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Portada de la novela Cautiva del Alfa

Cautiva del Alfa

Tras ser traicionada por su esposo y despojada de su corona, una reina omega de sangre pura languidece en una celda. Sus hijos, decididos a salvarla, suplican la ayuda del alfa que lidera a sus enemigos. El guerrero acepta el rescate, pero impone una condición innegociable: ella deberá someterse a él totalmente. Aunque juró no volver a pertenecer a ningún hombre, ahora se debate entre recuperar su libertad o ceder ante la pasión del hombre que la reclama.
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Capítulo 3

Días antes

Noa miró sobre su hombro mientras corría, a toda velocidad, por el pasillo, cuidándose de su perseguidor. Los pulmones se le apretaban en busca que aire mientras su cabello marrón se alborotaba sobre sus ojos.

Dobló la esquina esquivando una mesa cuando el olor de su enemigo estaba detrás de él. Su cabeza era un torbellino como para pensar en un plan. Lo sentía tan cerca, pero dónde, no era a su espalda. No podía permitir que lo agarraran, no ahora.

Una figura más alta se cruzó por el camino. Noa se detuvo en seco y tensó sus músculos. Tenía que escapar, tenía que...

-Noa, desgraciado, cuando te atrape ya verás lo que te haré-

Una risa molesta salió de la boca de su hermano mayor que aún mantenía puesta la camisa manchada por algún líquido viscoso resultado de alguna broma.

-Eso es si me atrapas-

Alan frunció el ceño sabiendo que por más rápido que corriera nunca atraparía a su hermano, pero reconocerlo, eso jamás.

Un guardia que obstaculizaba el camino se giró hacia un lado dejando el camino libre a los dos príncipes que retomaron la acostumbrada persecución semanal. Quien viera la escena se reiría. Para su edad eran aun unos cachorros. Alan tenía 45 años pero apenas aparentaba 25 o 26 en términos humanos mientras su hermano, 38 y podía pasar por un adolescente. Y era lógico, los lobos alcanzaban su madurez cerca de los 50 años.

Noa dobló por varios pasillos sin aminorar el paso. Era un lobo pequeño pero ágil como pocos y aunque el mayor no se quedaba atrás, le faltaban las neuronas necesarias para superarlo.

Tal vez estuvieron una hora más así, no lo supieron. Dejaron caer sus cuerpos agotados y acalambrados por el intenso esfuerzo físico y con las panzas planas y duras rugiendo por un buen trozo de comida. Estaban seguros que serían regañados por su padre por el jaleo dentro de la mansión principal de la manada, pero les importaba lo mismo. Su padre no les prestaba tanta atención como para saber que estaban vivos, a veces ni se acordaba de sus nombres. Y Catalina y Nicolás tampoco escapaban de ese patrón.

Nicolás era el segundo hermano, después de Rodrigo, el primogénito y favorito del alfa. Era el más tranquilo de los cinco y siempre estaba cuidando a Cat, su hermanita menor y el amor de todos ellos, y aunque no se parecía en nada a su padre, mantenía rasgos en común con ellos como el cabello chocolate, y se excluían sus dos grandes ojos violáceos, cuando los de los machos de la familia se mantenían entre el color avellana y verde. Incluso el alfa había sospechado de la procedencia de ella pero el olor delataba, no importaba su físico.

Ellos cinco tenían un olor característico, que cualquiera externo a la familia sabría que estaba relacionados consanguíneamente. Así como de quien eran hijos por parte de madre y padre.

Ahora la pregunta del siglo y el tema tabú en la manada. ¿Quién era la madre? Ninguno lo sabía y su padre le cortaría la lengua al que osara mencionar el tema.

Solo era conocido que Rodrigo fue concedido por el vientre de la difunta reina, pero esa historia se había degradado con el tiempo. Ahora ya nada quedaba sobre la extraña loba. Como si nunca hubiera existido. Existían rumores que estaba viva pues todos los hermanos olían igual, pero el alfa negaba una y otra vez alegando que pertenecían a madres diferentes, y nadie era capaz de replicarle.

Noa se incorporó del suelo acomodándose la ropa y le extendió la mano a Alan.

-Volvamos, es casi hora de la comida y tenemos que cambiarnos. A padre no le gustara nuestras fachas-

-Ni que estuviera tan pendiente de nosotros-

-Alan- lo reprendió, con ellos los papeles estaban invertidos- Y tu hueles horrible, y más ahora que estas sudado-

-¿Qué? ¿Te gusta? ¿Quieres un abrazo?- abrió los brazos pero su hermano se agachó esquivándolo y se apartó.

-No más juegos por hoy, paz entre hermanos-

-No quiero oír eso de la persona que arruinó mi camisa favorita- Alan adoraba al chico por más que le hiciera cosas. Siempre estaban juntos al cuidado de Nicolás. Ahora el lobo mayor no tenía mucho tiempo para estar con ellos, tenía que hacer huecos en su agenda de mamá sustituta y ama de casa para atenderlos. No le reprochaban nada, gracias a él es que se mantenían en aquellas frías paredes.

Caminaron de vuelta cuando oyeron, a lo lejos, el grito agudo de su padre y un fuerte golpe sobre la mesa.

-¿Qué hizo qué?-

Los hermanos se arrodillaron en una esquina apartada pensando que había sido sobre ellos. A la distancia que estaban podían oír todo por su oído bien desarrollado y con el olor que tenía Alan sería imposible que los detectaran. Ralentizaron su respiración para ocultar su presencia. Si su padre los iba a regañar o castigar era mejor saber cómo seria.

-Lo siento alfa, pero al parecer no puede mantenerlo más tiempo dentro-

Otra persona lo acompañaba. Sonaba angustiada y temerosa.

-No me importa el método, no puede perderlo-

-Eso podría hacer que su vida peligre-

Sintieron pasos en el piso, su padre se había levantado de donde estaba.

-Te pago muy bien para mantenerla con viva y dándome cachorros para consumir su sangre cuando sean adultos. Dale medicamentos, opérala, cósele las piernas, pero no puede morir el cachorro-

Noa se pegó a su hermano con un ligero temblor. Eso no podía ser. Sus oídos lo estaban engañando. Sabía que su padre era cruel, pero aquello superaba las expectativas, como era posible que le hiciera algo así a alguien, incluso fuera un enemigo.

-Al menos podía mandarla para un lugar mejor. Las mazmorras no son el mejor para su barriga y las condicione...-

-Cállate. Tu trabajo es atenderla como doctor, yo decido donde tiene que estar. Y recuerda- la voz de su padre bajo tanto que les costó trabajo escuchar- Nadie puede saber que la antigua reina de esta manada está viva. Entendiste-

Alan miró a Noa con la misma expresión de terror. Aquello se estaba descontrolando. Había mencionado a la reina, la única lobaque había dirigido la manda sin tener los genes de alfa. La esposa del actual líder. Si sus palabras eran ciertas, todo lo que les habían contado era una vil mentira.

Ambos asintieron con la cabeza. Tenían que descubrir lo que ocurría en aquella mansión.

Caminaron hacia atrás con cautela sin hacer ruido, si su padre se enteraba que tenían esa información de seguro los mataría. Se alejaron, pero antes de girarse para volver a sus cuartos una mano cayó sobre el hombro de Alan.

-¿Qué hacen aquí?-

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