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Portada de la novela CENIZAS Y ORGULLO

CENIZAS Y ORGULLO

Nora y Elizabeth, madre e hija, guardan una relación clandestina con el marido de su prima en un entorno asfixiante de falsas apariencias. Tras una extorsión digital, su secreto sale a la luz, provocando el despido laboral y duras demandas legales de sus parientes. Traicionadas por el hombre que amaban, se convierten en parias sociales. Sin embargo, lejos de escapar de la ruina, deciden resistir con dignidad en su hogar y encarar la hipocresía del pueblo.
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Capítulo 1

Me llamo Nora. Tengo cincuenta años y, aunque para muchos esa cifra suena como el inicio del invierno de la vida, para mí siempre ha sido una especie de meseta templada. Soy divorciada desde hace ya casi una década. Cuando el matrimonio se rompió, no hubo grandes gritos ni vajillas destrozadas; simplemente el amor se desgastó, dejando en su lugar un silencio gris que terminó por empujarnos a firmar unos papeles. Desde entonces, aprendí a habitar mi propia soledad, transformándola en una rutina meticulosa, casi coreografiada. Trabajo a tiempo parcial en una oficina de administración, un empleo que no me apasiona pero que mantiene mi mente ocupada y mis facturas al día. El resto de mis horas las divido entre el cuidado de la casa, la lectura de novelas que a veces me quedan debiendo emoción y, por supuesto, el rol de madre y abuela.

A pesar de los años y de la ausencia de un hombre en mi cama, nunca dejé de cuidarme. Me miro al espejo cada mañana con un escrutinio riguroso. Conservo una piel tersa que hidrato con esmero cada noche, y mis curvas, lejos de haberse desdibujado con la madurez, han adquirido una firmeza pesada y sugerente que sé que todavía atrae miradas en la calle. No soy una mujer ingenua; sé perfectamente lo que provoco cuando decido entallar un vestido o cuando camino con la seguridad que da la experiencia. Sin embargo, durante mucho tiempo, esa sensualidad permaneció dormida, guardada bajo llave detrás de una fachada de madre abnegada, correcta y madura. Me convertí en una observadora silenciosa de la vida de los demás, de esos pequeños detalles cotidianos que la gente suele pasar por alto por andar de prisa. Aprendí a leer los gestos ajenos, las miradas esquivas, los susurros. Irónicamente, pasé años creyendo que la única vida que tenía completamente leída y descifrada era la de mi propia hija.

Elizabeth. Su nombre siempre me ha sonado a algo limpio, estructurado y firme. Tiene treinta años y es el centro de mi universo familiar. Es mamá soltera, una condición que en estos tiempos exige una armadura de acero, y ella se la puso sin quejarse desde el día en que el padre de su hija decidió desaparecer del mapa. Siempre la he visto como una mujer inquebrantable, una roca de responsabilidad. Trabaja largas jornadas para que a su pequeña no le falte nada, y cuando está en casa, su comportamiento siempre ha sido el de la típica chica de hogar: reservada, pulcra, con una timidez que a menudo confunde a quienes no la conocen a fondo.

Físicamente, Elizabeth es un reflejo intensificado de lo que yo era a su edad, pero con una juventud desbordante que a veces me despertaba una pizca de sana envidia. Es hermosa. Tiene una cabellera oscura que le cae en cascada sobre los hombros y unos ojos negros que parecen guardar una calma infinita. Pero lo que más destaca en ella, y que como madre siempre noté con orgullo y un poco de recelo protector, es su cuerpo. Elizabeth posee unas curvas generosas, una cintura estrecha que contrasta de manera pecaminosa con unas caderas anchas y un trasero firme, redondo, de esos que llenan los pantalones con una presencia imponente. Tiene una anatomía hecha para el deseo, una estampa de mujer madura y plena que, sin embargo, ella siempre se esforzó por camuflar bajo ropa holgada, uniformes de trabajo y una actitud de santa discreción.

Para mí, Elizabeth era una santa. Una niña buena que ponía sus deberes de madre y trabajadora por encima de cualquier tentación. En mis conversaciones con mis amigas o con la familia, siempre la ponía de ejemplo. "Elizabeth no tiene tiempo para novios", solía decir yo con una sonrisa de orgullo maternal, "ella está concentrada en su niña y en su futuro". Estaba convencida de que su vida íntima era un desierto deshabitado, que su cuerpo glorioso pasaba las noches en una abstinencia voluntaria y respetable. Pensaba que la conocía en cada capa de su ser, que no había un solo pensamiento oculto en su cabeza que yo no pudiera adivinar con solo mirarla a los ojos durante el desayuno. Qué ciega estuve durante tres décadas. Qué fascinante y perturbador resultó descubrir que debajo de esa superficie de agua mansa corría un río de lava hirviendo.

