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Portada de la novela CEO gelido, amor ardiente

CEO gelido, amor ardiente

Después de un año de casados sin pasión ni cercanía, Scarlett decide pedir el divorcio a su frío esposo, un poderoso CEO. Ante su sorpresa, el magnate se niega a dejarla marchar y empieza a mostrar una faceta desconocida para retenerla a su lado. Entre el entorno corporativo y una atracción latente que resurge, la pareja se enfrenta a un dilema crucial: luchar por reconstruir su vínculo o aceptar el final definitivo de su matrimonio.
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Capítulo 1

La mansión donde vivía Scarlett era hermosa, amplia, decorada con elegancia minimalista. Todo estaba en su lugar: el mármol blanco del suelo, las flores frescas en el jarrón de la entrada, los cuadros caros que colgaban de las paredes. Pero para ella, cada rincón era un recordatorio de lo que no tenía: amor, calor, compañía.

Despertó sola, como todos los días desde hacía un año.

El lado de la cama de Nathaniel estaba intacto, ni siquiera una arruga en las sábanas. No sabía si él había dormido en el sofá de su oficina otra vez, o si simplemente había llegado tan tarde que evitó entrar al dormitorio. No lo sabía. Y lo que era peor, ya no se sorprendía por eso.

Scarlett se sentó en la cama y acarició la tela de su camisón de seda. ¿Cuánto tiempo más podría fingir que todo estaba bien? ¿Cuánto más podría soportar el silencio glacial que lo envolvía todo?

Bajó a desayunar. Como siempre, la mesa estaba servida para dos, pero solo una taza de café se enfriaba sin compañía. Le preguntó a la empleada si Nathaniel había salido. La mujer solo asintió con pesar.

Él era un hombre de rutina. Trabajo, reuniones, viajes, conferencias. Scarlett solía admirar su disciplina, su compromiso con su empresa, con su legado. Pero ahora, ese compromiso parecía una excusa para evitarla. Vivían en la misma casa, estaban casados legalmente, pero eran dos extraños compartiendo una jaula de cristal, bonita por fuera, vacía por dentro.

Tomó un sorbo de café y trató de recordar la última vez que se habían tocado, que habían hablado sin formalidades. ¿Había sido en su luna de miel? ¿O antes? El recuerdo se le deshacía entre los dedos, como arena. No sabía en qué momento exacto se había roto lo poco que tenían. Quizás nunca hubo algo que romper.

La boda había sido perfecta. Vestido blanco, flores elegantes, una ceremonia discreta, un contrato prenupcial firmado sin protestas. Todo se había dado rápido, casi sin espacio para pensar. Nathaniel la había elegido como quien elige una pieza estratégica en una jugada de ajedrez. Ella había dicho que sí porque creyó que él la quería, o que, al menos, llegaría a quererla.

Pero después del "sí, acepto", vinieron los silencios. Las ausencias. La barrera invisible que él levantó entre ambos. Scarlett intentó acercarse: cenas especiales, detalles, palabras dulces. Pero nada traspasaba su coraza. Nathaniel siempre encontraba una excusa para no estar. O peor aún, estaba físicamente, pero ausente en todo lo demás.

-¿Por qué me casé contigo? -susurró Scarlett para sí misma, con la vista perdida en la ventana.

El jardín estaba en flor. Afuera, el mundo parecía pleno. Dentro, ella se marchitaba un poco más cada día.

Ese mismo día por la tarde, Scarlett fue a la galería de arte del centro. Ya no lo hacía por pasión, sino por necesidad. Necesitaba salir, ver algo más que paredes frías. Caminar entre cuadros y esculturas le devolvía algo de sí misma, la parte que existía antes de ser "la esposa del CEO".

-Scarlett -saludó una voz familiar.

Se giró. Era Elena, una de sus pocas amigas verdaderas. La abrazó con fuerza.

-No te veía desde la boda -dijo Elena, con una sonrisa. Luego bajó la voz-. ¿Estás bien?

Scarlett dudó. ¿Qué podía responder? Que dormía sola, que hablaban menos de cinco frases al día, que su matrimonio parecía más un contrato mercantil que una unión amorosa.

-Estoy... viviendo -dijo finalmente, con una sonrisa forzada.

Elena la miró con preocupación, pero no insistió.

Más tarde, al llegar a casa, Scarlett encontró a Nathaniel en la oficina, revisando documentos. Vestía un traje gris impecable. El rostro, sereno y duro como una estatua. Apenas levantó la vista al verla entrar.

-Volví -dijo ella, esperando una reacción.

-Mmm -respondió él sin mirarla.

Ella apretó los labios.

-¿Te quedarás esta noche?

-Tengo una videollamada con inversionistas de Japón. Terminaré tarde.

Scarlett asintió. No dijo nada más. No había nada más que decir.

Volvió a subir al dormitorio. Se quitó los zapatos despacio, se sentó frente al espejo. Se miró fijamente. Seguía siendo joven, hermosa, inteligente. Pero se sentía vieja, agotada, como si la soledad le hubiera robado la luz que alguna vez tuvo.

Abrió el cajón donde guardaba su diario. No escribía todos los días, pero cuando lo hacía, sangraba en tinta. Esa noche escribió una sola frase:

"Estoy casada con un hombre que no me ve. ¿Cuánto más podré ser invisible sin desaparecer?"

Cerró el cuaderno y se metió en la cama. Nathaniel no llegó esa noche. Como siempre.

Y por primera vez, en lugar de tristeza, sintió rabia. No contra él. Contra sí misma.

La semilla del cambio había sido plantada. Aún no lo sabía, pero ese vacío sería el principio de su libertad.

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