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Portada de la novela CENIZAS Y ORGULLO

CENIZAS Y ORGULLO

Nora y Elizabeth, madre e hija, guardan una relación clandestina con el marido de su prima en un entorno asfixiante de falsas apariencias. Tras una extorsión digital, su secreto sale a la luz, provocando el despido laboral y duras demandas legales de sus parientes. Traicionadas por el hombre que amaban, se convierten en parias sociales. Sin embargo, lejos de escapar de la ruina, deciden resistir con dignidad en su hogar y encarar la hipocresía del pueblo.
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Capítulo 2

Cada escalón que subía se sentía como un viaje hacia lo desconocido. Mis pies descalzos se hundían con suavidad en la alfombra de la escalera, absorbiendo cualquier posible crujido que pudiera delatar mi presencia. El silencio que yo había esperado encontrar en la casa se había transformado en un rumor espeso, un eco de sonidos ahogados que hacía que la sangre me bombeara con fuerza en las sienes. A mis cincuenta años, con una vida que yo misma consideraba resuelta y predecible, jamás me había visto en una situación así. Mi mente seguía debatiéndose entre la alarma de una madre que teme por la seguridad de su hogar y el instinto puramente observador que siempre me había caracterizado. Pero a medida que me acercaba al descanso del piso superior, la balanza comenzó a inclinarse de forma definitiva. Esos ruidos no eran de violencia. Eran ruidos de una intimidad descarnada, animal y clandestina.

Me detuve justo antes de asomar la cabeza por el pasillo principal que conducía a las habitaciones. Mi mano, apoyada firmemente en la barandilla de madera, temblaba ligeramente. Sentía el sudor frío perlando mi frente, pero también un calor súbito que comenzaba a irradiar desde mi pecho hacia abajo. El pasillo estaba bañado por la luz tenue de la tarde que se colaba por la ventana del fondo, creando un juego de sombras alargadas. La puerta del dormitorio de Elizabeth, mi hija tranquila y reservada, estaba apenas entornada. Un hilo de luz dorada escapaba de la habitación, y con él, una densa atmósfera de urgencia y secreto que parecía inundar el aire del pasillo.

Fue entonces cuando las voces se hicieron perfectamente audibles, rompiendo cualquier duda que me quedara.

-Estás muy rica mi amor mira que rica boquita come verga tienes mi putita Elizabeth...

La voz que pronunció esas palabras gruesas y cargadas de una lascivia brutal me congeló en el sitio. No era la voz de un muchacho de la edad de mi hija. No era el tono de un desconocido. Era una voz madura, ronca, con una vibración grave que yo conocía a la perfección desde hacía años. Era la voz de mi compadre. El padrino de Elizabeth, el esposo de mi prima. Un hombre respetable ante los ojos de la sociedad, el pilar familiar que siempre se sentaba a la cabecera de la mesa en las fiestas, el mismo que hablaba de moral y de trabajo con una rectitud impecable. Escucharlo usar ese lenguaje tan vulgar, tan desprovisto de cualquier decoro, provocó un cortocircuito en mi cabeza.

Esperé, conteniendo el aliento, esperando que fuera una mala pasada de mi imaginación, una confusión acústica de la casa. Pero la respuesta no tardó en llegar, destruyendo por completo la imagen que yo había construido de mi hija durante treinta años.

-¿Te gustó, padrino? Que vergon estás se que te gusta tener así a ti ahijadita, mi rico padrino...

La voz de Elizabeth sonó con un tono travieso, meloso y arrastrado, completamente empapada de excitación. No había rastro de timidez, ni de la rigidez con la que siempre se manejaba en el día a día. Era el tono de una mujer que sabía exactamente el poder que tenía sobre el hombre que la acompañaba, una mujer que disfrutaba rompiendo el tabú más sagrado de la familia con una sonrisa en los labios.