La rutina de nuestra casa compartida reforzaba mi percepción. Los días pasaban con una regularidad casi aburrida. Elizabeth se levantaba temprano, preparaba el desayuno para las tres, dejaba a la niña en la escuela y se iba corriendo al trabajo. Yo me encargaba de las labores del hogar, de mantener el orden que tanto me daba paz mental. En ese esquema, los hombres no existían. El único rostro masculino que frecuentaba nuestro entorno con cierta regularidad era mi compadre, el padrino de Elizabeth. Él es el esposo de mi prima, un hombre de unos cincuenta y cinco años, de complexión robusta, hombros anchos y una voz grave, de esas que retumban en las paredes cuando habla. Siempre fue el pilar de apoyo de la familia, el hombre maduro y serio al que acudíamos cuando algo se rompía en la casa o cuando se necesitaba un consejo firme. Elizabeth siempre lo trató con un respeto casi reverencial, llamándolo "padrino" con ese tono dulce y obediente que reforzaba su imagen de ahijada ejemplar. Jamás, ni en mis conjeturas más salvajes, habría imaginado que ese respeto era la pantalla de humo más perfecta jamás construida.

Aquella tarde en específico comenzó como cualquier otra, envuelta en la monotonía gris de mi soltería. Recuerdo haberme mirado al espejo antes de salir de la oficina, arreglándome el cabello y alisando mi falda gris, sintiendo ese vacío crónico en el pecho que a veces me atacaba al darme cuenta de que los años seguían pasando y mi cama seguía fría. Regresaba a casa con la idea fija de cambiarme de ropa, preparar un café y disfrutar de un par de horas de silencio absoluto, asumiendo que Elizabeth estaría en su turno de trabajo y la niña con su tía. Anhelaba esa paz, ese espacio donde Nora la mujer podía dejar de aparentar y simplemente ser.

Mientras caminaba hacia la entrada, saqué las llaves de mi bolso, escuchando el tintineo metálico que rompía la quietud de la calle. El sol de la tarde empezaba a caer, tiñendo las paredes de la estancia de un color dorado y denso. Empujé la puerta principal con suavidad, esperando encontrar el aire acondicionado encendido y el aroma a limpio habitual de una casa vacía. Sin embargo, en cuanto puse un pie en el vestíbulo, una extraña vibración en la atmósfera me hizo detenerme. No sabría cómo explicarlo, pero el ambiente se sentía pesado, cargado de una temperatura inusual.

Dejé las llaves sobre la mesa del recibidor con extremo cuidado, un instinto inconsciente me advirtió que no debía hacer ruido. Alcé la mirada hacia el techo, y fue en ese preciso instante cuando el primer sonido llegó a mis oídos. Un crujido rítmico, sutil pero inconfundible, proveniente de la planta alta. El corazón me dio un vuelco. En mi mente de cincuenta años, la primera explicación fue el peligro: un ladrón, un intruso que se había colado aprovechando la supuesta ausencia de la familia. Un frío helado me recorrió la espina dorsal, tensando cada uno de mis músculos. Pero antes de que el pánico me hiciera retroceder hacia la calle para pedir ayuda, un segundo sonido, mucho más humano y gutural, flotó pasillo abajo desde la escalera. Era un gemido ahogado, una exhalación húmeda y profunda que no pertenecía al miedo, sino al placer más absoluto.

La curiosidad, ese rasgo mío tan arraigado y agudo, terminó por vencer al temor. Me descalcé en silencio, dejando los zapatos en la alfombra para que mis pasos fueran completamente invisibles. Comencé a avanzar hacia la escalera, apoyando las yemas de los dedos apenas en la barandilla de madera. Con cada escalón que subía, el aire se volvía más denso, más caliente, y los ruidos extraños empezaban a cobrar una nitidez que hizo que mi propia respiración se entrecortara. Estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno, a punto de descubrir que la hija perfecta que yo había criado guardaba una identidad secreta, una faceta tan lasciva y desvergonzada que cambiaría mi forma de ver el mundo, y a mí misma, para siempre.

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