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Portada de la novela Bajo el cielo de Ravenshae

Bajo el cielo de Ravenshae

En el gélido entorno de Ravenshae, Julián Fairfax y Sophie Hayes ocultan realidades desgarradoras. Mientras Julián lidia con el abandono y la discriminación racial, Sophie enfrenta en silencio adicciones y abusos sistemáticos. Al verse reflejados en el dolor ajeno, nace entre ellos una conexión profunda que desafía el estigma social y la ruina familiar. Juntos deberán confrontar oscuros secretos para hallar redención frente a la hostilidad de su pasado.
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Capítulo 3

La lluvia caía fina sobre Ravenshae, tiñendo las calles de un gris húmedo. En el piso de Sophie, el aire olía a perfume barato, humo de cigarrillo y ropa recién planchada. La música sonaba desde el altavoz del celular, demasiado alta para la hora.

Isla estaba en el sofá, mirando TikTok sin interés. Clara revolvía el armario de Sophie como si fuera suyo.

-¿Otra vez ese vestido? -dijo, sosteniendo uno corto, negro y con brillo-. Te lo pusiste en la fiesta de Harry.

-Y nadie lo recuerda -respondió Sophie, encogiéndose de hombros frente al espejo-. Así que sigue siendo nuevo.

Isla levantó la vista. Tenía los ojos cansados, o tal vez solo tristes.

-No sé para qué vas, si luego terminas igual... con esa cara.

Sophie no contestó. Pasó el rímel, delineó sus labios y observó su reflejo: perfecta, vacía, intocable.

Por dentro, no sentía nada.

-Solo quiero distraerme -dijo al fin.

Clara soltó una risa seca.

-Distraerte de qué, si tu vida es un distractor constante.

Sophie le lanzó una mirada, pero no discutió. Era cierto. Todo en su vida giraba alrededor de fingir que no pasaba nada: su madre que apenas la miraba, su padrastro que se creía dueño de la casa, las noches en las que el silencio dolía más que cualquier golpe.

Isla apagó el celular y se acercó.

-Prométeme que esta vez no vas a beber tanto.

-Promesas no son lo mío.

Sophie tomó la chaqueta de cuero, metió el cigarrillo detrás de la oreja y el pintalabios en el bolsillo. El espejo le devolvió una imagen tan pulida que casi daba miedo.

-Nos vamos.

Clara encendió otro cigarrillo antes de salir, dejando una estela de humo que flotó en el aire. Isla suspiró, resignada, y las siguió.

Mientras Sophie salía con Clara e Isla, el ruido de la ciudad se apagaba unos kilómetros más allá, donde la casa de los Ashford reposaba al borde de Ravenshae. El viento del norte movía las cortinas y traía ese olor a leña húmeda que solo existía en los pueblos viejos.

Margaret Ashford terminaba de poner la mesa. Dos platos, tres vasos, una tetera que llevaba tantos años como ella. El reloj de pared marcaba las siete y cuarto cuando la puerta se abrió y entraron Dominic y Julián.

-Te tardaste -dijo la abuela sin mirar, mientras servía el estofado.

-Había tráfico -respondió Dominic, quitándose el abrigo-. Si se puede llamar tráfico a dos ovejas bloqueando la carretera.

Julián sonrió apenas, dejando su mochila en el suelo. Se notaba el cansancio en su postura, pero había algo más detrás: esa forma de mirar el lugar como si no supiera si era un refugio o una jaula.

Margaret sirvió la comida.

-No me gusta que anden por ahí de noche -dijo, con esa voz firme que no necesitaba gritar para imponer respeto-. Ravenshae se ve tranquilo, pero no lo es.

Dominic se dejó caer en la silla.

-Solo vamos un rato con Ethan. Dice que hay una reunión cerca del río.

La abuela lo fulminó con la mirada.

-Una "reunión" -repitió, como si la palabra le supiera amarga-. Prométanme que volverán antes de la medianoche.

Julián asintió, aunque sin demasiada convicción.

-Lo prometo, abuela.

Fue entonces cuando Ethan apareció por la puerta trasera.

Margaret soltó un bufido.

-Lo que faltaba. -Ya llegó ese muchacho -murmuró, asomándose a la ventana-. Siempre con la música a todo volumen.

Ethan bajó del coche con su sonrisa de costumbre y golpeó la puerta con los nudillos.

-¡Buenas noches, señora Ashford! -saludó, medio riendo-. ¿Listos para salir un rato?

Margaret lo miró con esa mezcla de cariño y desconfianza que solo una abuela puede tener.

-Prometiste que los cuidarías, Ethan. No quiero que anden por ahí cuando caiga la noche.

-Lo prometo -respondió él, llevándose una mano al pecho-. Solo un rato cerca del río, nada de locuras.

Julián apareció detrás, abrochándose la chaqueta.

-No vamos a tardar, abuela.

Ella lo observó unos segundos, buscando en su mirada algo de la calma que fingía.

-Más les vale. Y si regresan después de las diez, limpian el jardín mañana al amanecer.

Dominic soltó una risa contenida.

-Anotado. Sin demoras.

Ethan guiñó un ojo a Julián antes de abrir la puerta del auto.

-Vamos, hermano. Esta noche te vas a olvidar de Manchester por un rato.

La abuela los siguió con la mirada hasta que el coche desapareció por la curva. Afuera, el viento movía las ramas desnudas del jardín, y Margaret suspiró. No sabía por qué, pero algo en el aire le había parecido distinto esa noche.

Dentro del auto, las luces del pueblo comenzaban a reflejarse en los cristales. Ethan hablaba de la fiesta, de los rostros conocidos, de la música. Dominic hacía bromas sobre quién sería el primero en perderse. Julián, en silencio, veía cómo su propio reflejo se fundía con el resplandor del pueblo, con esa sensación extraña de que algo estaba a punto de cambiar.

