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Portada de la novela Casi Perfecto

Casi Perfecto

Madison es una abogada comprometida que ignora que su vida cambiará tras conocer a Enko Bogoloski. Este letal asesino finge ser el hombre perfecto para seducirla, ocultando un origen oscuro donde la felicidad es imposible. Entre mentiras y riesgos mortales, él sufrirá la traición de la mujer que ama. El conflicto estalla cuando ella descubre su identidad: ¿podrá Madison perdonar a quien la tortura y pone en peligro su existencia tras caer su máscara?
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Capítulo 2

—Madison despierta, llegó el strippers que solicité —el grito de su mejor amiga, Jess la sacó de su sueño.

—¿De qué estás hablando?— preguntó medio dormida.

—Hay un Dios griego en la puerta buscándote.

—Ya deja de balbucear, Jess.

—Amiga que debes despertar, alguien te busca. Apresúrate, te está esperando en la sala.

—¿Quién?

—¡No lo sé! —gritó y salió corriendo de la habitación.

¿Quién demonios podría ser que Jess no conociera? Literalmente toda la vida social que tenía, eran conocidos de Jess.

Se levantó, se miró al espejo, recogió su cabello en una cola de caballo y sacudió sus mejillas un poco para no parecer recién despierta y salió a recibir a su visita.

 Jess la esperaba afuera con una menta que introdujo en su boca de golpe y le dió un impulso hacia la sala.

— ¡Ve pronto!

¡Pero qué escándalo!, Para su sorpresa era aquel chico de la parada de autobuses. Agradeció mentalmente a su amiga por la menta.

El chico iba vestido de negro nuevamente, pero no llevaba lentes ni gorra esta vez. Su cabello era tan negro como su ropa, y sus mejillas lucían un color que dejaba  claro que llevaba mucho sol.

—Hola, lamento despertarte —dijo el chico apenas la vió y sonrió.  —. No pensé que una abogada despertara tan tarde en sábado —dijo mirando su reloj que marcaban las 10:30 am.

—¿Cómo sabes que soy abogada? Creo que no lo mencioné. Y no solo eso... ¿Acaso me seguiste? ¿Cómo llegaste a mi casa?

—Buenos días también para ti Madison —dijo acortando la distancia entre ellos—, pero comprendo. El chico desconocido que viste en la parada de autobuses de pronto está en tu departamento, es extraño. Sin embargo, tengo una buena excusa que me salvará de que no llames a la policía.

  Sacó debajo de su brazo la Ilíada  y buscó entre las páginas.

—Olvidaste esto cuando cayó tu bolso —dijo extendiendo su mano hacia ella ofreciéndole una tarjeta.

Madison la tomó y vió que era su identificación. «Definitivamente soy una estúpida» se declaró.

—¡Oh! Muchas gracias, no te hubieras molestado.

—No era ninguna molestia —sonrió dejando al descubierto un hoyuelo en su mejilla izquierda. «Eso no estaba allí anoche» pensó Madison, o tal vez si, no se había percatado.

—Además, tenía que venir a asegurarme de que el taxista no te hubiera secuestrado —bromeó.

 De pronto Madison notó que parecía otra persona, ya no estaba tenso ni serio. Ahora este chico sonreía y se mostraba amable, y por un momento su corazón se aceleró.

—Lindo panda, por cierto —dijo mirándola de arriba abajo—,  en definitiva el blanco es tu color favorito ¿verdad?

Madison se percató de que llevaba puesto su pijama de traje completo de panda. ¿Por qué siempre se humillaba frente a él?

—¡Caray! No noté que llevaba puesto esto, que vergüenza —dijo cubriendo su cara.

—No hay por qué avergonzarse, creo que le haces justicia a los lindos y fieros pandas—se burló— . Soy Enko, por cierto —dijo ofreciendo una mano que ella estrechó.

—Un gusto Enko, soy Madison. Agradezco nuevamente por que hayas traído mi identificación, en definitiva a veces soy una torpe.

Ambos rieron.

—Yo también me quiero reír, compartan el chiste por favor —dijo Jess apareciendo de pronto con su gran sonrisa.

—Oh, Enko, esta es mi amiga Jess, Jessica, pero todos le decimos Jess.

—Tú también puedes llamarme así Enko, es todo un gusto.

—El gusto es mío, no me esperaba encontrarme está mañana con dos osos fieros —bromeó de nuevo mirando el conjunto de cuerpo completo de Jess de un oso de polar.

