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Portada de la novela Casado con mi secretaria

Casado con mi secretaria

Oliver Anderson, un joven millonario de veinticinco años, enfrenta un ultimátum: o madura profesionalmente o perderá el control de su empresa. Para salvar su cargo, convence a su secretaria, Alexandra Carlin, de fingir un matrimonio durante medio año. Lo que surge como un pacto estrictamente comercial pronto se complica al convivir bajo el mismo techo. Entre roces constantes y una atracción inevitable, el desprecio inicial se torna en un romance inesperado.
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Capítulo 1

El sonido del aparato sobre mi mesa de noche me despierta, aún adormilado extiendo mi mano para lograr apagarlo, luego de tres intentos lo logro, maldita alarma —digo en mis adentros—. Cómo deseara quedarme dormido todo el día, pero tengo cosas más importantes que hacer que holgazanear, las 5 a.m., la hora perfecta para recorrer unos cuantos kilómetros, para relajarme y sacar todo el estrés que me causa ser yo, Oliver Anderson, además, tengo que mantener mi cuerpo, mis abdominales marcados no están ahí por holgazán.

Tomo mi celular, llamo a David, mi compañero de ejercicio, a él también le gusta mantenerse en forma, aunque algunas veces a regañadientes, como hoy.

—David, alístate, paso por ti en 10 minutos —digo, apenas descuelga, ya me he levantado de mi cama y busco algo que ponerme en mi armario.

—Oliver... ¿Qué tal si vamos mañana? —su voz ronca y adormilada me decepciona.

—Ya te lo dije, 10 minutos.

Dicho esto, cuelgo la llamada, me visto con mi buzo gris y calzo mis tenis. David sabe que, para mí, 10 minutos son 10 minutos; salgo de mi casa y camino hasta la casa de David que está a unos cuantos metros de la mía. Este es un lugar tranquilo a las afueras del congestionado Nueva York. Amo vivir aquí.

En menos de 10 minutos llego a la casa de David, mi mejor amigo desde los diez años. Su padre solía ser el chofer de mi padre, muy buenos amigos hasta que el señor Schmitt murió 10 años después. Aunque la universidad nos separó, él estudió Finanzas en Yale, mientras yo estudié Administración de Negocios en Harvard; luego de terminar la universidad, le ofrecí el trabajo de ser el gerente general de mi empresa y debo admitir que no me arrepiento de esa elección.

David sale con la cara más amargada del mundo, con el ceño fruncido, su cabello rubio alborotado y sus ojos hazel más pequeños de lo normal, su barba desarreglada, me mira mientras pone el gorro de su suéter.

—Te odio, maldito Anderson —dice mientras baja los escalones de la puerta principal de su casa—, te deseo que algún día te enamores.

—Mejor mátame, vamos, apresúrate.

Comenzamos a correr, mmm... Qué lindas chicas, dos jovencitas bien tonificadas pasan al lado nuestro con una mirada seductora, sonrío, tal vez debería salir con una de ellas, quizás la rubia, o tal vez debería salir con ambas. David también las mira, es que es imposible no verlas.

Mi celular suena, me detengo unos momentos para contestar, mientras David continúa.

—Buenos días —digo, al descolgar.

—¿Oliver? ¿Oliver Anderson? —una voz de mujer se oye en la otra línea.

—Sí… ¿Quién habla? —contesto vacilando, ni idea de quién pueda ser.

—Soy Meredith —dice, con un tono seductor en su voz. Ahh, esa voz sí la recuerdo. Meredith, la de Wall Street.

—Esta noche estaré sola —continúa su voz seductora, yo sé qué significa eso.

—Lo siento, pero tengo que viajar muy temprano a Inglaterra, Melany.

—Es Mered...

Cuelgo la llamada, la verdad que cuando ya pruebas algo una vez no te apetece una segunda, mucho más cuando el menú es tan exquisito como todas sus amigas, solo recordarlas me hace dibujar una sonrisa de oreja a oreja en mi rostro.

Regreso a mi casa, me ducho y me visto rápidamente para ir a la empresa, mi bóxer de Calvin Klein, mis pantalones Armani negros, de hecho, todo mi guardarropa tiene en su mayoría pantalones, sacos y corbatas de diseñador. Hoy me decido por una corbata gris, la pongo sobre mi adorada cama con sábanas de terciopelo blancas y como siempre mi camisa blanca mangas largas abotonada hasta arriba, tengo como 50 camisas blancas de estas, pongo mi saco y luego termino de acomodar mi corbata correctamente, me gusta todo perfecto, hasta mi cabello que con un leve partido al lado derecho me lo peino hacia atrás. Mi Rolex que nunca puede faltar en mi muñeca derecha, me encamino hacia el comedor.

Bajo las escaleras, Rosa tiene como siempre un rico desayuno, me siento en mi enorme comedor, no sé ni por qué tengo un enorme comedor si vivo solo y soy feliz viviendo solo, nadie te dice qué hacer ni a qué horas regresar, leo el periódico mientras Rosa me sirve un omelet en un plato blanco de porcelana.

«Oliver Anderson, el magnate de Nueva York sigue aumentando sus ingresos al invertir en la cadena de hoteles Beltrán».

Y tienen razón, solo tomo un bocado del omelet, ya que pido mi desayuno en el restaurante frente de la empresa. Rosa me mira con su entrecejo fruncido, y su mirada más malévola de lo normal, algunas marcas de vejez son visibles en su frente, sonrío, Rosa ha sido la única que ha sabido entender la importancia de la perfección para mí, trabajó para mis padres como por 20 años, ahora trabaja para mí, incluso le compré la casa de enfrente para que estuviera lo más temprano posible acá cuando necesito salir muy pronto. Le tengo mucho aprecio, siempre nos cuidó a mi hermano y a mí cuando mis padres estaban de viaje.

