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Portada de la novela Bajo la lluvia de Paris

Bajo la lluvia de Paris

Con el fin de huir de un ayer tormentoso, una autora decide reiniciar su vida en París. Bajo un aguacero, un fotógrafo aparece para ofrecerle cobijo, marcando el inicio de una conexión intensa basada en sueños compartidos. No obstante, este romance naciente se ve amenazado por los traumas que ambos arrastran. Para hallar la paz y consolidar su amor, deben enfrentar sus temores más profundos y sanar antes de entregarse por completo en la capital francesa.
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Capítulo 1

Clara respiró hondo antes de bajar del avión. La ciudad de las luces, pensó, pero en su corazón no había brillo, solo sombras. Había llegado a París buscando algo que no sabía qué era, pero necesitaba encontrarlo. Había dejado atrás su vida en Nueva York con la esperanza de que el cambio de aire, el cambio de todo, pudiera ser el refugio que necesitaba.

El vuelo había sido largo y la emoción se mezclaba con una ligera sensación de desarraigo. La ciudad se alzaba ante ella como un gigante, acogedora y distante a la vez. No esperaba encontrar respuestas inmediatas, solo espacio para respirar.

Apenas salió del aeropuerto, un aire fresco y ligeramente húmedo la envolvió. La lluvia, como un fino velo, cubría las calles de París. Sin embargo, no la molestaba. A Clara le gustaba la lluvia, o tal vez le gustaba cómo la lluvia borraba la intensidad de sus pensamientos. La ciudad podía empaparla, pero ella podía dejar que el agua se llevara un poco de lo que no quería cargar más.

Caminó sin rumbo, con la mochila al hombro y los pasos apresurados. Quería encontrar un lugar tranquilo, donde pudiera pensar, escribir... respirar. Los sonidos de la ciudad la rodeaban, pero su mente estaba desconectada, casi como si París estuviera allí para recibirla, pero ella estuviera demasiado ocupada con su propio caos interno para verlo.

Las calles parecían iguales a las de cualquier ciudad, pero algo en ellas la hacía sentirse pequeña. La gente caminaba de manera rápida, como si ya conociera el ritmo, como si supieran adónde iban. Clara no lo sabía. Todo le parecía una confusión de colores y voces, sin un punto fijo que la guiara.

Casi sin darse cuenta, terminó en una pequeña calle de adoquines donde los cafés se alineaban de forma acogedora. Algunos tenían mesas afuera, pero nadie parecía estar sentado. Los camareros se apresuraban a acomodar a los pocos clientes que buscaban refugio.

Alzó la mirada hacia una de las ventanas. De adentro, la luz cálida de una cafetería la invitaba a entrar. En su interior, todo era tranquilo y acogedor, exactamente lo que Clara necesitaba. Sin pensarlo dos veces, se dirigió a la puerta.

Al abrirla, el sonido del timbre le dio la bienvenida. Dentro, el aire cálido contrastaba con la lluvia que azotaba el cristal de la ventana. Clara se sacudió el agua de los hombros, agradecida de haber encontrado un refugio.

- Bienvenida -le dijo la camarera con una sonrisa, mientras la miraba de arriba abajo-. ¿Qué te puedo ofrecer?

Clara no sabía qué pedir, así que solo sonrió débilmente. - Un café, por favor.

La camarera asintió y la dejó en una mesa cerca de la ventana. Clara se sentó y observó cómo la lluvia seguía cayendo. París estaba envuelta en una niebla gris, y todo parecía moverse a otro ritmo. El café llegó rápidamente, una taza humeante que le dio un poco de consuelo en medio de la tormenta de emociones que la consumían.

Sin embargo, su tranquilidad se interrumpió cuando escuchó una voz.

- Oye, ¿te importa si me siento aquí? -le preguntó un hombre desde el otro lado de la mesa.

Clara levantó la vista, sorprendida de que alguien se dirigiera a ella. El hombre la observaba desde la puerta, empapado por la lluvia, con una expresión curiosa en su rostro. Tenía el cabello oscuro y rizado, y vestía un abrigo largo que lo hacía parecer como si fuera parte del paisaje parisino.

- ¿No hay otro lugar para sentarse? -preguntó Clara, algo incómoda. No esperaba compartir su espacio con un extraño, especialmente cuando aún estaba intentando encontrar algo de paz.

Él sonrió, sin molestarse por su tono. - No, la cafetería está llena y... Bueno, no sé, me pareces interesante. - Dijo eso con una risa ligera que hizo que Clara se sintiera un poco más a gusto, aunque no completamente.

Clara suspiró, mirando a su alrededor. Nadie más parecía importarle que el hombre se acercara a su mesa. Además, él no parecía agresivo, solo curioso.

- ¿Está bien? -insistió él, con una mirada que dejaba ver una mezcla de diversión y amabilidad.

Clara asintió, algo desconcertada, y él se sentó frente a ella, dejando caer su mochila en el suelo. La camarera volvió a acercarse rápidamente, como si estuviera acostumbrada a estas situaciones.

- Lo que él quiera, lo mismo que yo. - El hombre hizo un gesto hacia la camarera.

Clara levantó una ceja. - ¿Y por qué decides pedir lo mismo que yo?

- Porque sé lo que le gusta a la gente que viene aquí a refugiarse. - Sonrió de nuevo. - Por lo general, piden lo mismo.

Clara lo miró con cautela, pero algo en su actitud relajada la hizo sentir menos incómoda. No dijo nada, solo se reclinó hacia atrás en la silla y tomó un sorbo de su café.

- Me llamo Thomas -se presentó el hombre, mirando a Clara con una curiosidad que era casi tangible.

- Clara -respondió ella, con una leve sonrisa. - Encantada de conocerte, aunque... no esperaba tener compañía.

Thomas rió suavemente. - A veces, la compañía te encuentra cuando menos lo esperas.

Clara no sabía qué pensar. La conversación comenzó a fluir de forma inesperada, y pronto se dio cuenta de que Thomas no era un extraño cualquiera. Había algo en su forma de hablar, en su manera de observarla, que la hacía sentirse menos sola en ese mar de desconocidos.

El tiempo pasó mientras las gotas de lluvia seguían golpeando el cristal. Hablaron del clima, de París, de sus vidas, pero algo más profundo comenzó a formarse entre ellos. No era amor, no todavía. Era una conexión que, aunque ligera, la hacía sentir que tal vez, por fin, había encontrado un lugar donde podría comenzar a soltar algo del peso que llevaba.

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