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Portada de la novela Casado con mi secretaria

Casado con mi secretaria

Oliver Anderson, un joven millonario de veinticinco años, enfrenta un ultimátum: o madura profesionalmente o perderá el control de su empresa. Para salvar su cargo, convence a su secretaria, Alexandra Carlin, de fingir un matrimonio durante medio año. Lo que surge como un pacto estrictamente comercial pronto se complica al convivir bajo el mismo techo. Entre roces constantes y una atracción inevitable, el desprecio inicial se torna en un romance inesperado.
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Capítulo 2

Mi alarma suena a las 4 a.m., David me deja un mensaje que todo está listo para mi viaje a Inglaterra, ya que no tengo secretaria él está haciendo el doble de trabajo, pero un trabajo muy bien hecho. Me pongo mis característicos trajes empresariales, sin ellos me siento que no soy yo, Rosa tiene preparada mi maleta al bajar las escaleras, me despido de ella, el chofer de la empresa me está esperando para llevarme hasta el jet.

Estoy quedándome dormido otra vez cuando llegamos, diviso mi jet con las letras «ANDERSON» a ambos costados desde leguas, es perfecto, yo no viajaría en un avión público, ni siquiera puedo pensarlo.

El viaje es bastante cansado, mientras tanto, reviso correos y busco oportunidades para invertir mi dinero, hay cosas muy interesantes todos los días. Mi día transcurre rápido, como siempre.

La reunión es más que productiva, nuevos socios, nuevas inversiones, oportunidades de negocio.

—Anderson, ¿vienes a la fiesta después? —pregunta Anthony Romanov, un empresario ruso bastante mayor, su cabello y barba grisáceos ya por la edad. Mientras tomo un sorbo de champagne, una jovencita de cabello negro y un escote muy pronunciado (que se le mira más que bien debo admitir) está tomada de su brazo.

—Claro —digo, intentando no parecer interesado en la belleza que está con él.

—Ella es mi prometida, Lauren —agrega, sonrío a Lauren extendiendo mi mano y ella la toma, sus suaves y delicados dedos junto a los míos se sienten más que bien.

Saludo a Lauren y se me queda viendo de una manera muy provocativa por el resto de la velada, sus ojos color miel destellan un brillo especial que casi me dice que me acerque a ella con sus gruesas pestañas arqueadas, el señor Romanov me invita a compartir limusina con él y su prometida para ir a la fiesta, tengo mi propia limusina, pero ir con esta belleza de Lauren a mi lado hace que considere compartir con ellos.

El señor Romanov se va a hablar con algunos socios dejándonos solos a Lauren y a mí en la gran mesa redonda de cristal, comienza a coquetearme con su mirada, solo la observo fijamente mientras tomo una copa de mi vino.

—Nunca me imaginé que Oliver Anderson fuera tan joven y atractivo —Lauren rompe el silencio luego de unos minutos de miradas coquetas entre ambos y su comentario me hace sonreír.

—Gracias, Lauren, y yo nunca me imaginé que la prometida de Romanov fuese tan bella —enarco una ceja mientras pongo mi copa de vino sobre la mesa. Ella sonríe, dejando al descubierto sus perfectos y alineados dientes blancos. La verdad, ni siquiera me imaginé que Romanov pudiese aún tener mujer.

—Señor Anderson, ¿le parece si vamos afuera? La música me tiene un poco desorientada —se pone de pie inclinándose hacia mí mostrándome su escote, bueno, ¿por qué decirle que no?

Como me imaginé, no quería solo platicar. Lauren se dirige a un baño, y yo la sigo disimuladamente, se cerciora de cerrarlo bien, me acorrala en una esquina y comienza a besarme con pasión, no voy a desperdiciarlo, la tomo de la cintura y la ubico sobre un lavamanos, esta gime de placer mientras beso su cuello y acaricio uno de sus muslos, pero este no es buen lugar para estas cosas, su prometido es un socio muy importante, no puedo arriesgarme, y sé que ella no se quiere arriesgar.

—Vamos a otra parte —murmuro en su oreja, haciéndole recorrer un escalofrío por todo su cuerpo.

