Portada de la novela Cíclo de Muerte

Cíclo de Muerte

8.3 / 10.0
Sofía Romero padece una tortura infinita bajo el mando del despiadado Padre Mateo, quien utiliza un Sistema digital para reiniciar su vida tras cada muerte. Al descubrir que su agonía busca transformarla en un recipiente para un alma del pasado, Sofía decide rebelarse. Su único objetivo es rescatar a su hermano Miguel de este ciclo macabro y huir de la farsa. Pero la obsesión de Mateo es total, y el destino la obligará a enfrentar una realidad aterradora.

Cíclo de Muerte Capítulo 1

Mi nombre es Sofía Romero, y esta es la historia de cómo morí.

No una, ni dos, sino incontables veces, a manos del Padre Mateo.

Él, el carismático líder de la Iglesia de la Renovación Divina, era el hombre más hermoso y cruel que jamás había conocido, mi misión obligatoria, la que el Sistema me asignó.

Decían que era para mi redención, una oportunidad.

Pero cada vez que fallaba, el tiempo se reiniciaba, volviéndome a un infierno donde me ahogó en la pila bautismal, me dejó morir de hambre, me envenenó, me apuñaló, me empujó desde las alturas.

Cada muerte era solo una "recalibración", un nuevo ciclo de tortura en el que ofrecí mi dignidad, mi dinero, mis amigos, todo por él.

Y lo peor, es que me dejé engañar, creyendo que esta vez, él me había mostrado amor, esa noche, en sus aposentos.

Pero al despertar, lo vi arrodillado ante una foto: Elena, su amada muerta.

"Su alma será el recipiente perfecto para ti", susurró.

No era amor por mí, sino anhelo por un cascarón vacío para su difunta.

Mi 99% de progreso era el 99% de mi destrucción, para convertirme en una vasija para otra.

El odio me quemó.

Encontré un joyero con mis propios restos: cabello, un diente, fragmentos de hueso, etiquetados como "pruebas".

Él no era un guía, sino un monstruo que coleccionaba pedazos de mis muertes.

El shock me hizo tropezar, alertándolo.

"¿Qué has visto?", siseó con mirada asesina.

Corrí, gritando al Sistema para que me sacara de allí.

Pero Mateo, rápido, gritó: "¡Sistema, reiniciar!".

El mundo se disolvió.

Desperté en la iglesia, y Mateo, con su falsa sonrisa, anunció: "Tu prueba final está por llegar".

El terror me invadió, hasta que vi a mi hermano Miguel, de catorce años, entrar, con la túnica de acólito.

"¡Hermana! ¡Voy a pasar por mi propia purificación!", exclamó, con inocencia.

Mateo sonrió, revelando su demonio.

Había encontrado mi debilidad.

No era mi salvación, sino la suya.

Mi alma rota encontró un nuevo propósito: salvar a Miguel de este monstruo.

La sonrisa de Mateo era veneno, pero ya no me paralizaba.

El mundo parpadeó de nuevo, no por mi voluntad ni la suya, sino por un error del Sistema.

Aparecí en una gala, desorientada, mientras Mateo presentaba a Miguel como el "nuevo alma pura".

Luego, sus ojos se posaron en mí.

"Donde hay luz, debe haber oscuridad".

Me arrastró, humillándome, abofeteándome frente a todos.

"Ella ya no es tu hermana. Es una cáscara vacía, corrompida por el pecado".

Me empujó al suelo.

Luego de meses de abusos, palizas, vejaciones, la gota que derramó el vaso fue, cuando uno de sus secuaces intentó abusar de mí.

Ahí, lo entendí.

"Gracias, Padre Mateo", le dije, sonriendo en medio de la lluvia.

La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria.

Cerré los ojos y, con una claridad que nunca antes tuve, le dije al Sistema: "Quiero renunciar a la misión".

[Confirmando solicitud de abandono de misión. ¿Está segura? Esta acción es irreversible.]

"Sí. Estoy segura".

[Solicitud aceptada. El vínculo con el mundo objetivo se disolverá en 72 horas.]

Una inmensa esperanza me invadió.

Por primera vez, después de incontables vidas, veía una salida real.

Mateo me miraba, su furia y desconcierto palpables.

Y esa visión, me hizo sonreír.

Me arrojaron a un callejón. Sola. Herida.

Pero libre. O casi.

71 horas restantes.

Vi mi cara en las noticias: "Exacólita expulsada... por comportamiento errático y violento". Me habían convertido en la villana.

Y luego, el relicario en la pantalla: mis huesos, mis dientes, a subasta como "reliquias sagradas".

"Restos de una santa anónima, bendecidas por el Padre".

Iba a construir su imperio sobre mi dolor.

La misma sensación me invadió antes de que el Sistema me reiniciara.

Me doblegué, vomitando bilis.

No tenía nada.

Pero el contador en mi cabeza seguía corriendo.

65 horas. Tenía que sobrevivir.

En un callejón mugriento, dos matones me esperaban.

"El jefe dice que una mancha debe ser borrada por completo. Sin dejar rastro".

