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Portada de la novela Cegado por un Ángel Falso

Cegado por un Ángel Falso

Sofía, una bailarina de gran fortaleza, se ve obligada a contraer matrimonio con un heredero que permanece en coma para salvar el legado familiar. Por años, ha tolerado el maltrato de Mateo, el guardaespaldas paterno que la desprecia mientras idolatra a Isabela. Convencido de que su hermanastra es la mujer del vestido rojo que marcó su pasado, él la humilla sin piedad. Tras tanto dolor, Sofía huye, justo cuando Mateo descubre su gran error.
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Capítulo 2

"Me casaré con él".

Mi voz sonó firme en el despacho de mi padre, cortando el pesado silencio que olía a vino viejo y a derrota.

Fernando Valdepeñas, mi padre, levantó la vista de sus papeles. Sus ojos, una vez llenos de orgullo, ahora solo reflejaban cansancio.

"Sofía, ¿estás segura?"

Asentí, sin emoción.

"Acepto el matrimonio con Alejandro de la Torre. Acepto casarme con un hombre en coma para salvar esta bodega".

Él suspiró, una mezcla de alivio y culpa.

"Es lo mejor para la familia".

"No", lo corté. "Es lo mejor para ti. Pero lo haré. Con dos condiciones".

Sus cejas se arquearon.

"Primero, quiero el sesenta por ciento de las acciones de la bodega. El control mayoritario. Es el legado de mi madre, y no lo dejaré en tus manos".

Su rostro se contrajo de dolor, pero asintió. Sabía que no tenía otra opción. La bodega Valdepeñas se hundía.

"¿Y la segunda?"

Tragué saliva. El nudo en mi garganta se sentía como una piedra.

"Reasigna a Mateo. Que deje de ser mi guardaespaldas. Envíalo a proteger a Isabela".

Mi padre me miró, confundido.

"¿A Isabela? ¿Por qué? Mateo es el mejor..."

"Precisamente", dije, mi voz un hilo de hielo. "Ella es tu favorita. Merece lo mejor, ¿no? Yo me voy, ya no lo necesitaré".

Era mi forma de cortar el último lazo. Mi intento desesperado de arrancarme el corazón antes de que me lo terminaran de romper.

Mi padre no discutió. En su mente, yo era solo un sacrificio necesario. Su verdadera preocupación siempre fue Isabela, su hija ilegítima, el recordatorio viviente de su infidelidad. La misma infidelidad que, indirectamente, mató a mi madre. Él creía que protegiendo a Isabela, expiaba su culpa.

Sentí un temblor en mi mano y la apreté en un puño para detenerlo. Tenía que ser fuerte. Ya no más debilidad.

Salí del despacho y caminé por los pasillos de la finca, el lugar donde crecí. Me detuve junto a la ventana que daba a los establos.

Y allí estaban.

Mateo, mi amor secreto, el hombre por el que mi corazón latía de forma estúpida, le estaba arreglando una flor en el pelo a Isabela. Su toque era suave, sus ojos llenos de una ternura que nunca me había dedicado a mí.

Isabela, con su vestido de colores pastel y su expresión de santa, le sonreía.

"Gracias, Mateo. Eres tan bueno conmigo".

El dolor me golpeó, agudo y familiar. Era una herida que nunca cerraba.

Durante tres años, había intentado todo para que Mateo me viera. Le llevaba agua fría cuando trabajaba bajo el sol como capataz de la ganadería. Aprendí a curar heridas para atender sus rasguños. Bailé flamenco para él en las fiestas, con la esperanza de que viera la pasión en mis ojos.

Pero él solo veía a Isabela. La "pura" e "inocente" Isabela.

Mi mente voló a la noche de la feria de Jerez. Mi padre me había presentado a su hija bastarda, Isabela Reyes. Una chica de apariencia frágil que se escondía detrás de él. Ese mismo día, mi soledad se hizo más profunda. Mi padre tenía una nueva hija a quien adorar.

Y Mateo también.

Recordé una noche, borracha de vino y de celos, cuando lo confronté.

"¿Por qué ella? ¿Qué tiene ella que no tenga yo?"

Él me miró con desprecio. Su voz fue como un latigazo.

"Ella es pura. Es un ángel. Tú, Sofía, eres solo la hija mimada del jefe. Ruidosa y problemática. Nunca serás como ella".

Esa noche entendí que mi amor era una causa perdida.

Ahora, viéndolos juntos, la herida se abrió de nuevo, más profunda que nunca.

Pero esta vez, la ira reemplazó al dolor.

Ya basta.

Se acabó.

Con una determinación fría, salí de mi escondite y caminé directamente hacia ellos.

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