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Portada de la novela Caprichoso Destinó

Caprichoso Destinó

Charlotte Sinclair parece tenerlo todo: una existencia rodeada de lujos y un matrimonio perfecto junto al magnate Parker Kensington. No obstante, su felicidad es una fachada que oculta un tórrido romance veraniego en Barcelona con James Caldwell. A pesar de sus esfuerzos por silenciar aquel pasado, James reaparece como su flamante jefe. El reencuentro pone en riesgo su estabilidad y amenaza con desmoronar el mundo de privilegios que tanto le costó construir.
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Capítulo 2

La lluvia de Barcelona no era como la de Nueva York o Londres. No era un manto gris y pesado que te obligaba a esconderte bajo un paraguas con gesto agrio; era una caricia húmeda que olía a salitre, a piedra antigua y a una libertad que yo, hasta ese momento, solo había leído en libros prohibidos.

Había llegado a la ciudad tres días antes. Mi padre y Parker me habían enviado como una "prueba de fuego" para cerrar un contrato de logística con una naviera local. Para ellos, era trabajo; para mí, era la primera vez en veinticinco años que cruzaba el océano sin Parker Kensington respirando en mi nuca o mi madre recordándome que una Sinclair no se encorva al sentarse.

Aquella tarde, la reunión con los ejecutivos españoles se había alargado entre cafés y tecnicismos. Cuando por fin salí al exterior, el cielo se había roto en un estruendo de agua. Mi chofer me esperaba con la puerta del coche abierta, pero al mirar el interior de cuero beige de la limusina, sentí una náusea repentina. Era la misma burbuja, el mismo aislamiento.

—Váyase al hotel —le dije al conductor en un español titubeante—. Caminaré.

—Pero, señorita Sinclair, está lloviendo a cántaros —respondió el hombre, alarmado.

—Exacto —sonreí, y por primera vez, la sonrisa no dolió.

Caminé por las Ramblas sintiendo cómo el agua empapaba mi abrigo de cachemira de mil dólares. Me sentía ridícula y viva al mismo tiempo. Al doblar una esquina en el Barrio Gótico, buscando refugio, vi un letrero de neón que parpadeaba con un azul eléctrico: El Eco del Mar. El sonido de una línea de bajo profunda y vibrante escapaba por la pesada puerta de madera. Sin pensarlo, entré.

El club era oscuro, íntimo, y olía a ginebra y a madera vieja. Me sentí como una intrusa con mi ropa de ejecutiva y mi cabello perfectamente peinado, ahora arruinado por el clima. Me dirigí a la barra, tratando de recuperar la compostura, y me senté en un taburete alto de cuero desgastado.

—Un whisky irlandés. Doble. Solo —le dije al barman, sin mirar a nadie.

—Vaya, una mujer que sabe lo que quiere —dijo una voz a mi derecha. Una voz que sonaba como el terciopelo rozando el asfalto.

Me giré, a la defensiva por instinto. A mi lado, un hombre sostenía una copa de algo transparente con una rodaja de pepino. No vestía traje; llevaba una camiseta negra simple que se ajustaba a unos hombros anchos y una chaqueta de cuero que parecía haber vivido mil historias. Su cabello estaba desordenado y sus ojos… Dios, sus ojos eran de un gris tormentoso que parecía captar toda la luz tenue del local.

—Solo quiero una bebida, no una conversación —respondí, intentando recuperar mi tono de "Sinclair".

Él soltó una carcajada corta y genuina. No era la risa condescendiente de Parker; era una risa que te invitaba a participar en el chiste.

—Eso es una lástima, porque mi ginebra está muy aburrida y tú pareces una sirena que se acaba de caer de un yate de lujo y no sabe cómo volver al agua.

Me miré. Estaba empapada, con el maquillaje seguramente corrido, sosteniendo un whisky doble en un bar subterráneo. Empecé a reír. Primero fue una pequeña sacudida en los hombros, y luego una carcajada limpia que me hizo soltar la copa sobre la barra.

—¿Tan obvio es? —pregunté, secándome una lágrima de risa con el dedo.

—Digamos que tu abrigo cuesta más que todo este edificio —respondió él, extendiendo una mano—. Soy James. Solo James.

—Charlotte —respondí, dudando un segundo antes de omitir mi apellido. Por una noche, quería dejar de ser un Sinclair—. Y sí, me he escapado.

—Las mejores noches siempre empiezan con una huida —dijo él, pidiendo otra ronda—. ¿Qué celebramos, Charlotte? ¿El fin del mundo o que por fin te has mojado el pelo?