—Adiós, Rosa... Te veo luego —digo, tomando mi maletín saliendo de la cocina.

—Adiós, niño Oliver —dice, con una sonrisa.

Me detengo en seco y giro hacia ella, la miro fijamente; ella sabe que odio esa frase. Sonríe mientras gira hacia la cocina amarrando su corto cabello en una coleta.

Me dirijo a mi auto y comienzo a conducir, los árboles ya comienzan a florecer, tanto invierno ya me tenía deprimido. Llego a la empresa y me encanta esa sensación de todos corriendo al verme llegar, amo dirigir una revista tan grande como lo es la revista Anderson, con más de 25 000 empleados; hace dos años, cuando mi padre me dejó a cargo los empleados no superaban los 10 000.

Entro a la empresa, todo en su lugar, eso es bueno, el vidrio resplandeciente que deja ver todo al exterior, la alfombra gris nítida, los escritorios de los empleados de vidrio y mármol resplandecen, las paredes blancas e impecables, puedo oler extrema limpieza acá, eso me encanta.

—Buenos días, señor Anderson —la recepcionista trigueña, me da una sonrisa que no contesto. ¿Por qué lo haría? No quiero que piensen que pueden ser mis amigos, o quieran seducirme… Ya me ha pasado; la verdad, para mí, vida privada y trabajo no se mezclan, eso es algo que tengo bien claro, por eso mis conquistas son muy lejos de aquí.

Entro a mi ascensor privado, no entraría con todos los empleados al mismo tiempo por nada del mundo, aparte de que me es incómodo cómo se me quedan viendo. Mi ascensor tiene letras brillantes que se leen «CORPORATIVO», así que todos respetan este ascensor, no les conviene perder su trabajo por ese insignificante detalle.

Camino por el piso número 25 hasta dirigirme a mi oficina que está al fondo, observo que mi secretaria no está y observo mi reloj, ya es para que estuviese aquí. Alguien tendrá problemas hoy. Entro a mi oficina, la vista de Nueva York desde aquí es extraordinaria, toco mi escritorio de vidrio suavemente con los dedos para asegurarme de que esté bien limpio, al igual que mi silla ergonómica giratoria, los vidrios que semirrodean mi oficina, sí, todo es perfecto.

Saco mi laptop de mi maletín y la enciendo sentándome en mi silla. ¡Ahhh! Podría dormirme en ella, la amo, observo un papel sobre mi escritorio, me parece extraño, lo saco de debajo del prensapapeles y lo observo, es una carta de renuncia de mi secretaria.

La leo detenidamente. ¿Por qué renuncia? «Motivos Personales», eso para mí no es un porqué, no tenía ni un mes. ¡Diablos! ¿Por qué no avisó con tiempo?, tengo un viaje a Inglaterra mañana temprano, odio a la gente irresponsable.

Me dirijo a la oficina de David, ya debe estar aquí, cómo detesto que hagan esto. ¿Por qué no avisar 15 días antes? Yo soy una persona ocupada. Pensando todo esto con rabia en mis adentros camino por el pasillo, perfectamente alfombrado, las paredes color beige, las lámparas finas que cuelgan del techo, observo cómo todas las personas que caminan por este mismo pasillo se apartan al verme, abro la puerta sin tocar, mala idea.

La pelirroja asistente de David, Andi, está sobre sus piernas, y él tiene su mano donde no me atrevo a ver, prefiero cerrar mis ojos; tiene buenas curvas, pero eso de mezclarte con tu asistente no es correcto mucho menos si está casada, al verme ella se levanta, con cara de horror. Aunque a David no le importa, a mí me molestan este tipo de actos poco profesionales dentro de mi empresa.

—David... —mi expresión neutral es más que suficiente para este tipo de ocasiones, Andi pasa a mi lado.

—Lo siento, señor Anderson —agacha la mirada, mientras acomoda su falda y pasa cerca de mí.

Le resto importancia, solo veo a David que está acariciando su barba mientras ve a Andi retirarse de la oficina.

—¿Es en serio, David? —pregunto con un tono un tanto molesto en mi voz cuando Andi ya se ha retirado—. Hagan sus cochinadas lejos de mi empresa.

David simplemente ríe.

—Oliver, es el único momento que puedo verla, su esposo está todo el tiempo con ella el resto del día —enarco una ceja y niego con mi cabeza, si algo yo nunca he hecho es mezclarme con mujeres casadas.

Le resto importancia al asunto de David, tengo que resolver esto.

—Sara renunció —digo esto poniendo la carta sobre su mesa—. ¿Te había comentado algo? ¿Por qué no simplemente decir unos días antes para que nos dé tiempo de buscar otra persona? —David frunce el ceño.

—La verdad no me comentó nada —toma la carta de renuncia y la comienza a leer.

—Mañana voy para Inglaterra, así que necesito que me consigas una secretaria para cuando regrese, tengo muchas cosas que hacer y no puedo retrasarme.

—Bien, no te preocupes, desde hoy le diré a Andi que publique el anuncio de la oportunidad de empleo, el día que regreses ella ya estará aquí

—David toma el teléfono y comienza a darle instrucciones a su secretaria para el anuncio de la vacante de empleo—. Listo —dice colgando la llamada—, no te preocupes Oliver, verás que todo estará bien.

Por esa y muchas razones más es que David es mi mano derecha.

Me regreso a mi oficina más tranquilo, trabajé un poco más de lo normal por no tener una secretaria, puedo sobrevivir sin una secretaria, pero no para siempre. Regreso a casa, estoy cansado, solo me cambio y me quedo dormido en instantes.

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