Ella asiente con la cabeza, tomamos la limusina, y ni siquiera estando ahí se puede contener, si es que esta mujer es fuego puro. ¿Cómo hará el pobre Romanov con tan avanzada edad?

Llegando a mi cuarto de hotel me lanza a la cama. ¡Guau, guau! Se quita el vestido y solo en minutos está sobre mí en ropa interior, sigo su ritmo, pasa sus manos sobre mi torso y literalmente me arranca la ropa, tiene un lindo cuerpo, no es muy alta, pero su piel está muy bien ajustada a sus curvas, tiene un cuerpo perfecto que sé que Romanov ha pagado, porque… Bueno, soy hombre y puedo distinguir entre unos pechos naturales y unos pagados, estos son de los segundos.

Se despoja del resto de las prendas que aún llevaba, saco un preservativo de mi billetera, no hay forma de que me acueste con alguien sin protegerme, no quiero que luego salgan con cuentos de un embarazo o terminar con alguna enfermedad, gime fuerte cuando entro en ella, prácticamente grita con cada embestida, me ensordece, tal vez hubiese sido bueno si sus gritos no fueran tan elocuentes, creo que he quedado sordo, ni siquiera puedo dejarme ir con tranquilidad. ¡Hasta que por fin! Demonios, ya me quiero ir de aquí. Lauren queda dormida en segundos. ¡Gracias a Dios! Reviso el preservativo y me cercioro de que no hayan fallas, me pongo mi ropa, y mientras pongo el reloj en mi muñeca la observo, ya no me parece tan bonita luego de escucharla gritar tanto, me retiro, no quiero que despierte y yo siga aquí y me quiera ensordecer de nuevo y tenga que inventarme una extraña excusa. ¿Por qué es tan difícil encontrar una mujer con quien tener buen sexo? Prefiero dormir en mi jet.

Regreso a Nueva York antes de lo pensado, llamo a David para hacérselo saber, no quiero llegar y que no haya nadie en la empresa.

—David, en una hora llego a Nueva York, espero encontrarte y que hayas cumplido tu promesa —no sé cuánto dormí, pero no me importa.

—No te preocupes, ya todo está arreglado, allá te veo —bosteza. ¿Quién aún duerme a las 5 a.m.?

Mi jet está equipado para estar cómodo acá, viajo constantemente, así que tenía que conseguirme uno como este, tiene una cama como la mía, me siento en casa, baños, muebles, en fin, todo lo necesario; me ducho y me arreglo, mi bóxer y mi pantalón negro impecable, no soportaría usar algo que no esté bien planchado, abotono mi camisa blanca hasta arriba y coloco mi corbata rojo vino mientras preparo un informe de lo hablado en Inglaterra. Al arribar, el chofer me está esperando. Entro a la limusina y vamos hacia la empresa, coloco mi saco perfectamente planchado antes de salir del vehículo.

Entro y veo a todos correr de un lado a otro, amo esa sensación; subo a mi elevador personal y llego al piso de mi oficina, veo a David con el traje gris que le regalé en su último cumpleaños, me saluda de largo mientras hace una mueca de que me acerque, está parado al lado de una joven rubia que mantiene su mirada sobre unos papeles, la miro con desconcierto, no la he visto antes por acá; bueno, no conozco a la mayoría de mis empleados, pero una mujer así creo que no pasa desapercibida.

Llego hasta David y lo saludo.

—Señor Anderson, ella es Alexandra Carlin, su nueva secretaria —David vuelve su mirada a la rubia al lado de él.

Ella levanta la vista y me mira con sus grandes ojos verdes, su mirada casi me emboba, y eso que lleva lentes, no conozco muchas mujeres que luzcan tan bien con lentes, su cara y piel tan finas, parece una muñeca de porcelana, viste con pudor, lleva unos simples pantalones negros y una blusa blanca con cuello alto que a cualquier mujer haría ver como una señora amargada, pero ella parece una diosa. Su cabello rubio con rizos largos, un poco despeinado, pero un lindo despeinado. ¡Maldita sea! ¿Hay mujeres que se miren bien despeinadas? Sí, ella. La observo de pies a cabeza...

Esto no debe ser cierto.

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