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Portada de la novela Cicatrices de traición: La heredera que intentaron borrar

Cicatrices de traición: La heredera que intentaron borrar

Daga escapa del gélido trato de su esposo, un capitán policial, pero termina prisionera de sus obsesiones. Mientras él busca imponerle la maternidad, ella desentraña una verdad perversa: su marido vive entregado a un amor prohibido por su hermanastra, Azahar. Al comprender que su matrimonio es solo una pantalla para este incesto, Daga planea su venganza. Durante un banquete familiar, aprovecha el anuncio de un embarazo para filtrar pruebas y destruir su máscara social.
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Capítulo 2

-Esto es acoso -espetó Gota, agarrando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos-. No puedes simplemente ordenarle que baje del vehículo.

Balanza la ignoró. Estaba mirando la parte trasera del auto de Gota.

-Su luz trasera izquierda está fundida, señorita Gota. Eso es una infracción. El oficial Yunque le hará una multa. Podría tardar un rato.

Hizo una seña al novato.

-Encárguese de la conductora. Yo me encargaré de la pasajera.

Era una mentira. Yo sabía que el auto de Gota estaba en perfectas condiciones. Ella era meticulosa con el mantenimiento. Pero discutir con un Capitán en un retén era una batalla perdida.

Balanza abrió mi puerta. La luz interior inundó la cabina, exponiéndome.

-Afuera -dijo. Una palabra. Sin inflexión.

Agarré la correa del cinturón de seguridad sobre mi pecho.

-No.

Balanza se inclinó más. Su cara estaba a centímetros de la mía. Podía ver la leve barba incipiente en su mandíbula, las líneas de agotamiento alrededor de sus ojos.

-No hagas una escena, Daga. No me obligues a sacarte de este auto frente a tu amiga y mis oficiales.

El calor subió a mi cara. Vergüenza. Él sabía exactamente qué botón presionar. Sabía que odiaba el conflicto, odiaba ser un espectáculo.

Desabroché el cinturón de seguridad. El sonido fue como un disparo en el pequeño espacio.

Salí al asfalto mojado. Mis piernas se sentían débiles, como si estuvieran hechas de agua.

Gota empezó a abrir su puerta.

-Daga...

El oficial Yunque se interpuso en su camino.

-Señorita, por favor permanezca en el vehículo.

Balanza no esperó. Su mano se cerró alrededor de mi brazo, justo por encima del codo. Su agarre era firme, rayando en lo doloroso. No lo suficiente para magullar, pero sí para dirigir. Lo suficiente para controlar.

-Suéltame -siseé, tratando de zafarme.

No me soltó. Me hizo marchar pasando las patrullas, pasando las luces intermitentes, hacia una camioneta SUV negra estacionada en las sombras del acotamiento. No era una patrulla marcada. Era su vehículo personal.

-Puedo pedir un Uber -dije, clavando los tacones en el suelo.

Balanza se detuvo. Se volvió hacia mí, su cuerpo bloqueando el resto del mundo.

-No te vas a subir al auto de un extraño a esta hora de la noche.

-Tampoco me voy a subir al tuyo. -Busqué mi teléfono en el bolsillo del abrigo. Necesitaba pedir un viaje. Necesitaba alejarme de él.

Su mano salió disparada. Me arrebató el teléfono antes de que pudiera siquiera desbloquear la pantalla.

-¡Oye! -Intenté recuperarlo.

Lo deslizó en su bolsillo, justo al lado de mi licencia.

-Soy tu esposo. Te llevo a casa.

-Estamos separados -dije, alzando la voz.

-Estamos teniendo una pelea -corrigió-. Sube.

Abrió la puerta del pasajero de la SUV negra. No me empujó, pero su presencia era un muro que me empujaba hacia atrás hasta que caí en el asiento de cuero.

Cerró la puerta de un golpe.

Antes de que pudiera alcanzar la manija, escuché el golpe sordo de los seguros centrales activándose.

Balanza rodeó el frente del auto. Su silueta cortó los haces de los faros. Se movía con la gracia de un depredador, calmado y letal.

Subió al asiento del conductor. El interior del auto olía a él. Era abrumador.

Arrancó el motor. El V8 cobró vida con un rugido. Salió al tráfico, incorporándose agresivamente, cerrándole el paso a un taxi.

Me senté con los brazos cruzados, mirando por la ventana. La ciudad pasaba en un borrón de neón y lluvia.

Mi mente regresó a tres días atrás. La cocina. La baldosa fría bajo mis pies descalzos.

Flashback.

-No podemos seguir esperando, Balanza -había dicho yo, sosteniendo el folleto de la clínica de fertilidad-. El doctor dice que mis niveles están bajando. Si queremos hacer esto, tenemos que hacerlo ahora.

Balanza ni siquiera había levantado la vista de su archivo.

-Ahora no, Daga. El momento no es el adecuado.

-¡Nunca es el adecuado! -grité, tirando el folleto sobre la encimera-. Han pasado cinco años. ¿Por qué no quieres un bebé conmigo?

Me miró entonces, con los ojos fríos.

-Porque no eres lo suficientemente estable ahora mismo. Eres demasiado emocional.

Entonces sonó su teléfono. Miró la pantalla, su expresión cambió instantáneamente de molestia a preocupación. Tomó el teléfono y entró en su estudio, cerrando la puerta con llave tras de sí.

Fin del Flashback.

Me estremecí. El recuerdo era más frío que el aire de la noche.

Balanza extendió la mano y ajustó el dial del climatizador. Aire caliente salió a chorros de las rejillas.

-Tienes frío -dijo. No era una pregunta. Él notaba todo. Era parte de su trabajo, parte de su naturaleza. Podía detectar a un sospechoso temblando a cincuenta metros de distancia.

-Estoy bien -dije, aunque me castañeteaban los dientes.

-Basta -dijo suavemente-. Deja de pelear conmigo por todo.

-Me secuestraste -dije.

-Te rescaté de un control en la carretera.

-Tú provocaste el control.

No lo negó. Solo mantuvo los ojos en el camino.

Miré las señales de la calle. Íbamos hacia el oeste. Hacia los suburbios. Hacia la casa.

-No voy a volver allí -dije, el pánico estallando de nuevo-. Llévame de vuelta con Gota.

-No -dijo Balanza-. Ya dejaste claro tu punto. Te mantuviste alejada tres días. Me asustaste. Ahora vamos a casa.

-¿Te asusté? -Solté una risa amarga-. Ni siquiera llamaste.

Su mandíbula se tensó. Un músculo saltó en su mejilla.

-Sabía dónde estabas. Te estaba dando espacio. Hasta esta noche.

-¿Qué cambió esta noche?

No respondió. Solo pisó más fuerte el acelerador.

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