por amor, fue para controlarme, para asegurarse de que yo no interfiriera en la felicidad de Sofía con Iván.

El dolor era tan agudo que apenas podía respirar. Este hombre no merecía ser el padre de mi hijo.

Con el corazón hecho pedazos, di media vuelta y regresé a la consulta del ginecólogo.

-Doctora, quiero interrumpir el embarazo.

La doctora me miró, horrorizada. Un bebé de ocho meses… era prácticamente un parto. Intentó disuadirme, pero mi decisión era firme, inquebrantable. Me sometieron a la intervención. Salí del hospital pálida, sangrando, con el cuerpo y el alma rotos.

Fui a una tienda de artesanías y compré una caja de madera, de las que se usan para guardar vinos de colección. Dentro, coloqué el pequeño cuerpo ensangrentado de mi hijo. Luego, me puse una barriga falsa bajo la ropa, una prótesis de silicona que parecía real.

Esa noche, Máximo llegó a casa. Olía a malbec y a culpa.

Me abrazó, besó mi frente y susurró las mentiras de siempre.

-Luci, mi amor, te amo tanto...

Luego, acercó su oído a mi vientre falso, pretendiendo escuchar los latidos de nuestro hijo. Ni el alcohol ni su falta de interés le permitieron notar el silencio de muerte que había allí.

-¿Qué tal el día? Bebiste mucho -le pregunté, mi voz era un hilo fino.

-Estoy feliz... -dijo, con la mirada perdida en algún punto.

Feliz. Reí por dentro, una risa amarga. Estaba sufriendo porque no podía ver a su amada Sofía, por eso bebía.

-Luci, falta solo un mes, ¿verdad? -dijo, acariciando la prótesis de silicona-. Te tengo una sorpresa, para ti y para el bebé. Les va a encantar.

-Qué coincidencia -repliqué, con una sonrisa helada y los ojos ardiendo de odio-. Yo también tengo un regalo para ti.

Le entregué la pesada caja de madera.

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