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Portada de la novela Cenizas del Trono de Escamas

Cenizas del Trono de Escamas

El reino de Valerion se desmorona ante la Peste de Plata, una enfermedad que convierte en piedra a los dragones y consume la magia. Para salvar su legado, el heredero al trono se alía con una proscrita de artes oscuras. En su viaje a los Picos de Ébano, el príncipe halla una verdad cruel: la gloria de su estirpe nace del cautiverio de las bestias. Ahora debe decidir si preservar su poder o liberar a los dragones, renunciando a su corona y esencia.
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Capítulo 3

Siguió caminando a lo largo del flanco del dragón, inspeccionando las alas plegadas. Mañana era el Vuelo de Ceniza, la exhibición anual donde la realeza recordaba al pueblo y a los reinos vecinos quién tenía el poder de fuego. Pyroth tenía que estar impecable.

Aeric sacó un cepillo de cerdas de acero de su cinturón y comenzó a raspar el hollín acumulado entre las escamas del hombro. Era un trabajo duro, físico, que le permitía olvidar las intrigas de la corte. Raspó con fuerza, limpiando la suciedad de los últimos entrenamientos.

El rojo carmesí de las escamas brilló bajo la suciedad removida. Aeric sonrió, satisfecho. Continuó hacia la base del ala derecha, donde la membrana se unía al músculo dorsal.

Entonces su mano se detuvo.

El cepillo se enganchó en algo rugoso. No era la suavidad lisa y caliente de la escama sana. Era algo áspero, frío.

Aeric se acercó, entrecerrando los ojos en la penumbra.

-Luz -murmuró, chasqueando los dedos. Una pequeña esfera de luz mágica, no más grande que una luciérnaga, brotó de su pulgar. Era un truco simple, magia de niño, pero le costó un ligero pinchazo de dolor de cabeza, el precio habitual por alterar la realidad.

Acercó la luz a la zona. El aliento se le congeló en la garganta.

Allí, en medio del mar de escamas rojas y vibrantes, había una mancha. Era del tamaño de su mano. Las escamas en esa zona habían perdido su color, volviéndose de un gris pálido y enfermizo, casi plateado. Pero lo peor no era el color. Era la textura.

Aeric la tocó con un dedo tembloroso. Estaba fría. Muerta. Parecía piedra pómez en lugar de piel de dragón. Y en los bordes de la mancha, la infección parecía estar reptando, devorando el rojo vivo con venas de plata muerta.

La Peste de Plata.

Aeric retrocedió un paso, dejando caer el cepillo. El ruido metálico resonó en la caverna como un disparo.

Pyroth se sacudió, levantando la cabeza bruscamente, alertado por el miedo repentino que emanaba de su jinete a través del Vínculo. El dragón emitió un gruñido interrogativo, girando el cuello para ver qué había asustado al humano.

-No... -susurró Aeric, el pánico cerrándole la garganta-. No puede ser.

Había oído los rumores. Los susurros en los pasillos de los sirvientes, las historias de dragones menores en los puestos fronterizos que simplemente dejaban de volar, cuyas alas se convertían en estatuas de piedra mientras aún respiraban. Decían que era un mito, una historia para asustar a los niños. El Consejo Real había negado su existencia una y otra vez.

"Los dragones son eternos", decía su padre. "La magia de Valerion no se enferma".

Pero allí estaba. La prueba irrefutable bajo la luz mágica de Aeric. Una necrosis mágica devorando al ser más poderoso del mundo.

Si Pyroth estaba enfermo, el Vuelo de Ceniza sería un desastre. Si Pyroth no podía volar, la fuerza de Valerion era una farsa. Y si el Consejo descubría esto...

Aeric recordó la mirada fría de Lord Varek, el Consejero Real. Recordó las nuevas máquinas de asedio que Varek había estado diseñando, máquinas que no necesitaban comida ni descanso. "El futuro es la eficiencia, Alteza", solía decir con esa sonrisa que nunca llegaba a sus ojos.

Si descubrían que Pyroth estaba infectado, no intentarían curarlo. Lo sacrificarían. Lo descartarían como una espada rota.

El sonido de los engranajes de la puerta principal girando sacó a Aeric de su parálisis. Alguien estaba entrando.

Aeric miró la mancha plateada. Era demasiado visible. Si alguien se acercaba, si los Maestros de Bestias venían a preparar a Pyroth...

-¡Abajo! -ordenó Aeric, empujando mentalmente a través del Vínculo con una intensidad que sorprendió al dragón.

Pyroth, confundido pero obediente a la urgencia del Vínculo, bajó el ala, cubriendo su flanco.

La puerta principal se abrió con un gemido de metal. Un grupo de hombres entró, sus antorchas proyectando sombras largas. Al frente iba el Maestro de las Bestias, un hombre corpulento con cicatrices de quemaduras en la mitad de la cara, seguido por dos ayudantes que cargaban cubos de aceite para pulir las escamas.

-Alteza -gruñó el Maestro, haciendo una reverencia torpe-. Llegáis temprano. Tenemos que preparar al Grande para mañana.

Aeric se interpuso entre los hombres y el flanco derecho del dragón. Su corazón martilleaba contra sus costillas, pero forzó a su rostro a adoptar la máscara de arrogancia aburrida que había perfeccionado durante años en la corte.

-Hoy no, Gorm -dijo Aeric, cruzándose de brazos-. Pyroth está irritable. Casi me arranca un brazo hace un momento. Dejadlo descansar.

Gorm frunció el ceño, mirando al dragón. Pyroth, captando la tensión de Aeric, soltó un bufido de humo negro hacia los recién llegados, mostrando una hilera de dientes del tamaño de dagas.

-Pero, Alteza, el protocolo... El Rey quiere que brille como un sol.

-El Rey quiere que su dragón no se coma a los domadores antes del desfile -cortó Aeric, dando un paso adelante, usando su altura y su rango como arma-. Yo me encargaré de cepillarlo mañana al amanecer. Ahora, fuera.

Gorm dudó. Sus ojos recorrieron la caverna, buscando algo fuera de lugar. Por un segundo, su mirada se detuvo en el cepillo tirado en el suelo, y luego en la postura defensiva del príncipe.

-Como ordenéis, mi príncipe -dijo finalmente Gorm, aunque la sospecha brillaba en sus ojos-. Pero si la bestia no está lista, será vuestra cabeza la que ruede ante el Consejo, no la mía.

-Que así sea.

Los hombres se retiraron. Cuando la puerta se cerró de nuevo, Aeric dejó escapar el aire que había estado reteniendo. Se giró hacia Pyroth, quien lo miraba con una intensidad antigua y profunda. El dragón sabía que algo estaba mal. Podía oler el miedo en el sudor de Aeric.

Aeric volvió a levantar el ala del dragón. La mancha plateada parecía haber crecido, aunque quizás solo era su imaginación. Apoyó la frente contra las escamas calientes y sanas del cuello de la bestia.

-Te sacaré de aquí -prometió al vacío de la caverna-. No sé cómo, ni a dónde, pero no dejaré que te conviertan en piedra.

Pyroth respondió con un suave ronroneo, pero bajo la calidez, Aeric sintió el frío de la escama plateada irradiando como un tumor de hielo. El reloj de arena se había roto, y la arena se estaba acabando. Valerion dormía sobre un secreto, y Aeric acababa de despertar.

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