Me golpearon, una violencia fría y metódica.

Con una navaja, uno me cortó la mejilla.

"El jefe quiere que recuerdes esto. Quiere que tu cara refleje la basura que eres por dentro".

Sentí una costilla romperse.

Me golpearon una última vez en el estómago.

Dejé de luchar.

Una extraña calma me invadió.

Comencé a reír. Histéricamente.

Dejaron de golpearme. Me miraron como si estuviera loca.

Levanté la cabeza y miré a Mateo, que observaba desde la ventana.

"Gracias", dije, mi voz extrañamente firme.

"Gracias, Padre Mateo".

"Le deseo a usted y a su... nueva luz... toda la felicidad del mundo".

"Espero que consiga lo que tanto desea".

La confusión en su rostro fue mi pequeña victoria.

Me trasladaron a una cámara frigorífica. El "castigo del amor" que usaba Mateo para purificarme cuando no le obedecía.

Me obligó a copiar un libro sobre Elena, esa mujer que no era más que su obsesión.

"¡Mientes!", gritó, furioso cuando le recordé cómo murió Elena, en un "accidente de coche en verano", no "por hipotermia".

"Haré que Miguel venga aquí y lo haga por ti. Quizás el frío purifique su conexión impura contigo".

La amenaza con mi hermano me quebró.

Me arrodillé, mis heridas sangrando.

El veneno gélido, un dolor de mis vidas pasadas, se apoderó de mí.

Mateo sonrió, victorioso.

42 horas.

Desperté en un hospital, con Mateo ordenando que no gastaran "demasiados recursos" en mí.

Las enfermeras me trataron con desprecio.

Escuché que Mateo iba a "adoptar" a Miguel, a darle una vida "lejos de la mala influencia de su hermana".

La rabia me consumió.

Esa noche, Mateo regresó, arrojando papeles sobre la manta.

"Firma esto. Es una confesión de tus crímenes y una renuncia a tus derechos. Te alejas de mi vida y de la de Miguel para siempre".

En esta simulación, me hacían desaparecer.

"Elena no era mi amor perdido. Era la científica jefe de este proyecto. Y tú... eras su hermana menor, una simple técnica de bajo nivel".

Los recuerdos borrados del Sistema comenzaron a regresar.

Yo, en un laboratorio. Elena. Un accidente.

"Secuestré a sus científicos. Los obligué a conectar tu mente en coma a esta simulación, un mundo que diseñé para ti".

"Miguel... fue una construcción para mantenerte atada".

Todo mi mundo era una farsa.

Me arrastré, simulando locura, me golpeaba la cabeza, gritaba "¡Gusanos en mi cabeza!".

Mateo me miró con horror.

"Miguel y yo... vamos a traer una nueva vida a este mundo. Un alma pura, concebida en la fe y el amor".

El insulto final.

"Como última lección de obediencia", susurró, "bésame los zapatos".

Me acerqué, no para besar, sino para morder su tobillo.

"¡Sistema. Ejecutar salida ahora!".

[Cuenta regresiva finalizada. Desvinculación completa.]

El mundo se disolvió.

Lo último que vi fue el rostro de Mateo, contorsionado por el shock.

"Este es mi último regalo para ti, Mateo", pensé. "Un mundo sin mí".

En el mundo real, me recuperé de un coma.

Mi vida era normal. Conocí a David.

Nos casamos.

Tuve un hijo, Leo.

Pero las sombras persistían.

Una noche, la voz robótica resonó: [ALERTA DE EMERGENCIA. MUNDO OBJETIVO 734 AL BORDE DEL COLAPSO TOTAL.]

[AGENTE S-218, SU PRESENCIA ES REQUERIDA INMEDIATAMENTE.]

Mi cuerpo comenzó a volverse transparente.

[La recuperación forzosa no es opcional.]

El mundo se disolvió.

Estaba de vuelta en el santuario de la iglesia, en ruinas.

Mateo, demacrado, se cortaba mi nombre en el brazo.

"Sabía que volverías", dijo riendo.

"¡Yo lo recuerdo todo, Sofía! ¡Cada reinicio! Fingí no recordar para ver hasta dónde llegarías".

"El Sistema no me creó para ti. Yo secuestré el Sistema para traerte a ti."

Miguel era un pilar digital.

"¡Me estoy digitalizando, Sofía! ¡Así podré seguirte a donde quiera que vayas!".

El mundo se acabó.

Desperté en mi cama. La vida continuó.

Años después, acostando a Leo, lo vi.

Una figura translúcida de pie en la esquina de la habitación.

Mateo. O lo que quedaba de él.

[Sofía... lo siento... estoy tan solo...].

"Eso es lo que querías, ¿no, Mateo?", dije. "Estar conmigo para siempre".

"Aquí te quedarás. Solo. Atrapado en tu propia obsesión, observando una vida que nunca podrás tocar".

Me di la vuelta.

Finalmente, verdaderamente, era libre.

El fantasma en la máquina nunca más volvería a tocarme.

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