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Portada de la novela Bajo la misma luna

Bajo la misma luna

Alessio, el legendario Alfa supremo, ha superado siglos de combates y vivencias, pero su inmenso poder no logra llenar el vacío de su alma. Su mayor anhelo es encontrar a su compañera de vida. Una noche, un sufrimiento físico devastador lo golpea sin previo aviso. Tras acudir a su guía espiritual, el guerrero descubre el origen de su agonía: su pareja predestinada ha iniciado su ciclo de fertilidad, vinculando finalmente sus destinos para siempre.
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Capítulo 3

-Es verdad, tengo que llamar a todas las jóvenes de mi reino, tengo que empezar a buscarla cuanto antes.

A la mañana siguiente me despierto a primera hora del día y me arreglo lo más rápido que puedo. Como si el viento me llevara, camino a paso veloz hacia mi despacho, detrás de mí viene mi Beta que no para de suspirar al notar mi ansiedad, me lo he encontrado en uno de los pasillos mientras me dirigía a mi despacho.

Apenas entramos, me dirijo a mi escritorio, le explico de forma breve lo que ocurre y él me felicita de que por fin ha aparecido mi hembra. Con su ayuda, organizamos las rutas de los guardias para que empiecen a ir a buscar a las jóvenes, también le he dicho que mande el aviso por esas zonas. Con todo listo, se va a hacer mi decreto.

Caída la noche, camino de un lugar a otro en mi cuarto, ansioso por ver a las jóvenes, espero que ella se encuentre entre el primer grupo. Antes de salir de mi habitación, me miro al espejo y me cercioro de estar bien arreglado, quiero causarle una buena impresión a mi hembra.

-Majestad, las señoritas ya están en el palacio.

La voz del amo de llaves me interrumpe de forma repentina, por alguna razón, escucharlo al otro lado de la habitación me llena de alivio. Antes de salir de mi cuarto, me miro por última vez en mi espejo y acomodo mi traje, saco el pecho lleno de confianza y salgo de mi habitación. Doy el primer paso hacia afuera y me encuentro con el hombre de edad avanzada, con esa típica expresión seria en su rostro; puede parecer un amargado a simple vista, pero lo cierto es que, ha estado a mi lado por muchos, muchos siglos, él me ha cuidado y educado después de la muerte de mis padres, de hecho... lo considero mi padre y él lo sabe.

-¿Ya las viste?

-No, amo, apenas están bajando de las carrozas ¿A dónde quiere que las lleve?

-A la sala principal, no hace falta que las mandes a arreglar, quiero conocerla como se ve ahora.

-Muy bien, majestad.

Apenas cruzamos estas palabras, detengo mi paso y veo como el hombre se adelanta, para al final, dejarme solo en el pasillo. Decido aprovechar este momento para tranquilizarme, no quiero alterarme apenas la vea, no quiero asustarla. Cierro los ojos y me obligo a mantener mis instintos a raya, no quiero poseerla apenas la vea, eso podría asustarla demasiado.

Ginebra.

Nos avisan que el rey nos espera en la sala principal, todavía me siento un poco aturdida ya que mientras estábamos de camino, me quedé dormida y por más que sacudo la cabeza, no puedo dejar de bostezar y mis ojos se cierran ¿Qué hora serán? Ya es muy tarde como para que siga despierta, espero que esto sea rápido y pueda volver a casa cuanto antes.

Todas nos encaminamos hacia la sala principal, pero yo he decido ir atrás, mirando con atención a las mujeres, muchas de ellas tienen una postura recta y emanan aires de nobleza pese a que son de clase baja, ellas definitivamente están destinadas a la grandeza, se muestran muy seguras de sí mismas, es probable que el rey escoja a una de ellas, además de que son muy hermosas, con esas mejillas rosadas y esos labios rojos que parecen cerezas, también tienen un hermoso cabello, se nota que lo cuidan mucho. Por estar distraída viendo a esas bellas damas, tropiezo con mi propio pie; debo parecer una idiota. Afortunadamente, alguien me toma del brazo enseguida y me ayuda a mantener el equilibrio, enseguida volteo a ver a mi rescatista y me topo con la mujer que estaba a mi lado en la carroza, la del olor extraño, ella me dedica una pequeña sonrisa y me ayuda a incorporarme.

-Muchas gracias, eres muy amable.

Ella niega suavemente con la cabeza y me dedica una pequeña sonrisa, ese gesto tan amable por parte de la desconocida, hace que me sonroje un poco; ahora que la miro mejor, ella también es muy hermosa y más cuando sonríe. Torpemente me acomodo el vestido, tratando de disimular la metida de pata que he tenido.

-No tienes de que preocuparte, todas estamos nerviosas e incluso asustadas.

-¿Te asusta ser la esposa del rey?

Asiente con la cabeza sin dejar de sonreír, tiene una expresión cálida y amable, pero en sus ojos se refleja cierta tristeza; muchos piensan que ser la elegida para ser la futura esposa de algún rey debe ser lo mejor que le puede pasar a una, pero lo cierto es que, muchas veces, esos matrimonios terminan porque la esposa pierde la cabeza, de forma literal.

-Seguramente tu no ¿Verdad? - Con un ligero movimiento de cabeza me indica que sigamos caminando. -Lo digo porque te quedaste profundamente dormida en la carroza, como si este asunto fuera trivial para ti.

-¡N-No! - Exclamo asustada. -Claro que no- Carraspeo la garganta y bajo el tono de mi voz al darme cuenta de que he alzado mucho la voz. -Estoy aterrada, tengo miedo que el rey me elija como esposa, en especial porque soy algo torpe y distraída, además de que suelo hablar sin pensar muchas veces y tiendo a decir lo que pienso en cualquier situación... eso me ha traído muchos problemas.

Ella suelta una pequeña risita y me mira por el rabillo de su ojo, enseguida, bajo la mirada, apenada por lo que acabo de decir ya que no soy una jovencita ideal para alguien de un estatus muy importante y, que, muy probablemente, le traiga muchos problemas a su majestad.

-Me alegra ver que, al menos una de nosotras es sincera.

-No tendría por qué mentir.

Ella se nota complacida por mi respuesta y asiente levemente con la cabeza, su postura se ha relajado y se nota más tranquila que hace unos instantes, parece ser que era lo único que necesitaba, una conversación tranquila y honesta, para aliviar sus miedos.

-Muchas de nosotras mentiremos con respecto a nuestra forma de ser, sólo para quedar bien, en especial si el rey nos pregunta, aunque claro, también inventaremos uno o dos defectos, pero nada importante o relevante.

-¿Tu lo harías?

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