
Bajo el cielo de Ravenshae
Capítulo 2
El tren chirrió al detenerse en la estación de Ravenshae. La bruma del norte se colaba entre los vagones, húmeda y cortante, y Julián Fairfax apretó el bolso contra su pecho, sintiendo que el aire gris parecía pesar más que cualquier cosa que hubiera conocido en Manchester. A sus dieciocho años, sabía que no podía mostrar nada de lo que llevaba dentro: la rabia, el miedo, los secretos que habían marcado cada día de su vida.
Su madre, Victoria Harrington, había perdido la custodia hacía años; su rehabilitación era un intento tardío de reconstruir algo que él no estaba seguro de querer. La abuela lo esperaba en la estación, firme y silenciosa, mientras Dominic, su primo, lo recibía con una sonrisa que mezclaba orgullo y advertencia.
-Bienvenido a Ravenshae -dijo Dominic-. Tranquilo, no muerden... demasiado.
Julián sonrió levemente, un gesto breve, controlado. Su mirada recorrió el pueblo gris, las casas estrechas, los techos ennegrecidos por la lluvia constante. Todo parecía apagado, lento, como si la vida hubiera decidido moverse con cautela aquí. Y sin embargo, había algo en la quietud que lo hizo tensarse: en Ravenshae, nada era lo que parecía.
Durante el camino hacia la casa de su abuela, el silencio llenó el coche. Julián miraba por la ventana, observando Ravenshae mientras pasaban por calles estrechas y casas de ladrillo oscuro. Cada edificio parecía cargado de historia, de secretos, como si la ciudad misma supiera guardar lo que nadie se atrevía a decir.
-Te va a gustar aquí -dijo Dominic, rompiendo el silencio-. La abuela es estricta, pero sabe lo que hace.
Julián asintió, aunque no le importaba. No esperaba sentirse "cómodo" en ningún lugar por un tiempo. Cada paso, cada decisión, estaba calculado. Había aprendido a sobrevivir manteniendo el control, ocultando lo que sentía, porque mostrar vulnerabilidad significaba exponerse a un mundo que podía destrozarte en segundos.
Cuando llegaron a la casa de su abuela, un edificio sólido de ladrillo rojo con ventanas grandes y macizas, Julián sintió una mezcla de alivio y desconfianza. La abuela lo recibió con un abrazo firme, casi militar, que dejaba claro que las lágrimas no serían bienvenidas, pero que, en silencio, cuidaría de él a su manera. La casa olía a té fuerte, Madera húmeda y libros antiguos; un refugio rígido, ordenado, seguro, aunque sin lugar para errores ni debilidades.
Mientras subía a su habitación y dejaba sus cosas, Julián se permitió un momento de introspección. Un pasado del que nadie debía enterarse, y un futuro incierto en un pueblo que parecía dormido bajo su gris perpetuo. Este era un nuevo comienzo, pero sabía que no podía confiar en nadie todavía. Ni siquiera en sí mismo.
Y mientras se recostaba en la cama, escuchando la lluvia golpear los cristales, comprendió que Ravenshae no solo sería un refugio: también sería un espejo de todo lo que había intentado dejar atrás.
Julián dejó el bolso en su habitación, una estancia pequeña, pero ordenada, con paredes color crema y un escritorio viejo de madera que olía a barniz y tiempo. La ventana daba a un jardín descuidado, con césped mojado y charcos que reflejaban el cielo gris de Ravenshae. Observó el lugar durante un rato, como si intentara memorizar cada detalle: la lámpara con pantalla ligeramente torcida, la silla que crujía bajo su peso, el silencio que parecía contener historias que él no podía tocar.
-Bienvenido a tu nuevo mundo -dijo su abuela desde la puerta, con voz firme, pero cálida, mientras acomodaba su bata sobre los hombros-. Ya te inscribí en St. Bartholomew's Academy. No tendrás que preocuparte por eso.
Julián asintió con la cabeza, procesando la noticia de manera automática. En cualquier otra circunstancia, podría haber sentido emoción, nervios o curiosidad. Pero para él, todo era neutral, un dato más en una lista de cosas que debía controlar.
Fue entonces que Ethan Clarke apareció, como un soplo de aire cálido en medio del gris húmedo del norte. Con una sonrisa amplia y un gesto despreocupado, se acercó a la puerta.
-¡Ey, bro! ¿Por qué pareces que vienes de un funeral? -dijo, dejando caer una mochila sobre la cama de Julián con un golpe seco y amistoso.
Julián le devolvió un pequeño gesto de cabeza, apenas una mueca que Ethan interpretó como bienvenida. A diferencia de Julián, Ethan parecía estar hecho para este tipo de cambios: sociable, relajado, con un humor que no dependía de nada más que de sí mismo. Sin embargo, había algo en su mirada que indicaba que no era ingenuo; entendía más de lo que decía.
-Te va a gustar Ravenshae -continuó Ethan, mirando por la ventana al jardín gris-. Bueno... o eso me dicen. La lluvia no ayuda mucho, pero te acostumbras.