—Celebro que no tengo que sonreírle a ningún senador en las próximas tres horas.

James resultó ser el antídoto perfecto para mi asfixia. No me preguntó a qué me dedicaba ni quién era mi padre. Hablamos de la música que sonaba —él parecía saber exactamente quién era cada músico de la banda de jazz que acababa de subir al escenario— y de cómo la lluvia en Barcelona tenía el poder de lavar los pecados, o al menos de esconderlos por un rato.

Era divertido. Mucho más de lo que recordaba que un hombre pudiera ser. Me contó una historia ridícula sobre cómo casi lo arrestan en Italia por intentar "afinar" una fuente pública, y yo le conté lo mucho que odiaba el champán tibio de las fiestas de compromiso.

—Espera, ¿has dicho jazz? —dije cuando la banda empezó a tocar un ritmo más rápido y sincopado—. Pensaba que esto era un club de rock.

—Esto es Barcelona, preciosa. Aquí los géneros son solo sugerencias —se levantó y me tendió la mano—. ¿Bailas?

—Soy pésima —mentí, o quizá no mentía. Solo sabía bailar valses rígidos con Parker siguiendo un conteo mental.

—No hay pasos correctos aquí. Solo muévete.

Me dejé arrastrar a la pequeña pista de madera. James me tomó de la mano y me atrajo hacia él, pero no con la posesividad de Parker, sino con una ligereza que me hizo sentir ingrávida. Empezamos a movernos, y al principio me sentí torpe, rígida como una muñeca de porcelana.

—Relájate, Charlotte. No te vas a romper —susurró él cerca de mi oído.

Y lo hice. Cerré los ojos y dejé que la música me guiara. James era un bailarín natural; me hacía girar, me sostenía y luego me soltaba lo suficiente para que yo encontrara mi propio ritmo. Nos reíamos a carcajadas cuando yo tropezaba con mis propios pies, y él me sujetaba de la cintura para que no cayera, su risa vibrando contra mi pecho.

Por un momento, el mundo fuera de esas paredes dejó de existir. No había un contrato de matrimonio, no había una empresa que salvar, no había un Parker esperando un reporte de mi viaje. Solo estaba el calor de la mano de James en mi espalda, el sudor frío de la lluvia secándose en mi piel y la sensación eléctrica de estar haciendo algo completamente irracional.

En medio de una canción movida, James me hizo girar y, al volver a sus brazos, quedamos a escasos centímetros el uno del otro. Su respiración era agitada, igual que la mía. El gris de sus ojos se había oscurecido, y por un segundo, el humor desapareció para dar paso a una tensión tan física que casi podía tocarse.

—Tienes algo en la cara —dijo él, su voz ahora mucho más grave.

—¿Qué? —pregunté, con el corazón martilleando contra mis costillas.

—Vida —respondió con una sonrisa ladeada—. Tienes mucha vida ahí guardada, Charlotte. Es un pecado que la tengas tan escondida.

No supe qué responder. Me sentía desnuda bajo su mirada, como si James Caldwell estuviera viendo a la verdadera Charlotte, la que yo misma había olvidado.

Seguimos bailando hasta que las luces del club empezaron a parpadear, anunciando el cierre. Salimos juntos a la calle, donde la lluvia se había convertido en una niebla suave y plateada. La ciudad estaba en silencio, las piedras del Gótico brillando bajo las farolas.

—Tengo que volver —dije, sintiendo que el hechizo empezaba a desvanecerse. El anillo de compromiso en mi mano derecha pesaba de nuevo, aunque lo había girado para esconder el diamante.

—Lo sé —dijo él, mirándome con una mezcla de curiosidad y algo que no pude identificar—. Pero ha sido un placer conocerte, sirena fugitiva.

—James… gracias. Hacía años que no me reía así.

—No dejes que se te olvide cómo hacerlo —me dio un beso rápido en la mejilla, un roce que dejó mi piel ardiendo, y empezó a alejarse en la niebla—. Nos vemos en el próximo naufragio.

Me quedé allí, de pie en medio de una calle desconocida de Barcelona, viéndolo desaparecer. No sabía su apellido, no tenía su número, y técnicamente, seguía siendo la prometida de Parker Kensington. Pero mientras caminaba de regreso al hotel de lujo, el frío del amanecer ya no me importaba. Tenía el sabor de la risa en los labios y una grieta definitiva en el cristal de mi jaula. Lo que no sabía era que esa grieta pronto se convertiría en un terremoto que destruiría todo lo que yo creía seguro. Por ahora, solo era una noche, una risa y un desconocido que me había recordado que estaba viva.

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