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Portada de la novela BLACKGOLD

BLACKGOLD

El exitoso empresario Yasir Arslan fundamenta su vida en una férrea disciplina, rechazando cualquier concepto que carezca de lógica científica. Sin embargo, su estructurado mundo se ve alterado tras conocer a Alessa Sinclair. La integridad y el brillo intelectual de la joven logran vulnerar su hermético autocontrol, demostrándole que la atracción emocional es innegable y que el amor es una fuerza capaz de someter incluso al hombre más poderoso.
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Capítulo 3

Años después...

—¡Feliz cumpleaños! —La voz de Karen, su mejor amiga, retumbaba a través del teléfono celular.

—No digas tan alto que te van a escuchar —Alessa le regañó, bajando el tono de su voz.

—No me importa, Aless. Solo cumples veintiséis años una sola vez en la vida —le dijo riendo.

—Tienes razón —afirmó.

—Entonces no tengo más nada que decirte, sólo que iré por ti. Tenemos fiesta en ese club del que todo el mundo habla en la ciudad esta noche.

Alessa no tuvo tiempo a nada, su amiga simplemente le colgó la llamada, dejándola un poco confundida y sacudiendo la cabeza. Siguió con lo estaba haciendo. Se desempeñaba en la parte de informática de la empresa petrolera de su padre, pero asignada al departamento de contabilidad. Desde ahí sabía muy bien cómo se movía el dinero. Desde hacía tres años trabajaba en esa posición con un perfil bajo. Aún continuaba su lucha por los derechos a la herencia de sus padres. Que prácticamente había comenzado desde que había salido de la adolescencia.

Estaba consciente de que Gissel por ser su esposa, le correspondía un poco más del dinero. Pero estaba muy segura que ella no había tenido la totalidad, como le había hecho creer durante tantos tiempo. Cuando cumplió dieciocho años, tuvo que acudir al abogado de su padre para que le ayudara a pagar sus estudios. Ya que su madrastra se negaba a hacerlo. La malvada era muy astuta; una vez le dijo que la empresa no era para ella. Que le aconsejaba que se dedicara a otra cosa, como por ejemplo a ser una mujer de hogar. Como si eso era lo que ella deseaba en su vida.

Alessa no le hizo caso, porque deseaba ir a la universidad. Inició los trámites legales pertinentes, y cuando estaba a la mitad de sus estudios ganó su primera demanda legal en contra de Gissel. Para poder manejar su fideicomiso a los veintiún años. Regresó a casa con un título en Administración de Empresas, y hacía solo un año que había terminado su maestría en Economía y Finanzas. Disfrutó de ver su rostro cuando celebró en grande su triunfo sobre ella. Dos meses después anunció a través de una rueda de prensa que después de muchas dificultades, y amenazas había ganado otra demanda, para poder trabajar en la empresa que era su patrimonio familiar. Su madrastra decidió ceder un poco, y llegaron a un acuerdo.

Luego de eso tuvo que hacer muchos cursos personalizados, para poder adaptar su conocimiento universitario con la informática. Ya que Gissel se negaba a darle el puesto de trabajo que le correspondía en la alta gerencia. En ese instante se encontraba en su pequeña y modesta oficina cuando la puerta se abrió pronto.

—Veo que estás de muy buen humor —dijo la recién llegada.

—¿Qué se te ofrece, Mariana? —Alessa no se molestó en alzar la vista del monitor de su computador, pues sabía de quién se trataba.

—Solo vine a decirte que mamá no quiere que aparezcas en la reunión de la junta directiva mañana —además de advertencia en el tono de su voz había burla.

—¿Cuál es la razón? —preguntó ella dejando de teclear, y conteniendo la respiración para no explotar en ese momento.

—Viene una persona muy influyente del ramo petrolero —respondió la arpía mirándose el color rojo de sus uñas

—Te recuerdo que soy accionista de esta empresa —expresó Alessa con la voz firme, recordándole su derecho de estar al tanto de todo lo que ocurría en la empresa.

Mariana se acercó con rabia, y colocó las manos sobre su escritorio e inclinó la cabeza hacia ella. La miró fijamente a los ojos.

—¡No! Tu no eres nadie —exclamó con asco, después chasqueó los dientes—. Eres solo basura, un incordio del cual aún no podemos deshacernos.

Alessa al escuchar tal cosa. se levantó de la silla inmediatamente. Inclinó también la cabeza, se acercó un poco más a su hermanastra hasta quedar nariz con nariz.

—¡Soy Alessa Sinclair! —expresó con tono firme—. Creo que te olvidas de ese gran detalle. La única hija de Jonathan Sinclair. Algo que ni tu hermana, ni tu madre y ni tú llegarán a ser algún día, por más que traten de encajar en la familia —las últimas palabras salieron de la boca de la joven en un tono despectivo.