Julián lo observó, dejando que las palabras entraran y salieran sin crear ningún efecto visible. La curiosidad estaba ahí, en algún rincón, pero él la mantenía bajo llave. Por primera vez en horas, dejó escapar un suspiro. No de alivio, ni de felicidad, ni de miedo. Solo un gesto silencioso de que existía algo humano en él, aunque nadie lo viera.
Mientras Ethan y Julián caminaban por el jardín trasero, la abuela apareció de nuevo, ofreciéndoles té fuerte en tazas de cerámica. La habitación olía a madera húmeda, libros viejos y un tenue aroma a lavanda que no encajaba con el frío exterior.
-No se olviden -dijo la abuela mientras servía el té-, mañana empieza la escuela. Julián, recuerda que aquí no tienes privilegios por nadie, solo por lo que demuestras. Y Ethan, tú vigila que no se meta en líos antes de tiempo.
-Sí, señora -respondió Ethan con respeto, aunque la forma en que lo dijo estaba cargada de humor.
Julián miró el té humeante y por un instante permitió que sus pensamientos vagaran: Manchester, su madre, los días en que todo parecía normal antes de que la vida se rompiera; el vacío que no sabía cómo llenar; la rabia contenida que nunca se atrevía a mostrar. Todo eso lo seguía, incluso aquí, en un lugar que debería sentirse como un refugio.
Ethan lo interrumpió con un gesto:
-Vale, vamos a desempacar tus cosas. No tienes idea de lo aburrido que es mirar todo esto y no poder hacer nada divertido.
Julián sonrió apenas, más hacia sí mismo que hacia él, mientras dejaba que alguien más empezara a poner orden en su mundo. Era un gesto pequeño, pero suficiente para recordar que no estaba completamente solo. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, el gris de Ravenshae no se sentía del todo como una prisión. Solo parcialmente.
Y mientras la lluvia golpeaba los cristales, Julián comprendió que los próximos días serían decisivos: nuevos lugares, nuevas reglas, nuevas personas... y, sin que él lo supiera todavía, alguien que iba a alterar su mundo más de lo que ninguna lluvia gris podría.
La lluvia seguía golpeando los cristales en la casa de la abuela de Julián, mientras él se quedaba en silencio frente a la ventana, pensando en lo que había dejado atrás en Manchester. Afuera, el gris del norte parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista, un recordatorio constante de que todo estaba por empezar.
Al mismo tiempo, a unos kilómetros de distancia, el murmullo de los pasillos de St. Bartholomew's Academy rompía la monotonía de otro día lluvioso en Ravenshae. Allí, Sophie Hayes caminaba con paso firme, aunque su mente estuviera en otro lugar. La oficina de orientación la esperaba, un espacio pequeño con luz blanca y un aroma tenue a café y papel viejo.
Sophie se dejó caer en la silla, cruzando los brazos y apoyando la cabeza contra el respaldo. Frente a ella, la Sra. Marwood, orientadora del colegio, hojeaba un expediente con paciencia, tratando de mantener la calma ante la actitud desafiante de la alumna.
-Sophie -empezó, ajustándose las gafas-. Tus calificaciones han bajado este trimestre. La escuela quiere entender qué está pasando.
-¿Ah, sí? Qué extraño... porque yo pensaba que todo estaba bien -respondió Sophie, con la barbilla apoyada en la mano, fingiendo interés.
-No es solo eso -continuó la Sra. Marwood-. He notado que llegas tarde, que tu participación en clase es mínima y que... parece que no te importa nada de lo que hacemos aquí.
-Eso es porque no me importa -dijo Sophie, encogiéndose de hombros con una sonrisa irónica-. Supongo que es un talento natural.
La orientadora suspiró, dejando el expediente sobre la mesa.
-Sophie, sabes que eso no es sostenible. No es solo la escuela, es tu futuro. No puedes seguir ignorando todo y esperar que...
-Que qué, señora Marwood -interrumpió Sophie, inclinándose hacia adelante con una mirada fría-. Que alguien me salve de mí misma. No creo que eso exista.
La Sra. Marwood parpadeó, sorprendida por la franqueza de la joven, mientras Sophie se recostaba nuevamente, cruzando los brazos.
-Tal vez nadie te ha escuchado de verdad -dijo la orientadora, suavizando la voz-. Pero aún hay tiempo de cambiar cosas.
-O tal vez solo hay tiempo de seguir fingiendo -replicó Sophie, levantándose con calma-. Gracias por su preocupación, pero... tengo cosas más importantes que fingir ahora.
Sophie salió de la oficina, los pasillos llenos de estudiantes murmurando y mirando, recordándole que su popularidad seguía intacta, aunque su interior estuviera desgastado. Mientras caminaba, la lluvia golpeaba los cristales de las ventanas del colegio, un reflejo del cielo gris que también cubría la casa de Julián. Dos mundos distintos, dos jóvenes con secretos, cada uno a punto de entrar en contacto con algo que los cambiaría para siempre.
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