—Si bueno, que te digo Enko... Anoche fue noche de locas —dijo rodeando con el brazo a su amiga.

Madison cubrió su rostro en vergüenza. En definitiva, Jess no sabía comportarse frente a un chico. Bueno, ella era ingenua si esperaba que su amiga se comportara alguna vez en su vida, a veces dudaba de que también fuera abogada.

—No le hagas caso, Enko —dijo quitando el brazo de su amiga de encima—  de nuevo te agradezco que hayas sido tan amable en devolver mi identificación. En agradecimiento, si quieres puedo prepararte un café ¿Te apetece?

—Por supuesto, aún está temprano. —sonrió.

—Ups, creo que eso no se va a poder —intervino Jess—, el último poco de café que quedaba lo usamos haciéndonos una mascarilla anoche.

Enko rió a carcajadas.

—¡Vaya! Realmente fue una noche loca.

 Madison se sentía tan avergonzada. ¿Qué estaba pagando ella que estaba siendo avergonzada por el universo constantemente?

—Bueno, Enko... Creo que sí ambos quieren tomar café deberías invitarla a tomar uno afuera —insinuó Jess.

Madison le dedicó una mirada taladrante a su amiga por su atrevimiento. Siempre la metía en este tipo de situaciones. La amaba, pero la odiaba por eso.

—Creo que es una gran idea Jess. Si Madison quiere, claro.

—Sabes, creo que es una buena idea, necesito un respiro de ella y su noche loca —Jess fingió estar ofendida—, pero yo invito. Al final soy yo la que está agradecida.

—Entonces acepto la invitación.

—Dame un momento para arreglarme, ya vuelvo —se excusó seguido de dirigirse a su habitación.

Madison y Enko estuvieron hablando todo el rato, conociéndose un poco. Él se burló de ella cuando le dijo que era fan de la música instrumental.

—¿En qué parte de la canción cantas? —se burló.

—Eso es lo genial, es el momento de callar y dejar que la melodía nos haga sentir. Es hermoso.

—Por supuesto —dijo poniendo cara seria—, yo me la paso escuchando todo el tiempo los rins de mi teléfono —rió.

Madison dió un pequeño golpe juguetón a sus costillas pero por un momento vió en su rostro dolor. Sabía que no lo había golpeado fuerte, debía estar bromeando.

—Bueno bueno, dejemos de burlarnos de mi por un momento —dijo dando un último sorbo a su café.

—¿Qué hay de ti?

Nuevamente, tensión en su cuerpo, pero se recuperó rápidamente.

—¿Qué quieres saber?

—Oh, ¿jugaremos a eso? —dijo Madison con picardía— ¿puedo preguntar lo que quiera? —Enko le ofreció una sonrisa en respuesta— Bien, por donde empezamos —fingió pensar—, ¿cuántos años tienes?

—Tengo treinta.

—Oh, qué alivio que no seas menor que yo. Luces más joven.

—¿Dices que tengo cara de niño? —fingió ofenderse.

—Sabes que no, pero tu piel es tan perfecta que no pareces tocar los treinta. Es bueno que no seas menor que yo.

—¿No sales con menores?

—No, pero tampoco digo que estemos saliendo.

—Me disculpo por mi atrevimiento. Pero ya que estamos... ¿Estás saliendo con alguien?

—No, no ando con nadie ni tengo novio ¿y tú?

—Lo mismo, no salgo con nadie ni tengo novio.

Madison rió.

—Y ¿novia? —El negó con la cabeza.

—Me sorprende que no estés con nadie—comentó Enko—. Los condones en tu bolso me hicieron pensar otra cosa.

Madison lo odió por hacerla recordar su vergüenza, pero entendió que estaba molestándola y miró nerviosa al rededor del café con temor de que alguien hubiera escuchado.

—¿Qué tiene de malo? Una mujer debe estar preparada también.

—¿Me estás diciendo que estás pescando un revolcón?

—¿Qué? ¡No!— negó indignada.

—Oye no te ofendas, pero me dices que no tienes novio, que no sales con nadie, y sin embargo, llevas condones contigo que imagino tienes planes de usar, si no buscas una aventura no sé qué más pensar —dijo levantando las manos en señal de rendición.

—Bueno, ya conociste a la joyita de mi amiga Jess, ella los metió en mi bolso para la "suerte".

—No te han dado mucha suerte pues, aún están allí.

