
Cegado por un Ángel Falso
Capítulo 3
"Mateo".
Mi voz fue tranquila, pero cargada de autoridad.
Ambos se giraron, sorprendidos. Mateo retiró su mano del pelo de Isabela, pero su rostro permaneció impasible, como si no lo hubiera pillado en un momento íntimo.
Isabela, en cambio, bajó la mirada, fingiendo timidez.
"Señorita Sofía".
La voz de Mateo era grave y distante. Siempre lo era conmigo.
"Mi padre ha aprobado mi petición", anuncié, mirándolo fijamente a los ojos. "A partir de mañana, serás reasignado. Tus servicios ya no son necesarios para mí".
Él no parpadeó.
"¿A dónde voy?"
"Protegerás a Isabela. Será tu única responsabilidad".
Una chispa de algo, ¿sorpresa? ¿alivio?, cruzó su rostro por una fracción de segundo. Luego volvió a su máscara de indiferencia.
"Como ordene la señorita".
Pero yo lo vi. Vi el sutil cambio en su postura, la forma en que su mirada se desvió instintivamente hacia Isabela. Era toda la confirmación que necesitaba.
Me di la vuelta sin decir una palabra más y me dirigí al coche que me esperaba.
El viaje a Sevilla fue silencioso. Normalmente, yo habría llenado el silencio con conversaciones triviales, intentando desesperadamente que me prestara atención. Hoy, no dije nada. Miré por la ventana, viendo pasar los campos de olivos, sintiendo cómo mi corazón se convertía en una piedra.
Llegamos a la calle Sierpes, el corazón comercial de Sevilla. Tenía que comprar mi ajuar de novia, la dote para un matrimonio que era una farsa.
Mientras entraba en la boutique más exclusiva, escuché una voz dulce detrás de mí.
"¡Sofía, espérame!"
Era Isabela. Corría hacia mí, con su aire de fragilidad.
"Papá dijo que venías a Sevilla y pensé en acompañarte. Espero no molestarte".
Antes de que pudiera responder, Mateo ya estaba a su lado, abriéndole la puerta de la tienda con una solicitud silenciosa en sus ojos.
"Isabela se asustó con un perro en la calle", explicó Mateo, su tono protector. "Pensé que sería mejor que entrara".
Rodé los ojos. Siempre una excusa. Siempre la víctima.
"No te preocupes, Mateo", dijo Isabela con voz temblorosa. "Estoy bien. Sofía, no te enfades con él. Solo quería asegurarme de que no estuvieras sola".
Era una maestra. Sabía exactamente qué botones tocar para ganarse la simpatía de Mateo y hacerme quedar a mí como la mala.
"No estoy enfadada", dije, mi voz cortante. "Simplemente no tengo tiempo para juegos. Estoy aquí para comprar lo que necesito".
Me volví hacia la dependienta.
"Quiero ver los mejores trajes de flamenca que tengan. Y los vestidos de noche. No importa el precio".
Era el dinero de la dote de los De la Torre. Podía gastar lo que quisiera.
Isabela observaba desde un rincón. Cuando vio un espectacular vestido rojo de volantes, sus ojos brillaron de envidia.
"Ese es precioso", susurró. "Pero debe ser muy caro. Yo nunca podría permitirme algo así".
La dependienta, al oírla, me miró con desdén y luego a Isabela con simpatía.
Justo cuando iba a pedir que me lo envolvieran, el gerente de la tienda apareció de repente, corriendo hacia Isabela con una reverencia.
"Señorita Reyes, perdone nuestra ignorancia. No sabíamos que vendría".
Isabela parecía confundida. Yo también.
"Un benefactor anónimo ha llamado", continuó el gerente, su voz llena de asombro. "Ha ordenado que toda la nueva colección, absolutamente todo lo que hay en esta tienda, sea para usted. Como un regalo".
Un silencio cayó sobre la tienda.
Isabela se tapó la boca, sus ojos se abrieron de par en par en un acto de sorpresa perfecta.
Mi corazón se detuvo. Miré a Mateo, que estaba de pie junto a la puerta, observando la escena. No mostraba ninguna sorpresa.
Y entonces lo supe.
El benefactor anónimo. El poder invisible que le daba a Isabela todo lo que deseaba mientras a mí me humillaba.
Era él.
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