A las afueras del pueblo, en la esquina donde el río se curvaba entre los árboles, se alzaba la vieja bodega que servía de punto para todo tipo de fiestas. La música salía por las ventanas rotas, mezclada con el humo de cigarrillos y el olor a alcohol barato. Era la típica noche en la que Ravenshae parecía olvidar que tenía reglas.

Sophie y sus amigas ya estaban allí. Isla se había perdido hacía rato en los baños públicos, besándose con un chico que apenas recordaba el nombre. Sophie, en cambio, caminaba entre la gente con la mirada alerta. No buscaba compañía, sino algo más específico.

-¿Lo tienes o no? -le preguntó en voz baja a un tipo con chaqueta gris, cerca de la cerca trasera.

El tipo soltó una risa seca y le tendió un pequeño envoltorio.

-Siempre puntual, princesa. Lo mismo de siempre.

Sophie le pasó unos billetes doblados, mirando a su alrededor. Nadie parecía prestarle atención, pero igual sentía esa incomodidad en el pecho, como si todo el pueblo pudiera verla. Guardó el paquete rápido en la chaqueta y dio un paso atrás.

-Y no digas que me viste -murmuró antes de perderse entre el grupo que bailaba frente al portón.

El sonido de un motor la hizo voltear. Un carro oscuro se detuvo junto al camino, y de él bajaron tres figuras conocidas. Ethan fue el primero en cruzar el portón, saludando a medio mundo con su sonrisa confiada. Detrás iba Dominic, que se acercó a su primo con gesto serio.

-Ese de allá es Parker, el que vende licor falso. Evítalo. Y si ves a Clara, corre -le dijo, medio en broma, medio en serio.

Julián asintió, mirando a su alrededor sin saber dónde encajar. Había un aire distinto en todo aquello: luces improvisadas, risas, cuerpos moviéndose sin orden. Ravenshae de noche parecía otro lugar.

El aire en la bodega era pesado, una mezcla de cerveza derramada, sudor y el dulce olor podrido de la marihuana. La música retumbaba en el pecho, los bajos vibraban en el suelo de cemento. Afuera, el viento helado del río se colaba por las rendijas, pero adentro los cuerpos apretados creaban un calor húmedo y asfixiante.

Julián se mantenía cerca de la pared, sintiendo el frío del concreto a través de su camisa. Observaba. Ethan ya estaba en el centro de todo, bailando con cualquiera que se cruzara su camino, una botella de whisky barato en la mano. Dominic le dio un codazo.

-Relájate, hombre. Pareces estatua.

-No estoy hecho para esto -murmuró Julián, pero su voz se perdió en la música.

Fue entonces que la vio. Sophie. No bailaba, no reía como los demás. Estaba recostada contra el marco de una puerta desvencijada, con un cigarrillo entre los dedos. La luz tenue de una lámpara colgante le iluminaba medio rostro. Sus ojos, delineados en negro intenso, lo observaban con una curiosidad fría, directa. No era un mirar coqueto. Era un desafío. Él desvió la mirada, sintiendo un calor incómodo en la nuca.

-¡Verdad o reto, cabrones! -gritó Ethan de pronto, parándose sobre una caja de madera vacía. La música bajó un poco-. ¡Y el que se raje, paga la caja de cerveza de la próxima!

Un rugido de aprobación. Formaron un círculo tambaleante en el suelo. Julián fue arrastrado por Dominic. -No te salvas, primo.

La botella giró sobre el piso sucio, chocando con piernas y botas. Julián esperaba que no lo señalara a él. Pero la botella se detuvo, lenta, inexorable, con el cuello apuntando a Sophie.

Ethan sonrió, amplio y borracho. -¡Sophie! ¿Verdad o reto?

Ella ni siquiera parpadeó. -Reto.

-¡Buenísimo! -Ethan frotó sus manos-. Toma el teléfono de la persona que tengas a tu derecha y mándale un mensaje a tu contacto más reciente. Lo que sea. Una foto, un audio... lo que se te ocurra.

Sophie giró la cabeza. A su derecha estaba Isla, pero Isla, con la mirada perdida, le pasó sin pensar... el teléfono de Dominic. Y Dominic, en un trueque confuso de antes, tenía en ese momento el teléfono de Julián.

Nadie notó el error.

Con los labios entreabiertos, respirando pesadamente, Sophie abrió la cámara. No fue un movimiento sensual. Fue rápido, impulsivo. Se bajó un poco el escote de su top negro, mostrando la curva pálida de sus senos, la fina tira de encaje de su sostén. La prenda quedaba ajustada, revelando sin mostrar del todo. Se mordió el labio inferior, y en sus ojos no había provocación, sino un vacío desafiante, como si estuviera retándose a sí misma. El flash se disparó, cegador por un instante.

Con los pulgares temblorosos, tecleó un mensaje rápido: "¿Vas a venir o solo vas a mirar?". Adjuntó la foto y apretó enviar. Arrojó el teléfono de vuelta a Dominic como si fuera un objeto caliente. -Ahí tienes.

Nadie en el círculo, demasiado borracho, entendió la magnitud del error. La botella giró de nuevo, las risas estallaron, la fiesta continuó su ruinoso camino.

Julián, que había estado viendo todo con una incomodidad creciente, recibió su teléfono de vuelta de las manos de Dominic. Lo guardó en el bolsillo sin pensar, sintiendo el peso frío del aparato contra su muslo. No sintió la vibración. No supo que, en ese momento, en la pantalla de su celular, acababa de aterrizar un pedazo crudo y confesional de Sophie Hayes.

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