—Por favor ya deja de molestarme con el asunto de los condones —dijo tapando su cara avergonzada—, me estás matando.

—Lo lamento —rió— es lindo ver cómo te sonrojas.

Madison mordió su labio inferior pero no dijo nada. Estaba nerviosa. Este apuesto chico le acaba de hacer un cumplido, se sentía como en las nubes, el chico de la estación era otro a este, en definitiva. No puedes ser un cara de culo una noche y al día siguiente un galán encantador. Sacándola de su nube de pronto sonó su teléfono.

—Lo siento, dame un momento —se disculpó y descolgó la llamada—. ¿Diga?

Enko se recostó en el  asiento y no apartó la mirada de ella. Estaba terminando su helado de café, cosa que le pareció a Madison muy infantil pero tierno de su carácter. Lo saboreaba de forma infantil igualmente, pero su mirada mientras recorría su cuerpo no era nada infantil. Sus ojos la devoraban con una pasión sofocante que no la dejaba concentrarse en la llamada, constantemente lamía sus labios mientras la miraba. Tanta era la intensidad de su mirada que ella empezó a sentirse excitada. Diablos, ¿cómo podía afectarla de ese modo solo con verla?

—¿Disculpa, qué? — Salió de pronto de su nube erótica cuando creyó escuchar algo de la persona que la llamaba.

—Sí, lo que oíste —dijo su compañera de trabajo Martha—. Anoche asesinaron al señor Farrell. No se sabe qué es lo que pasó. Al parecer alguien lo asesinó en el ascensor, le dieron un disparo en la cabeza. Lo que no se sabe es cómo pasó eso si él iba solo en el ascensor.

—Lo que dices no tiene sentido, Martha.

—Lo sé, es una locura pero es lo que es. Tú fuiste la última persona en verlo con vida. Me sorprende que la policía no te haya llamado aún.

—Me estoy enterando por tu boca. No... No puedo creerlo.

—Bueno, para que sepas. Probablemente en cualquier momento la policía se comunicará contigo. Cerraron el edificio y están haciendo investigaciones. Es terrible... Bueno, tengo que dejarte, ahora hay un montón de cosas que tengo por hacer. Adiós.

—¿Está todo bien? —preguntó Enko apenas Madison colgó la llamada.

—Si... Bueno, no. No lo sé, me acaban de decir que mi jefe está muerto. Al parecer fue asesinado tiempo después de que yo me fuera del edificio.

—Guau, lo lamento mucho.

—Esto no parece real. Él... Él estaba actuando muy extraño, por eso anoche me tuve que quedar arreglando unos papeles, pero... No lo sé, esto está raro.

—Lo siento. ¿Estás bien? Estás un poco pálida.

—Si, si... Oye, ¿tú no habrás visto algo no?

—¿Qué? ¿Qué dices?

—El edificio, el edificio frente a la parada de autobús, en ese edificio trabajo, allí mataron a mi jefe. Parece que alguien le disparó estando dentro del ascensor.

Fue el turno de Enko de quedarse pálido.

—Enko, ¿viste algo? Tú te quedaste en la parada.

—No, cuando te fuiste yo también me fui. No vi nada, poco después de tu partida ví mi teléfono y tenía un mensaje de mi amigo y entonces me fui seguido de ti. ¿Qué dice la policía?

—No lo sé, aún están investigando. Fue asesinado en el ascensor, pero no había nadie con él ahí que pudiera haberlo hecho.

Madison se quedó pensativa y consternada. Enko hizo lo mismo, pero en su caso, estaba nervioso. Había dejado un cabo suelto.

—Lo siento pero tengo que irme —se disculpó Madison al borde de las lágrimas y temblorosa.

—Está bien, entiendo —se recompuso—  déjame acompañarte a tú departamento, estás muy alterada.

Al salir del café, el silencio los invadía. Ambos estaban sumidos en sus pensamientos. Enko más que todo.

Había asesinado al jefe de la chica que le gustaba. Y ahora se estaba relacionando con ella, ella había sido testigo de su presencia en la parada de autobús, cuando la policía calculará el ángulo de donde pudo haber sido disparada la bala, corría el riesgo de ser acusado, había un testigo, ella. Ella tenía sus huellas marcadas en su identificación. Si había alguien inteligente detrás del caso, seguirían las pistas y llegarían hasta él. Nunca en sus doce años de ejercer, había cometido un error, nunca había dejado un cabo suelto. Ahora, el cabo suelto era una chica encantadora.

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