—Eres una idiota, Aless. Te juro que algún día acabaré contigo —su hermanastra dio un paso hacía y caminó hacía la salida.

—Te hago una promesa también, Mariana —ella hizo que se detuviera—. Todo lo que me han hecho ustedes tres, lo van a pagar muy caro.

El cuerpo de Mariana temblaba de rabia.

—No queremos verte en esa reunión —fue lo único que le respondió.

Alessa sonrió con suficiencia.

—Te equivocas, es la empresa de mi familia y tengo el veintiocho por ciento de las acciones. Así que estaré en esa reunión, quieran ustedes o no.

—Mi madre tiene la mayoría de las acciones, por tanto es de mi familia. —Mariana replicó apretando los dientes.

—Claro que es la accionista mayoritaria, pero no por derecho —aseguró Alessa de forma sarcástica—. Sino por todas las artimañas que ella ha usado a lo largo de estos años. Para quedarse con mi patrimonio familiar. No dudo que ella se sienta que es la dueña de todo.

Mariana recobró un poco la compostura, estiró la mano y giró el pomo de la puerta. Se detuvo un momento para hablarle por encima del hombro.

—Mamá no quiere que te aparezcas en esa reunión —antes de que Alessa dijera algo ella agregó:— Más te vale hacer caso, puede que te arrepientas después.

—¡Lárgate de una vez de mi oficina! —exclamó Alessa furiosa.

—Tranquila hermanita —la burla era notoria en su voz—. Lo menos que quiero es hacerte enfadar.

—¡Maldita víbora, fuera de aquí! —gritó Alessa.

Mariana solo tuvo tiempo de salir, y cerrar la puerta tras ella. Pues, Alessa le había lanzado el portalápices, que quedó estrellado en la gruesa madera. Respiró profundamente para calmarse, y lograra que las lágrimas que tenía oprimidas en el pecho no salieran. Caminó y agarró de la pequeña repisa una botella de agua y se tomó la mitad de un sorbo.

Aún la rabia invadía su cuerpo. Por poco había perdido la paciencia con Mariana. Lo cierto era que quería cruzar su cara con dos buenas bofetadas. Era una estúpida, cómo se atrevía a decir que era la empresa de su familia. Eso no era cierto, porque todo el consorcio le pertenecía a ella de manera directa desde que era una niña. Ya que había sido la herencia de su madre. Su padre, solo se encargó de hacer el trabajo arduo de hacerla prosperar. Gissel pretendía quedarse con manipulaciones y engaños todo lo que le habían dejado sus padres, sin importar a quien se llevaba por delante en el proceso.

—¡Por supuesto que iré a esa reunión! —exclamó en voz alta.

Un amigo muy cercano; un experto en informática. Le había enseñado cómo acceder a cualquier tipo de ordenador. Así que iba a usar ese conocimiento, para saber de qué se trataba dicha reunión. Con tanto misterio lo que percibía era que su madrastra estaba un poco nerviosa al respecto. Estaba molesta, al tener que utilizar algunos métodos no muy legales, para ponerse al tanto de lo que sucedía en su propia empresa. Mientras sus dedos de manera hábil tecleaba en el computador. Su mente repetía:

«¡Papi, ayúdame! Dónde quieras que te encuentres».

Luego de hacer varios intentos, por casi media hora. Lo había logrado, y al entrar al sistema un jadeó brotó de su pecho. Cuando se dio cuenta de lo que ocurría. La empresa estaba casi en la quiebra. ¿Cómo pudo haber pasado? Se preguntaba una y otra vez. Sabía que Gissel era una interesada, arribista incluso despiadada, pero todos esos años había luchado por mantener la empresa a flote. Algo no cuadraba; además de los números. Sentía que había algo muy turbio.

Continuó buscando más información al respecto. Al parecer la única opción era una asociación con una empresa del medio oriente con nada más, y nada más y nada menos que con un treinta y cinco por ciento de las acciones. Era mucho, la piel de la joven se erizó. Eso significaba que la vieja bruja de su madrastra iba a quedarse solo con el diecisiete por ciento de las acciones, y eso era perder el control de la empresa.

Fue cuando entonces comprendió, que esa era la razón principal por la cual no quería que asistiera, porque ella no estaría de acuerdo con esa venta de acciones. Ya que eso significaba que ya no sería de la familia. Se reclinó en su asiento, la cosa no pintaba para nada favorable. Estaba claro que debía hacer algo, y por eso sus instintos le indicaban que necesitaba presentarse en esa reunión. Así las tres brujas no quisieran.

Su jornada laboral fue muy ajetreada. Entre su trabajo pendiente, y todo lo que había planeado para presentarlo al día siguiente. Era cierto lo que dice el refrán: "El tiempo pasa muy deprisa", y ese día lo había comprobado.

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