Mis piernas se debilitaron tanto que tuve que recostarme contra la pared del pasillo para no caerme. El corazón me latía a mil por hora, golpeando contra mis costillas con tal fuerza que temí que ellos pudieran escucharlo desde la habitación. Sentí un vuelco en el estómago, una mezcla de profunda sorpresa y, para qué negarlo, un estremecimiento eléctrico que me recorrió el cuerpo entero. Mis pezones, rozando la tela de mi blusa de oficina, se endurecieron al instante. Una humedad cálida y repentina comenzó a abrirse paso entre mis muslos, recordándome que, a pesar de mis cincuenta años y mi larga abstinencia, seguía siendo una mujer de carne y hueso, sensible al estímulo más prohibido.

Giré la cabeza despacio, asomando apenas un ojo hacia la rendija de la puerta. Desde mi posición no podía ver la cama por completo, pero alcancé a percibir el movimiento de las sombras en la pared y el sonido inconfundible de la ropa de Elizabeth cayendo al suelo con un susurro suave. El aroma del perfume de mi hija, mezclado con un olor más denso, sudoroso y puramente masculino, flotaba en el ambiente, haciéndome tragar saliva con dificultad.

-No sabes lo rica que te has puesto... siempre me ha sorprendido cada vez más nalgona mi vieja -continuó la voz del compadre, seguida de un jadeo pesado-. Cada vez que te veo me alegra tanto... y me pones tan vergon que te quiero Montar rico.

-Me gusta que digas eso por qué sabes que mami es comelona como dices tu -respondió ella, y escuché una risa suave, contenida, que se ahogó de inmediato. Luego, el silencio de las palabras dio paso a un sonido húmedo, rítmico, constante. Un chasquido blando que delataba una felación entusiasta y entregada.

Me tapé la boca con la mano, ahogando un jadeo de pura impresión. En mi mente se dibujó la escena con una claridad espantosa y fascinante: mi hija, la niña buena que se desvivía por su trabajo y su pequeña, arrodillada en la alfombra o al borde del colchón, entregada por completo a los deseos de un hombre que le doblaba la edad, un hombre que se suponía debía protegerla bajo un rol espiritual y familiar. Me imaginé los dedos gruesos de mi compadre enredados en el cabello oscuro de Elizabeth, guiando su cabeza, mientras ella saboreaba esa masculinidad prohibida con la devoción de una profesional del placer.

El morbo de la situación se apoderó de mí como una droga de efecto rápido. Sabía que debía dar la vuelta, ponerme los zapatos, salir de la casa y pretender que nunca había regresado temprano. Era lo correcto, lo que una madre decente y una comadre respetable haría para salvar las apariencias y evitar una tragedia familiar. Pero mis pies parecían clavados al suelo del pasillo. El calor en mi vientre se intensificó, volviéndose un pulso constante que me exigía quedarme, escuchar más, consumir cada detalle de esa traición oculta.

Me acomodé mejor contra la pared, cuidando de no hacer el menor ruido con mi falda. Cerré los ojos por un segundo, asimilando la inmensidad del secreto que acababa de caer en mis manos. Elizabeth no era una santa. Su madurez física, esas curvas imponentes que yo tantas veces le había visto disimular con ropa holgada, estaban siendo aprovechadas al máximo en la clandestinidad de mi propio hogar. Y lo peor, o quizás lo más excitante, era que el hombre que la poseía era alguien tan cercano a mí, alguien cuyos comentarios casuales sobre el clima o la política ahora cobraban un sentido completamente oscuro y retorcido.

Los sonidos húmedos continuaron durante unos minutos que se me antojaron eternos, puntuados por los gruñidos de satisfacción del hombre y los suspiros ahogados de mi hija. Cada ruido se clavaba en mi imaginación, expandiendo los límites de lo que yo creía posible en esa casa. Estaba atrapada en el umbral de su secreto, devorada por una curiosidad que ya no tenía freno y por un deseo reprimido que, tras años de letargo, acababa de despertar con una fuerza violenta y destructiva.

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